Carles Guerra: 'La multitud es un paradigma de belleza social'

El artista y pensador catalán estuvo en Colombia para la gira nacional de #EcosistemaArte y respondió para El Espectador preguntas referentes a la cultura, las instituciones y el arte.

Carles Guerra fue director de La Virreina Centre de la Imatge (2009-2011) y conservador jefe del Museu d’Art Contemporani de Barcelona. Saia Vergara Jaime

Uno de los personajes más fascinantes del ámbito cultural en España estuvo de paso por Cartagena de Indias. Dos días antes de su llegada, Conrado Uribe, coordinador de Conexiones Creativas, me llama para contarme que, como parte de la gira nacional de #EcosistemaArte (realizado en Medellín, el 19 y 20 de mayo), Carles Guerra dictará una conferencia, pero antes nos concederá una entrevista.

Como su apellido denota, Guerra es combativo, un iconoclasta en su Barcelona natal, una especie de hombre del Renacimiento que ha transgredido los límites de su quehacer artístico y ha propuesto formas distintas de interpretar la realidad dudando, siempre, de lo que parece intocable, casi sagrado. Ha ocupado cargos relevantes en museos e instituciones culturales y educativas europeas y estadounidenses. Más que sus muchos títulos, lo que impacta es la coherencia de su discurso político con su acción como artista y gestor.

Cuénteme sobre aquel proyecto que llamó “Antifotoperiodismo” (2010).

Lo hice en colaboración con Thomas Keenan, director del Programa de Derechos Humanos de Bard College (Nueva York), donde dimos clases juntos. Arrojar dudas sobre el fotoperiodismo era un tema tabú. No puedes dudar de quien da la vida por obtener una imagen; esa imagen se vuelve “indiscutible”. Antifotoperiodismo surgió tras muchos años de escribir reseñas en La Vanguardia sobre Visa pour l’Image y de asistir a éste, que es el Festival Internacional de Fotoperiodismo más importante del mundo. Me gustaba oír a los reporteros hablar porque normalmente comparten espacios en el conflicto, en primera línea de fuego.

Me hizo pensar en qué hay detrás de esa motivación tan extraordinaria y qué efecto les produce a las imágenes que se derivan de ese régimen. No hay ningún otro campo de producción de imágenes donde tengas que dar la vida a cambio. Y eso provoca unas consecuencias más bien negativas en esa fotografía, porque no la discutes, se vuelve una verdad casi religiosa.

Como no la puedes comprobar se sitúa en el ámbito de la pura creencia.

Además, el fotoperiodismo plantea un tipo de estética que no puede ser corregida, porque se basa en ese mantra de “si una foto no es suficientemente buena es porque no estabas suficientemente cerca”, como decía Robert Capa. Estar cerca, no importa que parezca desenfocada, es el valor que tiene esa imagen, ésa es la medida que le da la autenticidad.

Las reacciones virulentas que generó Antifotoperiodismo muestran cómo se blindó el cuestionamiento, cuando lo único que pretendía el proyecto era introducir la crítica a las imágenes en un espacio que la excluye. A mí siempre me da por dudar de las cosas, es de donde obtengo placer.

Más allá del mundo del arte como un espacio críptico y elitista, me llama la atención el artista que se implica con el momento histórico que le toca vivir, el “artivista”…

Para mí sería inconcebible no conectar con lo que ocurre alrededor. Lo interesante de este trabajo, aparte de que me permite desafiar esas nociones clásicas del trabajo, es que hay también un deseo de conectar cosas que ocurren en la calle, en los centros culturales, en la política. Para mí, el arte es como un territorio de excepción a lo que se produce como normativo en el espacio público, de manera que acaba siendo un espacio para hacer política con otros medios. En vez de hacer la política formal, la política hegemónica, la motivación secreta detrás de estar trabajando para instituciones culturales es estar haciendo política tout court en otro espacio, con otros materiales, con otros tiempos, con otra causalidad, con otras consecuencia.

¿Cuál es el rol del artista en la sociedad y qué aporta?

Creo que tiene que defender la excepcionalidad de su trabajo, ya que éste no se mide por ningún parámetro habitual del trabajo que predomina en la sociedad por horas, por los costes de materiales invertidos, etc. En el momento en que lo que has hecho como artista se mide como cualquier otro trabajo deja de ser arte. Se ha llegado a pensar en el artista como un excéntrico, como un bohemio, pero hay que pensar que esa excentricidad o esa especie de excepción se debe revitalizar constantemente, porque el capitalismo tiene una tendencia a convertir esa extrañeza en lo normal con mucha rapidez.

Siempre el reto de la producción artística es mantener esa excepcionalidad respecto a otras formas de trabajo dominantes en el mundo del arte.

¿Cómo le explicaría a un niño de cinco años qué es el arte?

Rompería con esa idea de pensar que es sólo creatividad, expresión. Creo que “arte” es la capacidad de producir unos artefactos, unas imágenes que nos permiten hablar con mucha libertad. No sólo es la idea de producir un objeto con una relativa belleza o una relativa fealdad, sino que es la oportunidad de conversar sobre un objeto extraño y de producir un espacio de cercanía con la excusa de ese objeto. Luego, ese diálogo puede que sea tan importante que nos lleguemos a olvidar del objeto. Le diría a un niño que el arte es la capacidad de hacer algo que nos va a permitir hablar y, para mí, la belleza está en esa conversación. Y, por eso, cuando me preguntan: “Y tú, Carles, ¿cómo sabes que una obra de arte es buena?”. Si ha generado una buena conversación, entonces es buena.

En Cartagena tuvimos un alcalde que dijo que suprimiría de los currículos las clases de filosofía y las reemplazaría por otras “mucho más productivas”. ¿Qué falla en la institucionalidad, en esa concepción del Estado, para que funcionarios con tal nivel de responsabilidad hagan ese tipo de reflexiones?

Está muy claro: el Estado es el que impone qué es lo productivo y qué no. Las mujeres han sido condenadas a la improductividad, pese a que tienen la labor de reproducir la humanidad. El hombre, en cambio, lo masculino, está asociado con lo rentable, con lo productivo. Pero ésa es una verdad en entredicho, porque sabemos que el mundo funciona no sólo con capitales financieros, necesitas otros capitales: los emocionales, los cognitivos, los de relación social. Estamos descubriendo que la productividad es mucho más plural y radical. El debate está en cómo conseguir revelar cuál es la productividad como sociedad. Y, por supuesto, la filosofía, el arte, la relación social son formas de trabajo en estos momentos. Ya la economía no puede prescindir de esos otros capitales. El drama es quién se arroga el derecho de decidir qué es productivo y qué no.

Si este alcalde dice eso de la filosofía también lo dirá del arte...

Y también de las mujeres, de los niños, de los ancianos. Hay que pensar en una transversalidad más perversa.

Cartagena genera muchos excedentes y, como sucede de forma general en América Latina, éstos se concentran en pocas manos. ¿Qué pasa en una sociedad o con unas élites que generan muchos excedentes pero que no invierten en estimular la creación de arte, ni su producción, ni su circulación?

Que no han entendido las formas de productividad moderna: no son excedentes sino un capital que, si lo reinviertes en producción cultural, vas a tener una garantía de futuras rentas. Hoy, en Europa no hay ciudad moderna que no tenga como pieza clave museos de arte moderno y contemporáneo. No son meras paradas para el turismo; son ingredientes claves en una economía metropolitana que necesita de esas instituciones para representar la pluralidad productiva que tienen las ciudades. Y esa pluralidad hay que defenderla y visibilizarla constantemente. Al arte y a la productividad cultural les corresponde un papel de resistencia a esa implantación de un modelo productivo único. Siempre hemos pensado que la cultura se produce cuando has cubierto las necesidades básicas, pero hoy la cultura está en el centro de la productividad humana o, dicho de otra manera, no podemos hablar de una cultura separada de la economía.

¿Qué papel tienen las instituciones culturales en una sociedad?

Las instituciones culturales puede que se mantengan ligadas a misiones enunciadas y pronunciadas hace mucho tiempo, y ahí está el drama: tenemos una calle, una sociedad innovadora, resistente, productiva. Creo que las instituciones culturales tienen que ayudar al reconocimiento de esa creatividad en masa, de esa efervescencia social . Fíjate que los museos parecen ser instituciones que han intentado meter el mundo dentro de sus espacios, pero, hoy en día, ¿qué mundo quieres meter en el museo? ¿Qué tipo de corrección de escala corresponde hoy para que el museo asuma e incorpore esa creatividad de la calle, esa creatividad social?

¿Es importante que los estados creen políticas públicas para incentivar la creación, la divulgación y la circulación del arte y la cultura?

Es fundamental, y que sea a través de ayudas a los creadores, a las instituciones. También es cierto que en el mundo del arte o de las instituciones culturales debemos empezar a reconocer otro género de recursos: los intelectuales, los cognitivos, los afectivos, de entusiasmo, etc., y ponerlos a trabajar juntos. El campo de la institución cultural es uno de los pocos donde se articulan capitales de signo distinto para producir algo que tiene más valor que la suma del simple capital financiero. Estamos en un momento en que la institución cultural puede invitar a estar dentro a quienes representan esos recursos alternativos. Ya no hablamos de sociedad civil; en su lugar han aparecido las multitudes organizadas que tienen una voz y cuyo capital es intelectual.

Esas multitudes son una potencia per se … Ustedes en España dan ejemplo de lo que son esas multitudes poderosas.

Exactamente. La pregunta es: ¿cuál es el capital de las sociedades hoy en día?

El grado de conectividad interna. La ecuación es simple: una sociedad más conectada es más moderna, una menos conectada es menos moderna. Esa conectividad es la que produce conocimiento, opiniones. Y los estados no han entendido que deben responder a ellas. No hace falta doblegarse, pero hay que responder a ese nuevo liderazgo social que emana de una capacidad de conectividad extraordinaria que no había habido nunca antes en la historia.

Quizá es porque el Estado generalmente va como rezagado, y la sociedad es tan potente que va marcando el rumbo.

Eso vale también para los museos que miramos con envidia la efervescencia social y quisiéramos verla dentro, pero no para cooptarla sino para visibilizar aún más esa potencia. Ahí está la belleza, ahí está la obra de arte, en esa producción social que genera momentos extraordinarios. Para mí, hoy en día el paradigma de belleza está en las multitudes organizadas. A pesar de estar marcado por crisis tremendas, estamos en un momento de una belleza enorme y de un aprendizaje deslumbrante, como siempre hay que tener la valentía de vivirlo, de estar en él y no de sustraerse.