Personajes del año 2019 El Espectador

Belén Sáez de Ibarra: el arte como catarsis

Es la directora de Patrimonio de la Universidad Nacional y desde allí hace realidad exposiciones como “El testigo”, del fotógrafo Jesús Abad Colorado, que este año superó el millón de visitantes. Es apenas uno de sus frentes de trabajo en pro de la cultura.

Bélén opina que el artista del siglo XXI “no se debe quedar encerrado en sí mismo sino aspirar a ser un actor social”. / Mauricio Alvarado
Belén Sáez de Ibarra opina que el artista del siglo XXI “no se debe quedar encerrado en sí mismo sino aspirar a ser un actor social”. / Mauricio Alvarado - El Espectador

Cuando uno lee su nombre completo, María Belén Sáez de Ibarra Sánchez, se imagina una señora acartonada de la alta sociedad. Pero Belén, como la llaman sus allegados, es sencilla, relajada, irreverente y humanista. Su espíritu es Caribe. Nació en Barranquilla. Hija de dos españoles, un vasco y una granadina, que vinieron en 1968 a América buscando otro mundo. Es abogada de la Javeriana y maestra en estudios legales de la Universidad de Londres. Haciendo dibujos abstractos, “insignificantes”, me dice, aprendiendo técnicas de pintura, visitando exposiciones, leyendo filosofía, descubrió que el arte le mueve el alma. Iba de la Tate Modern a la galería White Cube y fue allí, a mediados de los 90, donde la obra La casa viuda, de una artista llamada Doris Salcedo, que empezaba a llamar la atención internacional, la estremeció por la forma en que transformó objetos de hogares de las víctimas de la violencia en Colombia en esculturas sobre una realidad social y política.

Tiempo después, otra barranquillera, Katia González, siendo directora de patrimonio del Ministerio de Cultura y sabiendo del potencial de Belén, la llamó para que la asesorara y así nació la carrera de gestora y curadora de la directora de Patrimonio Cultural de la Universidad Nacional de Colombia desde 2007, a quien El Espectador exalta como uno de sus personajes de 2019. ¿Para qué le sirve ser abogada? “No me arrepiento. No hubiera hecho casi nada si no lo fuera, porque siempre he trabajado con el Estado, y conocer sus estructuras, la cultura organizativa de la operación de lo público, me ha hecho más fácil trabajar, tomar riesgos, innovar”. (Entrevista con Doris Salcedo: "No se puede glorificar la violencia").

Una burócrata más, se podría pensar. Pero para que se hagan una idea, la universidad no le dio este año un peso de presupuesto. Consigue financiación a partir de un modelo de gestión a mediano y largo plazo en el que participan artistas, promotores culturales, empresa privada o entidades internacionales. El Estado pone los escenarios —el museo, el auditorio León de Greiff y el claustro de San Agustín— y ella los hace funcionar. “Al principio estaba molesta porque no me dieron gente, el presupuesto no me lo transfirieron; después los recursos se volvieron ínfimos y empecé con muchas restricciones. Luego entendí que es un privilegio manejar escenarios tan importantes con tal capacidad y belleza y que había otra forma de mantenerlos vivos. El derecho me dio una cultura base para armar desde la colectividad un esquema legal de la función social de lo público”.

Cada artista o grupo de artistas se compromete con proyectos de dos o tres años y han logrado resultados “más profundos y de más impacto en la sociedad”. Por ejemplo, Selva cosmopolítica, incluida la exposición Conjuro de ríos, de la que hicieron parte artistas internacionales como el brasileño Cildo Meireles y que estuvo abierta hasta este año. En “la cajita de música”, como llama al León de Greiff, hace producciones inéditas con talento colombiano: orquestas, ópera, grandes coros. Y con ese sistema de apoyo ha sacado esta oferta gratuita del campus de la Nacional a la Plaza de Bolívar y a distintas ciudades del país. Acaba de regresar de Bojayá (Chocó), donde avanza en un proyecto coral para 2020, reflejo de la cultura negra del Pacífico. “Acompañamos procesos de manifestación ciudadana, porque la cultura debe ser el mejor instrumento para repensar una sociedad desde el intelecto, el corazón, lo simbólico, como alternativa a la violencia”.

En defensa de las víctimas y de la memoria del país, ha trabajado de la mano de Doris Salcedo, aquí y en el exterior. Evade el protagonismo, dialoga con los artistas desde un segundo plano, trabaja en equipo para que el proceso creativo de una obra alcance su máxima significación con el aporte de la museografía. Por eso se ocupa de cada objeto, imagen o sonido, de cada detalle logístico. A su amiga Doris -de quien oí por primera vez la importancia del arte de Belén-, la acompañó durante la concepción y realización de Fragmentos, el contramonumento en el que Salcedo fundió más de 9.000 fusiles de la exguerrilla Farc y lo convirtió en la base de un nuevo espacio para el arte nacional a dos cuadras del Palacio de Nariño. Belén asesoró este año a los primeros artistas escogidos para manifestarse allí. También, como parte de los acuerdos firmados con las Farc, respaldó en octubre pasado al artista Juan Pablo Carreño en la Procesión y misa por la reconciliación, con músicos nacionales y europeos que refrendaron en la Catedral Primada, ante los tres poderes y la sociedad civil, la necesidad de consolidar el proceso de paz.

Y saca tiempo para acciones de coyuntura como Quebrantos, performance colectiva promovida y financiada por Doris a mediados de 2019 para honrar la memoria de los líderes sociales asesinados. Belén también reúne voluntarios, pide permisos, hace que todo funcione antes y durante el evento. “La calle le va dando a uno un temple”, afirma, y opina que el artista del siglo XXI “no se debe quedar encerrado en sí mismo sino aspirar a ser un actor social”.

Por el costado occidental de la Casa de Nariño, es responsable del funcionamiento del claustro de San Agustín, donde la exposición El testigo, su curaduría de 25 años de la obra fotográfica del reportero Jesús Abad Colorado sobre las víctimas y protagonistas de la guerra en Colombia, superó el millón de visitantes, y tiene como meta los dos millones en 2020, pues ahora va a Cali y Medellín.

Recorriendo los dos pisos y las cuatro atmósferas audiovisuales que Belén creó con su equipo -que no supera una docena de personas-, colombianos de todos los orígenes y tipos de pensamiento, desde el presidente de la República hasta el más humilde campesino, pasando por estudiantes de escuelas colegios y universidades, se conmocionaron al dimensionar la tragedia humana.

Ella se había acercado a esta obra ocho años atrás, cuando la incluyó en el proceso de El origen de la noche, con una exposición de un centenar de retratos de indígenas. Hasta que, según Jesús Abad, el profesionalismo de Belén lo convenció de traer desde Medellín todo su archivo para que ella lo catalogara y transfomara, “luego de tres meses de casi no dormir”, me cuenta ella, en una de las exposiciones fotográficas más importantes de la historia local. En este momento edita el material para condensarlo en un libro.

Es el mismo compromiso que ha ofrecido a otros artistas colombianos como Álvaro Barrios o extranjeros como la suiza Úrsula Biemann, con quien trabaja en Putumayo: un instituto de investigación con indígenas para temas de biodiversidad y cultura. “Lo financiamos entre todos. Úrsula vinculó a la Universidad de Zúrich y también nos ayudan la ONU y la Unesco. Así garantizamos el beneficio de la comunidad y la investigación para una exposición que ella hará en 2021”. El perfil de una comisaria invitada a la Bienal de Shanghái.

“Mi trabajo es de percepciones, de sensibilidad para trabajar con el conocimiento de otros y, en cierta manera, llegar a ser creadora, ayudando a que grupos transdisciplinarios no se salgan a lo panfletario ni utilicen estrategias que debiliten las manifestaciones culturales o el contexto estético. Me gusta moverme por el borde entre lo artístico y lo político, ser parte de un poder transformador, que en mi caso es una catarsis personal acumulativa”.

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Nelson Fredy Padilla / [email protected]

Cultura

Belén Sáez de Ibarra: el arte como catarsis

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