Anna Ajmátova: El grito de cien millones de rusos

Antes de que termine el 2018, rescatamos “Letras encadenadas”, uno de los especiales publicados durante el año en El Magazín de El Espectador. A continuación presentamos un texto sobre la poeta rusa Anna Ajmátova.

Anna Ajmátova en versión de María Camila Quiceno.

Su nombre empezó a circular de boca en boca por aquellos años anteriores a la Revolución de Octubre, sobre todo en boca de las mujeres, que intentaban imitarla en sus poesías, en su vestir, en su caminar y su callar, y en aquella pose de mujer sin edad con la que la había pintado varias veces Amadeo Modigliani en París. Anna Ajmátova, decían en San Petersburgo, y al decir su nombre, recitaban sus poemas, sobre todo Atardecer y El rosario, y algunas, unas cuantas miles, trataban de escribir como ella, hasta que ella misma quiso callarlas y escribió:

“Enseñé a hablar a las mujeres…

¡Dios, cómo hacerlas callar!”.

Pero luego todo cambió. Todo. Los bolcheviques se tomaron el poder, en octubre de 1917, y con el poder del proletariado, los viejos privilegios, las autoridades de antes, los credos, la cultura, las relaciones y dios, cambiaron. Anna Ajmátova era una mujer de antes de la Revolución, una poeta clásica que peleaba por el clasicismo. Vivía en una mansión que llamaban la Casa de la Fuente, que había pertenecido a antiguas y aristocráticas familias. Después de octubre, Ajmátova tuvo que compartir sus habitaciones, sus pasillos y jardines con decenas de proletarios, y fue vigilada día y noche por ellos, que de un año al otro dejaron de reverenciarla.

La poesía con los bolcheviques tenía que ser otra cosa. Progresista, clara, dura, entendible. Ella escribía a su manera. Dejaba constancia con sus versos del dolor, de la guerra soterrada, de las delaciones. “Se acerca un tiempo diferente, / El viento de la muerte ya enfría los corazones, / Pero la sagrada ciudad de Pedro / Será nuestro involuntario monumento”. Escribía aunque no quisiera escribir, aunque la hubieran relegado en el orden de las libretas de alimentación al renglón más bajo y la hubiesen obligado a barrer las calles. Escribía porque necesitaba dejar constancia de lo que pasaba en Rusia y de lo que le pasaba a ella.

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En 1921, la policía de Petrogrado, como se llamó su ciudad después del 17 de octubre, había apresado a su primer marido, el poeta Nikolái Gumilev. Lo acusaba de conspiración monárquica. Sin pruebas, sin juicio, el nuevo gobierno lo fusiló. Ajmátova escribió: “El otoño manchado de lágrimas, como una viuda / con sus mantos negros, nubla todos los corazones / recordando las palabras de su marido, / solloza sin cesar”. Pese al miedo, a la persecución, “dejó bien en claro que consideraba que era un pecado que los poetas se marcharan de Rusia después de 1917”, como lo señaló en su libro, El baile de Natacha, Orlando Figes.

“No estoy con los que abandonaron su tierra / A las laceraciones del enemigo. / Hago oídos sordos a sus toscos halagos/ No les daré mis canciones”. Ajmátova, como escribió Figes, “sentía la obligación moral de ser ‘la voz de la memoria de su país’”, una memoria que era redención, y una redención que era al mismo tiempo condena. Ajmátova se quedaba para expiar la culpa de los pecados del pueblo ruso contra Dios. Ajmátova se quedaba porque consideraba que la poesía, su poesía, era una plegaria, una oración por el perdón. La Revolución, creía, era el castigo.

“Dame amargos años de enfermedad,

Ahogo, insomnio, fiebre,

Llévate a mi hijo y a mi amante,

Y mi misterioso don del canto…

Esto es lo que suplico en tu liturgia

Después de muchos días tormentosos,

Para que las pesadas nubes sobre tu oscurecida Rusia

Se conviertan en nubes de gloriosos rayos”.

Deprimida, aunque jamás vencida, Ajmátova se aferró a Pushkin, al eterno Alecsandr Pushkin. A sus versos, a su vida. Cuando las oficinas de censura y las editoriales bolcheviques rechazaron sus poemas porque eran demasiado “esotéricos”, Ajmátova recordó que cien años atrás el zar había rechazado los versos de Pushkin, y como él, venció a los censores escribiendo sobre política, sociedad, religión y futuro sin que se notara. La literatura daba para todo, desde la crudeza hasta lo sublime, desde lo lapidario hasta el engaño, desde el dolor y el sufrir hasta la esperanza

Daba para el amor y el desamor, y en ese vaivén también cayó Ajmátova, que se separó de su segundo marido, Shileko, porque un día dejó de soportar sus versos, e incluso quemó varios manuscritos, y se enamoró de un crítico de arte llamado Nikolái Punin, quien se había enfrentado a Trotski porque Trotski había escrito que los poemas de Anna Ajmátova y de Tsvietáieva eran literatura irrelevante para Octubre (es decir, para la Revolución). Punin preguntaba si le parecerían igual de irrelevantes sus versos si Ajmátova usara una chaqueta de cuero y una estrella roja, e iba más allá y preguntaba por qué se permitían las obras de Johan Sebastian Bach.

El terror aumentaba. Stalin mantenía su poder a sangre y fuego. Sus subalternos hablaban de un nuevo arte, de un nuevo hombre, y para que hubiera nuevos hombres y un nuevo arte, tenían que acabar con el pasado. Borrarlo. Enterrarlo. Castigarlo, incluso. Los poetas se dividían. Unos comulgaban con Stalin y sus métodos. Otros añoraban el pasado y sufrían el presente. “La poesía solo es respetada en este país. En ningún otro lugar matan a tanta gente por ella”, decía en los años treinta Osip Mandelstam, un poeta de culto que había escrito unos versos sobre Stalin que decían “ya sea en la ingle, en la frente, / en las cejas, en los ojos. / Él puede matar y a la vez ser dulce, / Es un georgiano de gran corazón”.

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Mandelstam fue detenido por su irreverencia. Aunque algunos de los jefes de las oficinas del gobierno querían matarlo, Stalin era consciente de que era más peligroso muerto que vivo. Nikolái Bujarin, otro poeta, le había dicho: “Los poetas siempre tienen razón, la historia está de su lado”. Anna Ajmátova, amiga de siempre, lo recordaría en varios de sus poemas, y recordar a Mandelstam era hacer parte de una conspiración. Una noche, Ajmátova y su hijo, Lev Gumilev, leyeron aquel poema sobre Stalin, el de “puede matar y a la vez ser dulce”, y los vecinos de la Casa de la Fuente los denunciaron. Gumilev acabó en prisión en Moscú, adonde todos los días iba su madre a visitarlo, y de donde logró rescatarlo gracias a su amistad con Boris Pasternak, por aquellos tiempos cercano al régimen.

Gumilev iba y salía de prisión. Era sospechoso, aunque no se supiera de qué. En 1938 lo enviaron a la cárcel de Kresty, en Leningrado, como se pasó a llamar la ciudad de Pedro. Ajmátova escribió que “En los terribles años de Yeshov pasé 17 meses en las colas de las cárceles de Leningrado. En una ocasión, alguien, de alguna manera, me reconoció. Entonces una mujer de labios azules que estaba tras de mí, quien, por supuesto, nunca había oído mi nombre, despertó del aturdimiento en que estábamos y me preguntó al oído (allí todos hablábamos en voz muy baja): ‘Y esto, ¿puede describirlo?’. Y yo dije: ‘Puedo’. Entonces algo parecido a una sonrisa asomó por lo que antes había sido su rostro”.

Cada vez más, Ajmátova era la voz del pueblo, “la boca por la que gritan cien millones”, como escribió en uno de sus poemas de Réquiem. Entonces llegó la guerra. Los nazis se situaron en los alrededores de Leningrado. “Pensar que los mejores años de nuestra vida fueron durante la guerra, cuando mataban a tanta gente, pasábamos hambre y mi hijo estaba condenado a trabajos forzados”, le dijo una tarde a finales de los 40 a Nadezhda, la viuda de Mandelstan. Rusia se unió ante el enemigo. Ya no importaban las ideologías ni el pasado reciente. Importaba sobrevivir, y más que sobrevivir, derrotar al ejército nazi. Ajmátova fue llamada por sus antiguos censores, por sus más acérrimos detractores. Le pidieron que le hablara al pueblo. Que uniera al pueblo con sus letras y su voz. Y ella, enferma, con la voz desgarrada, dijo: “Nuestros descendientes a cada madre que vivió durante la guerra, pero sus miradas se detendrán en la imagen de la mujer de Leningrado en el techo de su casa durante un bombardeo aéreo, con un bichero y unas tenazas para el fuego, protegiendo la ciudad del incendio; en la muchacha voluntaria de Leningrado que ayuda a los heridos entre las ruinas todavía humeantes de un edificio (…). No, una ciudad que ha engendrado mujeres como éstas no puede ser conquistada”.

***

“Estamos tan intoxicados uno del otro...”

Estamos tan intoxicados uno del otro
Que de improviso podríamos naufragar,
Este paraíso incomparable
Podría convertirse en terrible afección.
Todo se ha aproximado al crimen
Dios nos ha de perdonar
A pesar de la paciencia infinita
Los caminos prohibidos se han cruzado.
Llevamos el paraíso como una cadena bendita
Miramos en él, como en un aljibe insondable,
Más profundo que los libros admirables
Que surgen de pronto y lo contienen todo.

Versión de Jorge Bustamante García.

 

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FERNANDO ARAÚJO VÉLEZ

Cultura

Anna Ajmátova: El grito de cien millones de rusos

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