Festival del Libro Parque 93

Ana Aragón: “El requisito para ser librero es ser lector”

La librería Casa Tomada, ubicada en la localidad de Teusaquillo, realiza conversatorios y talleres de lectura con el fin de ofrecer a sus visitantes una relación que vaya más allá de lo comercial y se centre en la divulgación de conocimiento.

Ana María Aragón lleva diez años trabajando como librera en Casa Tomada. Cortesía

Tomaba té en una de las mesas en las que seguramente atiende a sus clientes, pero más que clientes, son lectores, lectores empedernidos, lectores como ella. Y los atiende, tal vez, en esa o en otra de las mesas que hay entre las secciones de la casa, porque más que el interés de la compra es el interés de conversar, de ir más allá de lo monetario para trascender en el arte, en lo humano, en lo que está detrás de las historias de los libros que llevan en las manos.

Atrás había libros para todos los gustos. Algunos arrojaban esa bibliodiversidad que quiere promover Casa Tomada. Otros parecían ser portadores de símbolos y mensajes. Se asomaba, entre tantos, el libro La salvación por las palabras, de Iris Murdoch. Y quizás ese objeto, que no está ahí por casualidad, quería recordarme que el valor de la palabra, del diálogo, del lenguaje, está centrado en su poder de sanación, de reconciliación, de esperanza ante la incertidumbre y ante el miedo.

Y más que la pashmina azul que la cobijaba, a Ana María Aragón la cobijan los libros y los testimonios que están entre las solapas. Mientras me contaba sobre el oficio de ser librera de Casa Tomada, sonaban los pasos de los visitantes y de los curiosos que se paseaban por los pasadizos de madera, esa que parece que siempre busca hacer pareja con las bibliotecas y los libros.

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“El requisito para ser librero es ser lector. Un lector curioso, igual que el mismo cliente. Un lector crítico, inquieto. También una persona a la que le gusta compartir las lecturas. Muchas veces la lectura es una actividad muy solitaria, muy íntima. Pero en este caso, lo que nosotros tratamos de hacer es que esa lectura solitaria e íntima también sea una lectura para compartir con alguien más. Entonces la lectura se vuelve un espacio social”, cuenta Ana María Aragón, librera de Casa Tomada.

El librero, antes que ser librero, también es un humano apasionado. Y en ese enamoramiento del eterno presente con algunos ejemplares también surgen sacrificios que hablan más de su generosidad que de su oficio. Así, por ejemplo, Aragón cuenta que una vez, en el club de novela policial, leyó El eskimal y la mariposa, de Nahum Montt. Tiempo después, el autor visitó la librería y le firmó aquel ejemplar que ella guardaba con mucho respeto. El autor se lo firmó diciendo: “Para Ana María, una librera que me lee y que me vende también”. Ella, como todos los que logramos que nuestros libros queden estampados con las firmas de los creadores de sus historias, quedó feliz. Al poco tiempo, uno de los clientes de la librería se acercó a Ana María y ella le habló con mucho entusiasmo de la novela de Montt. El lector en ese entonces quedó intrigado y quiso comprar la novela. Cuando Aragón se dio cuenta, ya no tenía más ejemplares de esa obra, de manera que no tuvo más remedio que quedarse con la hoja de la dedicatoria y vender el libro, respondiendo así al interés de ella de ofrecer una historia que puede cambiar la vida o, por lo menos, transformar la forma en que vemos el entorno. Pues al entregar ese libro, reafirmó que lo esencial es compartir aquello que nos cambió.

“Claro que nos interesan los compradores de libros, pero lo que más nos interesa son los lectores de los libros. Y la otra cosa que nos interesa es tratar de mostrar la mayor bibliodiversidad posible. Es decir, tratar de tener un tema que sea visto desde diferentes perspectivas. Nos interesa tener los libros que no pierdan la vigencia del tiempo. Que también te aporten diversas miradas sobre la realidad. Nos gustan libros que no solo nos informan y nos divierten, sino que también nos transforman”.

Conversamos también sobre la belleza de la ingenuidad. Mencionamos lo bello que es creer que hay libros que nos esperan. Pero también Ana Aragón mencionó que hay libros que se esconden. Libros que se escabullen entre las secciones equivocadas o entre los curiosos más despistados.

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Luego afirma que es mentira, que es el desorden. Y ahí vuelvo al principio del relato para volver a decir que en ese desorden hay algo de justo y algo diciente. Y si los libros se esconden, o si los libros se resisten a irse porque siguen esperando las manos adecuadas y los ojos más atentos, es porque ellos, como nosotros, sienten sus historias y sienten que su peso como portadores de mensajes debe llegar a quienes se atreven a pensar el mundo por un bien supremo y colectivo.

Cortázar, el mismo que escribió el cuento que lleva el nombre con el cual se inspiraron para ponerle a la librería Casa Tomada, escribió una frase en Los premios que se ha hecho célebre entre quienes entendemos la importancia de volver a mostrar nuestra biblioteca y no el último televisor de alta tecnología. “Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo”. Y seguramente es así.

Y muy seguramente por eso en estas pequeñas librerías, que aún huelen a un pasado bohemio, se respira un ambiente silencioso, apaciguado, escondido entre calles estruendosas e imponiéndose como ese único lugar en el que se puede volver a creer en la condición de nuestra especie.

 

 

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