En el estudio

Amor Amaral

Jim Amaral y Olga de Amaral abrieron las puertas de sus estudios, espacios que explican bien por qué ha sobrevivido su amor de más de medio siglo.

Jim y Olga de Amaral llevan más de cincuenta años juntos. Se conocieron en Estados Unidos. / Cortesía

Ahí está Jim Amaral, sentado en el sofá. Parece que aprecia una de sus esculturas, pero no es así, está pensando en el chiste que tiene preparado, como siempre: “No estoy haciendo nada, estoy pensionado, es todo, fin de la entrevista”.

Al escucharlo, Olga de Amaral, su esposa, quien está sentada en una silla del comedor, dice: “Así es, siempre haciendo chistes”. Entonces sonríe, antes de comenzar a hablar de lo que viene para su carrera: una exposición en París, una pieza que le encargó un gran diseñador de modas, además de la reciente muestra de su trabajo en Bélgica. (Lea aquí otra parte de En el estudio: Beatriz González al atardecer)

Jim se va, no le gusta compartir entrevista porque ella “empieza a corregirme todo”. Dice, entre risas que sabe que “con ella esto se va a demorar mucho, habla bastante, deberías hablar por los dos, amor”; y, robándole una carcajada más a su amada, va a su estudio, en el segundo piso de la Casa Amaral, el santuario ubicado en Quinta Camacho, en el que estos dos creadores trabajan de lunes a viernes, porque el fin de semana escapan al campo.Bajo el mismo techo, cada uno tiene su taller, en un aire de casa-museo que presenta sus creaciones de diferentes momentos, con una suerte de curaduría que parece preguntarse: ¿cómo siendo trabajos tan distintos funcionan también juntos?, incógnita que con facilidad se traslada a su matrimonio, uno de los más duraderos de la historia del arte nacional, que nació en Estados Unidos, a comienzos de la década de 1950, cuando Olga viajó para estudiar y su compañero norteamericano le robó el corazón.

Olga teje colores

“Entre más hacemos, más nos piden que hagamos”, dice Olga, quien acaba de presentar en Bruselas una muestra retrospectiva de su trabajo, titulada La luz del espíritu, en La Patinoire Royale-Galería Valérie Bach, a donde llevó 40 obras, algunas de gran formato, básicamente instalaciones de sus textiles pintados.

Ahora se prepara para viajar a París, donde exhibirá seis de sus Brumas (instalaciones de textiles delgados pintados y unidos) en la Fondation Cartier, que irá del 11 de julio 2018 al 6 de enero 2019, en la muestra colectiva titulada Geometrías del sur: de México a la Tierra de Fuego, curada por Hervé Chandes y Alexis Fabry. Mientras tanto, en Bogotá, el público puede ver su obra en la galería Casas Reigner, en la exposición Abstración textil, abierta hasta el 27 de julio, que presenta tres de sus textiles de diferentes momentos, con texturas diversas, junto a otra decena de artistas.

“Una imagen que se me presenta en la vida es la de Hansel y Gretel, que se perdieron en el bosque, pero fueron dejando piedritas en el camino. Así es mi vida, llevo 60 años recorriendo este camino. Lo que estoy haciendo ahora es seguir las piedritas, pero sin repetir, por eso lo de la luz del espíritu, porque ahora más que nunca siento que la intuición, la exploración con los materiales, el trabajo incansable, son lo que me va guiando. Vivo las 24 horas en el mundo de la creación, todo lo que miro es una posibilidad”.

Se volcó a los colores. Después de trabajar por una temporada con el color oro, Olga está buscando en diferentes tonos, porque, según dice, el oro es sólo un color que le gusta porque tiene muchos misterios, y debe continuar explorando con otros: “El color para mí es la segunda gran vivencia, el oro ha sido solamente un color, ahora vine a trabajar con muchos más colores. Trabajo con los pigmentos, lo más puro del color”.

Y viene más. La señora De Amaral está planeando una exposición retrospectiva en EE. UU. para 2020-2021, por el momento confirmada en las siguientes sedes: Cranbrook Academy of Arts Museum (Michigan) y Museum of Fine Arts (Houston); espera llevarla a dos o tres espacios más. Posdata:. La marca Cristian Dior le encargó una cartera en la que dice que espera impregnar su tipo de tejido, que ella llama “umbra”, unir milimétricas hebras con papel japonés, con color, con pintura.

Todo sale desde su estudio, un lugar que comparte con colaboradoras que le ayudan a tejer, refilar, unir, deshebrar y teñir sus textiles. Como es su lugar íntimo de creación, sólo deja ojearlo por contados minutos. Es un templo de lo hecho a mano, el espacio, aparentemente sencillo, con mesas largas y sillas cómodas, pintado por el dorado que ha usado Olga por algún tiempo, suena a mujeres incansables.

“Me gusta trabajar con mujeres, este oficio es muy femenino, una herencia hermosa. Me acuerdo de ver a una mujer en Ubaté tejiendo una mochila, la llamé y me enseñó cómo se hacía, eso me inspiró para hacer una exposición en Nueva York. He pasado años en el taller, hilo a hilo, para hacer obras enormes, con costureras muy valiosas acompañándome, pasamos ocho horas diarias por cuatro o cinco meses para dar vida a una obra. El material y el espacio son mis elementos, las obras se ven livianas, pero pesan mucho, el alma sola de una de mis obras (los textiles, los hilos) puede pesar 600 gramos, al terminar pesa 25 kilos. Es una transformación maravillosa: la pintura le da el cuerpo, el hilo es el alma”.

El momento de Jim

Organizar su archivo, así como clasificar su colección, son dos de las tareas que actualmente ocupan las horas de Jim Amaral. Los muebles que creó en décadas pasadas están por toda la casa, aunque su silla y su escritorio de madera tienen una magia especial, en cuanto ahí revisa lo que ha hecho, una suerte de inventario para comprender la transformación de su trabajo.

“Empecé a hacer escultura cuando llegué a Colombia, hace 60 años, pero el tipo que hacía la fundición, en la calle 5 con carrera 5, era un excéntrico, desbarataba todo, por lo que me dediqué a dibujar. Aquí no había quién fundiera, hasta 1988, que volví a la escultura”, cuenta, después de mostrar su obra Homenaje a Pessoa, sus dibujos sobre el sexo y el cuerpo, sus pinturas, sus muebles, entre ellos las pequeñas mesas coloridas.

Jim está construyendo el Biombo Japonés Jim Amaral, en el que ubica sus “manuscritos imaginarios”, una serie de dibujos que ha hecho desde los inicios de su carrera, que llama “entre comillas”. Los hacía para entretenerse, para “no ponerme nervioso, en los años 60”. Serán seis biombos, con estructura en madera, los dibujos están en lápiz, tinta china y acuarela.

“Me encontré de nuevo el biombo que hice hace 20 años, entonces me pareció una manera interesante de revivir mis dibujos. Tengo una gran carpeta de ellos. Hay flores, elementos del sexo, texturas, detalles. No he pensado en una exposición de ellos, es una manera de archivo y a la vez obra”.

De su vida en Colombia rescata no haberse incluido en la “élite creativa que se creó en varios momento”, sino haber trabajado desde su estudio y con lo que creía que debía ser. Su obra la considera colombiana, “soy un gringo mirando Colombia”, dice.

Sus temas han sido reflexiones sobre la vida, lo que pasa por la cabeza de cualquier ser humano: el sexo, desligar el sexo del erotismo, la naturaleza. Su referente, el dramaturgo Samuel Beckett, lo inspira porque ha querido también “contar la vida en gris, lo que sufrimos, no Hollywood, no estrellas, no felicidad. Sufrí mucho, muchas depresiones, por eso no pienso en mi obra como decorativa, nunca he querido hacer algo bonito. He expresado el silencio, el espacio, las pérdidas”. Con ello se refiere a lo que sufrió por su salud cerebral.

¿Qué ha sido lo más difícil y lo más bonito de estos 60 años de matrimonio y carrera artística?, es la pregunta de cierre. “Lo más difícil, jum... lo más bonito, jum”, bromea Olga, Jim, a su vez, cree que todo ha sido de “paciencia, mucha paciencia”, acepta que son “dos espíritus diferentes que se complementan muy bien”. No ha habido dificultades mayores según Olga, ella cree que cuando Jim llegó a Colombia no fue fácil su adaptación a la cultura local, luego, hasta hoy, un idilio. Con los años descubrió el secreto: amor, amor Amaral.

 

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