Es uno de los eventos del año Francia - Colombia

Beatriz González y sus Clásicos de la Provincia

El Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos dedica una importante exposición temática a esta artista santandereana, que ha marcado la historia del arte latinoamericano.

En el Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos, la obra de la artista colombiana Beatriz González reina desde la nave central.Cortesía

“Mi relación con Burdeos data de 103 años. Tuve un tío que tenía negocios de exportación y lo trajeron acá. En la familia esa palabra ‘Burdeos’ siempre fue una referencia”, dice Beatriz González.

La memoria le da para decir esa cifra ‘103’, pero la memoria de los que les contaban la historia no alcanza para saber si las mercancías del tío pasaron por las bodegas de la plaza Lainé, que desde 1824 servían de depósito a los bienes llegados al puerto sobre el río Garona y que a partir de 1975 se convirtieron en la sede del Centro de Artes Plásticas de Burdeos y diez años después en el Museo de Arte Contemporáneo más importante de Francia después del Centro Pompidou de París.

Es aquí donde la obra de Beatriz González reina desde la nave central. En uno de los eventos mayores del año cultural Francia-Colombia, el museo presenta una exposición que, a pesar de estar presentada como temática alrededor de los materiales y recurrencias de su trabajo, tiene vocación de gran retrospectiva. Ahí están, además de sus pinturas icónicas, los telones y cortinas en los que pueden aparecer el Almuerzo en la hierba de Manet, o la figura a repetición de Julio César Turbay, ese sanguinario bonachón. Ahí están 26 de los muebles que utilizó como soporte durante la década del setenta, cuando el artista Luis Caballero Holguín hizo su célebre afirmación en el sentido de que Beatriz González era “la única gran pintora colombiana, la única capaz de pintar a los colombianos”.

“Beatriz ha marcado generaciones de artistas, de críticos y de curadores, no sólo por su obra, sino por su labor de pedagogía desde el museo, por su rol para desarrollar la idea de que los museos deben ser mucho más que lugares de exposición, espacios de formación y aprendizaje”, dice María Inés Rodríguez, directora del museo y responsable de la exposición.

Cosas del destino

Egresada de la Universidad de los Andes, a donde llegó motivada por la posibilidad de estudiar bajo la tutela de Marta Traba pero de donde siempre ha dicho que a parte de Traba y José Antonio Roda abundaba la mediocridad entre los docentes, González siempre ha buscado rupturas.

“Empecé a ser yo cuando me di cuenta de que calificaban lo que yo hacía como ‘fino’ y conscientemente decidí desprenderme de toda finura y de todo preciosismo”, dice. “Abandoné el pincel delicado por los trazos gruesos. Cambié los lienzos importados y los caballetes por metal del que se usa para hacer vallas publicitarias y como sobre ese material ya no podía utilizar óleo, le pregunté a un señor que hacía anuncios y él me recomendó usar pinturas Pintuco”.

Toda su carrera parece marcada por ese tipo de felices coincidencias (“pero yo las buscaba. No llegaban así no más”, dice): Una cama barata “con hueco para el radio”, que González compró y se llevó para su taller marcó el inicio de su trabajo con los muebles como soporte para sus pinturas (“pero no sólo eran cosas baratas. Hay alguna hecha sobre un mueble muy fino que estaba en la casa de mi familia. Lo pedí prestado y todavía no lo devuelvo. Un bastidor esta ahí como esperando, los muebles en cambio me decían que poner en ellos, me decían eso que hacía falta”). Una fotografía tomada por un reportero de El Espectador, que El Tiempo reprodujo en pequeño formato (“él tenía un delirio místico, ella aceptó suicidarse para expiar el pecado de estar juntos”) fue el punto de partida para Los suicidas del Sisga, su obra más famosa, cuya segunda versión está expuesta también en Burdeos y marca el inicio del período elegido para la muestra.

“A partir de 1964 yo atravesé varias crisis. Pintaba, pero me había convertido en eso: una señora que pintaba. Me salían cosas como las que hace Botero y yo lo que menos quería era ser Botero. Entonces encontré esa foto. No era la historia lo que me interesaba, sino su estética. Esos tonos planos. Hice tres versiones de la obra y todavía tengo el recorte. Ahí vine a entender qué era lo que quería hacer”.

La crónica roja se convirtió en la fuente estética de González. Dramas pasionales y “faits divers” aparecían en su obra al mismo tiempo que la iconografía religiosa y popular y las reproducciones de clásicos de la pintura impresas y distribuidas por la litografía que el español Antonio Molinari había fundado en Cali en 1952. En todos los casos, el estilo y los colores les daban un giro a las temáticas macabras o solemnes. La obra de Beatriz González es puro humor negro en colores pastel. La retrospectiva más importante realizada hasta ahora, en el 2010 en el Museo de Arte Moderno de Medellín, se llamó precisamente La comedia y la tragedia.

Porque si hasta mediados de los 80 había mucho de caricatura y de inocencia en su trabajo, González dice que “la toma del Palacio de Justicia fue el momento en el que entendí que como artista no podía seguir riéndome”. Así explica cómo, en su trabajos posteriores a ese hecho, las víctimas de la violencia de las páginas judiciales las fueron sustituyendo las de la violencia estructural, desde los soldados hasta las viudas de las masacres. Obras como Apocalipsis Camuflado, de 1989, y Pancarta mortal, del año siguiente, reflejan el declive de un país que había perdido la esperanza.

Que para ella puede estar recuperándola.

“Es un momento histórico y no entiendo cómo hay gente que quiere cerrar los ojos frente a esa realidad. La paz está cerca y a los artistas les corresponde encontrar símbolos para esa paz. No la paloma, por supuesto, no la paloma. También he pintado la alegría. Cuando pinté a los indígenas navegando en sus chalupas era la alegría lo que estaba pintando”, dice.

La conversación comenzó por Burdeos. Terminamos por hablar de Bucaramanga. Fue allí donde, en 1938, nació Beatriz González.

“Acabo de concluir un telón para el Teatro Santander. Es un gran formato sobre el Cañón del Chicamocha. Espero que ese trabajo me permita volver a conectarme con los artistas locales, porque aún tengo mi casa y voy cuando puedo, pero ya no conozco a nadie”.

Beatriz González tose, dice que el cambio de clima fue fuerte y el viaje largo. Luego hace un silencio largo y lo que sigue le viene como el dato perdido que reaparece.

“¿Sabe una cosa? Yo suelo mencionar una catedral de mi niñez, pero rara vez la nombro. Es la Catedral de la Sagrada Familia de Bucaramanga. ¿Ha visto que tiene la cúpula de colores? Creo que mi paleta viene de los colores de ese domo”.

En una época, pensando tal vez en esa gama de colores, dijeron que González hacía pop-art. Años después, cuando Los suicidas del Sisga hizo parte de una exposición en la Tate Gallery, aún le colgaban esa etiqueta, con la que González nunca ha comulgado.

“Es que no conocí hasta muy tarde la obra de los grandes nombres del pop-art. No creo que yo entre en esa categoría. A mí con que me digan que hago arte provincial quedo contenta”.

 

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