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hace 3 horas

Aquella vez que mi papá me enseñó algo (Cuentos de sábado en la tarde)

Un ruido seco me despertó. 

Después otro. Y otro. Era medianoche y con diez años de edad ya sabía que a esas horas se suponía que el silencio era imperturbable; sagrado. 

Ilustración: Raquel Sofía / @tedecoca_.

Salí a investigar y vi que el alboroto venía del cuarto prohibido que por primera vez tenía la puerta bien abierta; la luz encendida regándose desde adentro. Mi papá estaba moviendo cajas, abriendo algunas, buscando con frenetismo algo sin éxito. 

Tenía la corbata mal puesta. 

Tardó varios minutos en darse cuenta de que lo observaba. Cuando finalmente me miró, se detuvo y me sonrió con esa sonrisa empresarial suya, marca registrada, que uno sabe que está prefabricada, pero que igual logra crear  un campo gravitacional ineludible. 

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-Lo que tienes que saber, Juan-, me dijo. Era su manera favorita de hablar: siempre estaba dando un discurso ininterrumpido.  -Es que...-. Se tropezó con una caja en el suelo y casi se cae. Se apoyó en la pared y retomó la compostura. Estaba ebrio y en ese momento sentí el-familiar-pero-insoportable-calor en el pecho que me produce la ansiedad de verlo fuera de control. 

-Lo que tienes que saber, Juan-, regresó, -es que nunca nadie quiere hacer lo que tiene que hacer. 

Pausó. Me miró mientras se acomodaba el blazer de su traje negrísimo e impecable. La camisa blanca brillaba incluso en la luz tenue. Esa pinta también era marca registrada, un motivo de orgullo. “Los hombres tienen que entender que la ropa”, me había dicho alguna vez y luego otra y luego muchas veces, “es una declaración de principios. Nunca confíes en un tipo desacomodado, o de esos que se autoproclaman amantes de la sencillez. Son timadores: en algún lado tienen bien escondido, como una trampa, el narcisismo”. 

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Mientras me miraba vi que tenía el ojo izquierdo rojo. Estuvimos unos momentos en silencio hasta que asentí. No sabía qué más hacer. Él agrandó su sonrisa. 

-Incluso la gente que cree que quiere hacer lo que tiene que hacer, que dice que quiere hacer lo que tiene que hacer, que aparentemente hace lo que tiene que hacer, en realidad no lo quiere. 

Volví a asentir, pero él sabía que no entendía nada. Sentí cómo la humillación se me hervía por dentro. 

Dejó de mirarme y reanudó su búsqueda. Su voz rebotaba en las paredes. No era, en realidad, un cuarto; más bien un armario con profundidad. -Tu mamá, Juan, Juancho. Tu mamá es una persona maravillosa. De verdad lo es. Nadie te quiere más que ella. Nadie. Ni yo. 

Aquí se levantó un momento para mirarme: -Y yo te quiero un montón. 

Regresó a las cajas. Sacaba cuadernos, sobres, revistas y los tiraba en el piso, donde se estaban acumulando quitándole espacio de maniobra. 

-Pero tu mamá, puff, tu mamá es un ser de otro nivel. Lo que pasa es que no quiere hacer lo que tiene que hacer. ¿Sí sabes?

Asentí sin saber. Igual él no me estaba mirando. 

-Así es muy jodido, cuando no hay colaboración, cuando las cosas no se dan, pese a que todas las razones se han expuesto de la manera más elocuente y sencilla posible, cuando las justificaciones son contundentes. Cualquier persona se da cuenta de que el momento no es el adecuado.  

-¿Qué cosas no se dan?-, le dije y al hacerlo tartamudeé. 

-Nada, Juancho. Nada se da como uno quisiera que fuera y ahora ella está convencida de que las cosas son como deberían ser. Y pues no. Y no tartamudees, que eso es de maricas. Mírame, hijo.

Él no me estaba mirando. Yo no había dejado de observar su nuca, su pelo negro empezando a desaparecer. 

-Mírame y escúchame: no tartamudees. Ya naciste hombre, eso es bueno. Es una ventaja. Es necesario. Pero si sigues bajando la mirada cada vez que tienes miedo, la gente se va a dar cuenta y va creer que estás ahí para ser mangoneado. ¿Quieres vivir todo el tiempo manipulado?

-No.

-¿No qué?

-No quiero ser manipulado. 

-Ajá-, dijo, más para él que para mí. Había encontrado lo que buscaba. Se arrodilló ante una caja.

-Cuando yo era pequeño, muy pequeño, aunque un poquito más viejo que tú, mi papá me llevó al aeropuerto a ver la única avioneta que salía desde Cúcuta. Tu abuelo era un hombre muy serio, silencioso. Pero nos gustaba ir los domingos, por ahí cada quince días, a ver la avioneta despegar a las 2:15 p.m. Era emocionante, aunque hacía un calor terrible y ambos íbamos con nuestros blazers negros.  

Se dio la vuelta, me miró y se sentó sobre un bulto de cajas. En la mano tenía una pistola. Yo no podía dejar de mirar su corbata mal puesta. Me temblaba todo por dentro. 

-Esa vez que me llevó, cuando ya la avioneta se había perdido entre las nubes, empezó a llorar. Yo estaba aturdido. Imagínate tú, este hombre, que nunca dice una sola palabra, que era la imagen de la fortaleza y la estabilidad, que me había pegado tantas veces hasta que aprendí a no llorar, de repente se estaba quebrando delante mío. ¿Puedes imaginarlo?

Asentí. Sonrió, complacido de sus palabras. La pistola seguía en su mano. 

-Pasó así una buena media hora. Yo no era capaz de decirle nada. Hasta que finalmente me miró y me dijo: “la gente nunca quiere hacer lo que tiene que hacer, pero la gente que vale la pena lo hace”. 

Silencio. Ya no me estaba mirando, sino que me atravesaba con los ojos. Estaba perdido en sus recuerdos. 

-Al poco tiempo me enteré de que mi mamá, tu abuela, lo había echado de la casa. Así, de un día a otro, ya no estaba y nunca más lo volví a ver. Tu abuela nunca me quiso explicar su decisión y pues no me quedó más remedio que culparla. Aunque con el tiempo, con la edad, la experiencia y todo eso la culpa deja de importar tanto, uno aprende que la vida no es maniqueísmo y falsas dicotomías... 

Se detuvo y enfocó su mirada en mí. Ahora tenía ambos ojos rojos. 

-¿Sabes qué es maniqueísmo?

-No.

-Búscalo, Juancho. No hay nada peor que alguien inculto. 

Asentí. 

-Bueno, alguien desordenado y mal vestido tal vez es peor. Aunque esa gente también suele ser inculta. 

Volví a asentir. 

-Lo que tienes que entender es que no, la vida no es sobre eso, lo bueno o lo malo, sino sobre lo que hay que hacer. Y ese deber está pegado a la realidad, a lo que hay y lo que no hay. Es así de sencillo. Al final del día un hombre tiene que responder: ¿hay suficiente dinero para alimentar a la familia? Si no, ¿qué se puede hacer? Si sí, ¿cómo se consigue más? ¿Estoy siendo coherente?

Me tardé en comprender que no era una pregunta retórica.

-¿Estoy siendo coherente?

-Creo que sí.

-No tartamudees.

-Sí-. Incluso esa sola sílaba sonó nerviosa. 

-La coherencia es lo que importa. Si uno está encargado de lo que se tiene que hacer, pues ser coherente es querer hacerlo. Tu mamá no entiende eso, Juan. 

-¿Por qué?

-Qué se yo. Nunca entendí a las mujeres. No pierdas nunca tiempo en eso. Ni a ellas ni a nadie. La gente no respeta los códigos. No son coherentes. Sólo tú puedes serlo, Juancho. Tú tienes que serlo. ¿Me entiendes?

-Sí. 

-No te escucho. 

-Sí-, dije, más alto, pero el calor en el pecho que había seguido creciendo y creciendo me obstruía las cuerdas vocales y no me permitía dejar de tartamudear. 

Mi papá levantó la pistola. 

-Al final del día sólo tienes esa coherencia y vestirte bien. Eso es lo que está bajo control. Eso es lo que dice quién eres, cuánto vales. 

Asentí. Volvió a sonreír. 

-Te quiero, Juancho. 

Quise decirle que también lo quería, pero la traquea se me había cerrado. Estuvimos en silencio unos cinco minutos, yo mirándolo y él mirando al vacío. 

Luego alzó la pistola y se voló los sesos. 

Mientras mi mamá llamaba a la ambulancia y luego se derrumbaba a llorar junto a la puerta del cuarto prohibido, yo sólo podía mirar su corbata mal atada. 

Cinco meses después nació mi hermana. 

Cuarenta y cinco años después, mi mamá me contó, en uno de sus pocos momentos de lucidez, que mi papá le había suplicado que abortara. 

Todavía sigo pensando en la incoherencia de esa puta corbata mal puesta.

***

La ilustración para este cuento fue realizada especialmente por @tedecoca_

[email protected] 

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Juan Carlos Rincón Escalante / @jkrincon

Cultura

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