Letras encadenadas

Álvaro Mutis: la prosa errante y el trazo cautivo

El poeta colombiano nació el 25 de agosto de 1923. Recordamos su paso por la prisión de Lecumberri, un suceso que sería determinante en la obra literaria de Mutis.

Álvaro Mutis en versión de María Camila Quiceno.

Yacía en el rincón del hampa, donde la humedad y la oscuridad fortalecían el tedio, la desolación y la soledad acarreadas por los códigos de quienes se atreven a decir lo que es la justicia en la Tierra. Era un instante irrevocable, una etapa que no hubiese querido repetir, pero que debió aceptar como trascendental para el porvenir de sus letras. Entre barrotes liberó su imaginación y consigo un sinfín de imágenes que evocaban recuerdos y espacios que anhelaba volver a pisar. En el sofocante encierro asegura haber conocido más de México y de la condición humana que cualquier otra persona, pues allí no hay distinción que valga ni historia que esconda los límites del comportamiento y la moral de los seres humanos.

Quince meses de aislamiento con la sociedad, pero de intensa cercanía con un mundo dantesco determinaron el camino y el paso de la pluma de Álvaro Mutis. No fue Bogotá, ni Bruselas, ni Ciudad de México; fue la prisión de Lecumberrí la que abrió el espectro y la visión del escritor colombiano. Entre barrotes y con la maldad respirando siempre en su nuca, Mutis se refugió en el papel, en la tinta, en la literatura que jamás lo abandonó y que desde ahí sería más leal que cualquier ser humano en la Tierra.

A Mutis lo acusaron de fraude y desfalco. La Standard Oil, Esso, fue la compañía en la que aquel hombre de procedencia burguesa y de rasgos distintivos trabajó como relacionista público hasta que se desató el escándalo de su supuesta desviación de capital debido a intereses particulares.

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En septiembre de 1958, año en el que Mutis ya estaba instalado en México, fue apresado por las autoridades y recluido en el Palacio Negro o Palacio de Lecumberri, lugar en el que hoy en día se encuentra el Archivo General de la Nación en México. En la celda número 52 de la crujía I, el poeta colombiano hallaría el camino de sus letras y vería cómo los días, que se debatían entre lo desapercibido y lo eterno, lo imperecedero, se iban a colmar de diálogos y redescubrimientos.

Vínculos con Luis Buñuel, Octavio Paz y Carlos Fuentes le habían otorgado al creador de Maqroll el Gaviero un aire de esperanza, de poesía, de versos que olían a pólvora y de palabras que se convertían en imágenes de un mundo inconforme, de un mundo disidente que no avalaba leyes y que crearía el escenario ideal para que personajes como Maqroll decidieran alejarse de lo terrenal, de una vida atada a las convenciones de lo urbano.

Gracias a Buñuel, Mutis conoció a Elena Poniatowska, escritora mexicana que entabló una amistad con el poeta colombiano y que le permitió aferrarse a sus misivas en medio de la pesadumbre que vivía paulatinamente en la penitenciaría. Allí, donde lo epistolar adquiere un carácter de esperanza, de vuelo, de brillo, el alma se aleja de las manos de Hermes y, por ende, evita a toda costa el Hades. El intercambio de cartas eleva las intenciones de los aislados de recuperar aquellos pasos cotidianos y a veces insulsos que se ven en las calles de una ciudad cualquiera. Esa reunión de tejidos y de testimonios que refuerzan el choque de una realidad tangible y una realidad aislada o entre paréntesis, exulta las pasiones y aleja la penumbra de quien explora nuevos mundos en el encierro.

Había pasado más de un año desde que Mutis estaba de presidiario en Lecumberri. Mientras el poeta escarbaba un ápice de libertad en los versos, en las palabras, en el escape que estas ofrecían, afuera, en un mundo no tan distante del que se ve en las cárceles, donde la condición humana también explora sus límites en el mal y descubre que el bien es solo una fachada, varios escritores e intelectuales de la época le escribieron una misiva al entonces presidente de México, Adolfo López Mateos, en la que pedían por la liberación de un hombre excelso, de un hombre que no perdió su esencia en prisión pero sí transformó radicalmente la visión que tenía sobre su naturaleza y sobre los confines de la ética.

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“Si desconocemos los delitos o culpas que se inculpan a Mutis, sabemos en cambio que es un poeta, un hombre generoso y cordial y un gran creador. Esto último nos hace pedirle a usted, señor presidente, que vea su causa con simpatía y benevolencia dentro de los procedimientos legales. Estamos seguros de que obediente a todo esto… ¿se inspirará no solamente en evidencias jurídicas, sino también en una justa apreciación de los valores del arte y el pensamiento de América Latina?”. Al final de esta carta aparecen los nombres de Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan Rulfo, Carmen Toscano de Moreno Sánchez, José Luis Martínez, Juan Soriano, Alí Chumacero, José Alvarado, Elena Poniatowska, Josefina Vicens, Diego de Mesa, Lupe Rivera y Fernando do Lanz Duret.

La nieve del almirante, Un bel morir, La última escala del Tramp Steamer, Amirbar, Ilona llega con la lluvia, y otros relatos de las tripulaciones y las aventuras en mar y tierra de Maqroll el Gaviero nacieron de la visión de un poeta errante y de un poeta cautivo, de una mezcla de vivencias del momento en que Mutis atravesaba los océanos con su padre, de los recuerdos de su vida entre los ríos Cocora y Coello en el Tolima y de su oscuro pero irremediable paso por la cárcel de Lecumberri.

Los dos extremos de una libertad infinita y profunda como los mares y de una libertad coartada por una celda y una vigilancia extrema, arrojaron una narrativa empapada de humanidad, de sucesos insospechados y comportamientos que no penden de alguna lógica y evidencian la pluralidad y la indeterminación de las decisiones y principios que, supuestamente, rigen la vida en la Tierra.

En una de las cartas que resguardaron la promesa literaria de Mutis, el escritor le expresó a Elena Poniatowska la revelación que la cárcel le trajo a sus letras y a lo que finalmente se conocería como el mundo o la Summa de Maqroll el Gaviero: “Lo que te quiero decir es esto: mi primera novela, La nieve del almirante, data de 1986. Cuando la terminé, empezó a destilarse una cantidad de material que se convirtió en las otras seis novelas. Me di cuenta de que estas novelas, que son ficción pura, provenían de mi vida en la cárcel. De esto no me queda ninguna duda. Tampoco hubieran sido posibles mis cuatro libros de poesía sin la visión interior que me dio permanecer solo, conmigo mismo, en una celda”.

***

“Cartas de Álvaro Mutis a Elena Poniatowska” (fragmento):

Una cosa que aprendí a partir de la cárcel —y es una de las reglas de Maqroll en las novelas y en la poesía— es que no podemos juzgar a nuestros semejantes. Finalmente, todas las leyes, todos los códigos, todos los decretos, todos los reglamentos acaban siendo de una injusticia y una falta de humanidad totales”. Así le confesó Mutis a Elena Poniatowska la influencia de su vivencia en la cárcel sobre el carácter picaresco de sus obras y los elementos que de allí se relacionan entre lo que aprendió en prisión y lo que su personaje, Maqroll, succionó de ello.

 

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2019-08-25T14:39:00-05:00

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2019-08-25T14:39:50-05:00

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

Álvaro Mutis: la prosa errante y el trazo cautivo

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