En el estudio

Beatriz González al atardecer

Una de las artistas más importantes de nuestro país rememora sus comienzos en la pintura. Desde su taller habla de la paz y de sus obras.

Beatriz González nació el 16 de noviembre de 1938 en Bucaramanga. / Cristian Garavito - El Espectador

Aunque los tonos pueden ser similares, el ocaso que hoy ve Beatriz González (1938) no es el mismo que imagina cuando cierra los ojos, cuando su memoria la lleva de vuelta al balcón de su casa en Bucaramanga, donde su padre le enseñaba los colores del atardecer, cual cátedra de teoría del color, en la década de 1940. González ya no es esa niña. A sus 80 años, que parecen una primavera ante su prolífica obra, es, quizás, la artista viva más importante del país o, como la definía el curador Alberto Sierra, su amigo, director de la Galería de La Oficina de Medellín, “la artista con mayor constancia de Colombia. Quien esas imágenes que la gente ve y olvida, las vuelve íconos”.

La creadora de Los suicidas del Sisga (1965), su más famosa obra, ve el atardecer desde el centro de Bogotá, desde su taller, ubicado en el piso 19 de una torre que se eleva detrás de la plaza de toros de Santamaría y la hace ver una miniatura, ante los imponentes cerros y un cielo gris, a veces azul, desde el cual un tímido sol ilumina con poder sus vidrieras. Es un taller modesto, con cinco bastidores, sus delantales colgados y decorado con objetos pequeños, pero significativos. Allí ella congrega, entre lienzos, la paz de su santuario: el estudio en el que está hace más de quince años, desde donde crea parte importante del arte contemporáneo colombiano y concede a El Espectador una conversación sobre este momento de su vida artística.

De la oscuridad a la luz

Cuatro talleres ha tenido Beatriz González durante su carrera.

Primero, cuando culminó sus estudios en la Universidad de los Andes, en 1962, le ofrecieron ser docente y rechazó la oferta, diciendo que “se iba a Bucaramanga a saber qué era lo que sabía”. Entonces, cuenta que consiguió una casa muy grande, “hecha por un cubano, y mi papá me hizo un estudio chiquito, pero era una belleza, uno salía y estaba el jardín con limoneros, mangos. Ahí pinté mis primeros cuadros, con los que fui a mi primera exposición en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, apenas dos años después de graduada. Después me casé y empecé a pintar en el apartamento, hasta que nos pasamos a vivir en las Torres del Parque, donde había un espacio que Rogelio Salmona había dado la orden de rellenar de tierra y como mi marido era el jefe de la obra dijo: “No, aquí sale un estudio para Beatriz”. Era un sótano que tenía rejillas, muy oscuro, pero inmenso, los telones los pinté ahí, el Guernica, los Diez metros de Renoir (1977). Fue difícil, porque desde chiquita tengo artritis, entonces era un atentado, además se entraban los gatos”.

Los suicidas del Sisga (1965)

 

Años más tarde, la maestra trasladó su taller al edificio El Museo, a un apartamento con cocina, baño y demás comodidades, que le resultaba “muy chistoso, porque yo no cocino en los estudios, los estudios son para pintar, no para vivir... Bueno, allá trabajé muchos cuadros, tenía buena luz, pero me parecía un poco pequeño”.

“Este en el que estoy, se dio porque mi marido hizo el edificio, pero la Sociedad de Arquitectos no tenía dinero y le pagaron con un apartamento, la cosa fue que no se arrendaba, entonces me dijo que dejara ese que tenía, porque era más fácil de rentar, y me viniera para acá”.

Lo que más le gusta de este estudio es la luz. “No pinto por la tarde, pinto por la mañana. Aquí la luz es perfecta por la mañana y por la tarde, es impresionante. En el sótano hice todas las locuras, yo creo que fue por la falta de luz. Trabajo por la mañana, por la tarde estoy en la casa, leo, veo revistas, dibujo”. Trabaja de lunes a viernes, los sábados y domingos se va para el campo. La visitan muy poco, los invitados deben pedir cita. Es que la maestra se considera tímida, no es bohemia ni de fiestas, no le gustan el alcohol ni las drogas. Además, insiste, “el taller es para pintar, punto”. “Este lugar es el último refugio, porque si hago obras grandes ya se hacen por fuera, este es un sitio aparte, donde puedo pensar, en mi casa también pienso obras, pero aquí es donde las realizo. Este sitio mezcla la meditación sobre las obras de arte con la posibilidad de poder sentarse a pintar, a dibujar, sin tener que preocuparme porque se dañe el piso. Este será mi último estudio”.

El “boom”

Al final del 2017, la maestra inauguró una gran exposición en Burdeos, durante el año Colombia-Francia. La titularon Beatriz González, retrospectiva 1965-2017, pero, según explica, “no era una retrospectiva, era una exposición temática que tomaba los muebles, los telones, los retratos, el tema de las noticias de provincia, después otras cosas importantes como la cortina de Turbay, y después la violencia. No sigue el esquema tradicional de una retrospectiva, es más bien una revisión temática. Ahora me voy para Madrid, porque la misma exposición que tuve en Francia va a la Reina Sofía, el 22 de marzo se inaugura, luego va a Berlín”. La verdadera retrospectiva comenzará el próximo año en el Museo Pérez de Miami, luego irá a Houston y después puede ir a Chicago o al MET en Nueva York, está en conversaciones.

¿No cree que este reconocimiento a su obra llega un poco tarde?

Sí, tengo conciencia muy clara de ello. Cuando hace mucho me preguntaron qué pasaba con mi obra en Europa, porque no es que no hubiese ido, ya que cuando hicieron exposiciones de aniversario del Descubrimiento de América, en 1992, en Londres, en Bruselas, toda era obra mía, pero nadie decía nada, nunca pasó nada. Mi obra circula en Europa como una curiosidad. Pero ahora, cuando estaba ese conjunto tan impactante de telones y de muebles, el público europeo decía: “¿qué es esto?”. Ellos no se imaginaban todo esto, fue emocionante. No soy amiga de eso, estaba más contenta en mi cueva que saliendo. Entonces, este descubrimiento tardío me parece muy divertido, que lo empiecen a mirar a uno como un fenómeno.

¿Qué se está preguntando Beatriz González?

Uno de los grandes cambios de la obra de la maestra González tuvo lugar cuando sucedió el holocausto del Palacio de Justicia (1985), cuando, tras años de reírse de la realidad del país, con colores alegres y fuertes que le servían para contar lo que sucedía con la corrupción, decidió cambiar. “Yo sí cambié, suprimí muchos anaranjados, se volvió todo como vinotinto, con el verde manzana. Sentí que ya podía reírme más”. Desde entonces, su reflexión ha tenido que ver con la memoria, con temas diversos, todos en el universo colombiano.

Una golondrina no hace verano

Entonces, resulta interesante saber cómo podrá variar su obra ahora que este país firmó un acuerdo de paz...

Este momento es tan novedoso para todos, yo no dejo de repetir que es una situación inédita, nosotros no hemos vivido una Colombia en paz. A mí me tocó no solo esta narco-violencia, una guerra, la otra, también la violencia política. Acompañaba a mi papá al campo y sentía en las noches que nos iban a matar por liberales, y como viví eso, me doy cuenta de que todavía no hemos sabido vivir este momento, deberíamos estar pensando en otra cosa. Estoy feliz con la paz, pero asqueada de que haya rupturas, que no todo el mundo se aglutine con la paz. Entonces, no hay un corte tan dramático como el Palacio de Justicia. Sigo pensando por qué no nos llega el tema de la paz, por qué este país sigue dividido.

Su obra ya ha estado cambiando, porque se basa en la reportería gráfica y, aunque ahora tiene las caras de los líderes campesinos asesinados en el escritorio y las está calcando, ya no tiene las masacres que antes la llevaban a pintar escenas tan duras. ¿Cree que es un momento más tranquilo?

“Es muy difícil pensar en la obra ahora, por la misma ruptura que hay. El duelo es el tema que estoy trabajando ahora. Estoy tratando de salvar mi obra Auras anónimas, la que está en el Cementerio Central, porque la Alcaldía quiere poner ahí otro tipo de espacio, desacralizando lo que ahí está... Yo seguiré pensando en que debe haber un sitio donde hacer duelo, y precisamente creo que ese es el sitio para reflexionar, para pensar qué pasó con la paz, donde el visitante pueda ir pensado, caminando, intentando entender qué pasó con la paz.

En la pared, una mujer angustiada, triste, mira a Beatriz mientras habla. Es la obra en la que trabaja, de la que adelanta detalles: “Quiero que El duelo sea una obra más grande, que se pueda difundir más, es tipografía, como lo hice con los zócalos de La comedia y La tragedia (1983). Estoy pensando que sea una edición de 1.000, entonces ¿qué hace uno con una edición de 1.000 mujeres llorando?, pues hacer una reflexión amplia sobre el duelo”. La tipografía siempre es rojo, negro o azul, y para su mujer llorando, González se centró en el negro y el rojo.

El sol casi se esconde, el atardecer casi acaba, y la última imagen del taller es la figura de la maestra con las manos en la mesa, con los dedos sobre un papel que había comenzado a rayar antes de la conversación y en su rostro una sonrisa, escasa pero sincera.