En la carrera 28B # 73-58

Casa Palma: el hogar de la fotografía en Colombia

En el barrio Alcázares, de Bogotá, se abrió el nuevo refugio de la fotografía en el país. El edificio, que antes era una casa familiar, será galería, “coworking” y centro cultural.

Juan Sebastián Pinilla (fotógrafo) y Alberto “Betey” Riaño (arquitecto) son los creadores de Casa Palma.Hector Aguirre

Betey Riaño les dijo a los obreros: “Se acabó la demolición. Por favor paren ya ese taladro”, y los cuatro hombres, con los ojos bien abiertos y en tono de reclamo, le respondieron: “Pero, Betey, ¿cómo va a dejar esto así?”, a lo que Riaño les dijo: “Tranquilos, algo voy a poner ahí y se va a ver muy bien. No soporto más ese taladro”. Estaban destruyendo las paredes de la que antes fue la casa familiar para construir un sueño que no se veía muy viable y ahora los empleados, acostumbrados a que las demoliciones debían terminarse, no entendían por qué al dueño le había dado por dejar todo a medio derribar. Riaño, cuya única explicación para esa decisión es que “se mamó del sonido de esa máquina”, ahora cree que su cansancio se debía a que su casa, la de sus abuelos, la que ahora será el negocio familiar, le comenzó a hablar. Si la demolición paró, fue porque así tenía que verse.

***

Foto: Juan Sebastián Pinilla 

El dinero es una energía

“La plata que tienes en los bolsillos es la única que existe”, dice Riaño, uno de los fundadores de Casa Palma, tratando de explicar de dónde había sacado el dinero para derribar los muros de la casa de su abuela y crear un espacio que, a pesar de verse muy rústico y alternativo, tiene todas las características de un edificio moderno. “Si quieres hacer algo, lo haces. Después resuelves lo demás”, agregó, aclarando por qué no se paralizó con el miedo que le produjo saber que su proyecto iba a ser mucho más costoso de lo que pensó.

Le sugerimos esta galería de Casa palma: (En fotos) Conozca el nuevo edifico que promoverá la fotografía en Colombia

Juan Sebastián Pinilla Rojas, fotógrafo profesional, y Alberto Riaño Rojas (Betey), arquitecto, son primos. “Más hermanos que primos”, corrigen, y lo que ahora convirtieron en un centro cultural y creativo para visibilizar el trabajo fotográfico colombiano era la casa familiar. Ahí crecieron sus mamás y también ellos. Es posible que hayan nacido ahí. Se llevan dos años y han sincronizado los acontecimientos de sus vidas sin planearlo. Su niñez y adolescencia transcurrieron alrededor de una familia que todos los domingos llegaba a almorzar a la casa de la palma: la de los papás de sus papás, a la que también “caían” los amigos, y sabían que podían encontrar comida y mucho café. La familia anfitriona del barrio. En la mesa del comedor de ese lugar, entre las 12 y las 2 de la tarde, pasaban de veinte a treinta personas que conversaban, se reían y divagaban. Viendo que compartir era fácil y acostumbrándose a que la nevera se mantenía llena no solo para los que habitaban el espacio, sino para el que por alguna razón terminara en ese comedor, se educaron.

“Crecimos y nos fuimos a vivir juntos”

Los papás de Betey habían comprado un apartamento dúplex que fue arrendado por más de veinte años, y cuando los que siempre lo habían ocupado se fueron, ellos dos lo pidieron para convertirlo en “La nave”. Tenían 22 y 24 años. En el primer piso construyeron un estudio de fotografía y en el segundo vivieron. Los amigos comenzaron a llegar a esa famosa nave en la que siempre había chitos y cerveza. “Después le metimos gastronomía y buen trago”, dicen entre risas. Cuentan que era habitual que antes de salir revisaran la nevera para fijarse si estaba provista de lo mínimo para atender a la gente. Al llegar, los dos se encontraban en la puerta con bolsas llenas de whisky, cerveza y comida.

En algún momento se enamoraron y se fueron a vivir con sus parejas. Después de un par de años a los dos “los echaron” o terminaron sus relaciones y resultaron en la misma habitación de la casa de su abuela. Se iban de viaje, emprendían, fracasaban y regresaban al origen. A veces se alejaban y entonces todo ocurría a distancia, pero luego, por alguna razón, se encontraban. “Después me casé y dejamos de vivir juntos, pero parece que nos extrañamos porque aquí estamos”, dijo Pinilla, y recuerdan el momento en el que a Betey se le ocurrió que su abuela ya no podía vivir en una casa con escaleras y que, en cambio, él sí podía usar ese lugar para montar un café.

Los negocios de “Betey”

Luego de darse cuenta de que en el Parque de la 93 los arriendos eran muy caros (se ríe cuando habla de su conclusión), llevó los muebles de su negocio al garaje de la casa de la palma. “Allá no funcionó, pero aquí fijo sí”, pensó. Antes de eso había diseñado un carro para vender obleas, pero a pesar de poder acceder a trabajos en empresas prestigiosas que le aseguraban una entrada económica robusta, se ofuscaba pensando en que su energía se la estaba regalando a la edificación de sueños ajenos. Él quería “matarse” por algo suyo. Después de los intentos pasados que se habían frustrado, le propuso a la familia que la abuela viviera en un lugar más cómodo para su edad y salud. Que le dejaran la casa a él.

Puede leer: Cine mudo para niños en el Festival de cine independiente de Bogotá

De la casa de la palma a Casa Palma

“Tumben todo”, les dijo a cinco obreros que contrató para derrumbar los muros de la casa. Cuando su primo Juan Sebastián se enteró de sus planes le dijo: “Qué café ni qué café. Construyamos aquí la nave”, y le propuso montar un estudio fotográfico, una galería y un coworking, además de, claro, el café. De tumbar el primer piso, el proyecto se creció a remodelar un edificio que había sido el hogar de toda la familia. Con la madera, los muebles y los materiales que iban sobrando de esa deconstrucción improvisada, se reciclaba para crear las nuevas mesas y los adornos del proyecto. Al final, terminaron con una moto en el techo, los baños hechos con los tocadores de las tías y la barra del bar con el bifé del abuelo. Todo se recicló y quedó armado con los vestigios de la vida familiar, como si los ausentes les hubiesen ayudado a construir ese nuevo sueño que se veía imposible.

La palma

A esa casa la atraviesa una palma enorme que se había sembrado en 1955, mucho antes de que ellos nacieran. Por eso la llamaron así, porque ese árbol fue el testigo de su proceso, el mismo que ahora los llevó a convertir los retazos de madera que habían guardado los vestidos y las joyas de sus mamás en su nuevo modelo de negocio: la alternativa para los fotógrafos y realizadores que buscan un refugio para la creatividad de sus lentes. Casa Palma fue inaugurada el pasado 8 de junio, y, con una exposición que curó María del Pilar Rodríguez, se recibió a los interesados en las obras de arte creadas por conocedores de la luz que van mucho más allá de la producción de imágenes.

La fotografía es capaz de tocar el alma humana

“Estamos acostumbrados a los artistas que hacen fotografía y no a los fotógrafos que hacen arte”, dijo Rodríguez, que decidió que la exposición con la que abrirían la casa no tendría un eje temático y la compondrían fotógrafos profesionales en expansión. “Este espacio es para que la gente se emocione viendo fotografía y vea hasta dónde este género puede llegar. También para romper el mito de que cualquiera es fotógrafo. Cualquiera puede crear una imagen, pero comunicar no es tan fácil. Emocionar no es sencillo. El que lo logra es artista”, concluyó.

La historia de Casa Palma es una pomada. Ese lugar con terraza veraniega, fotografías estremecedoras y atención hogareña demuestra que en estos tiempos lanzarse al vacío por una idea es posible. Ahora, además de ceder un hogar para visibilizar la fotografía como género artístico, Riaño y Pinilla regalan motivos para seguir creyendo.

871042

2019-07-16T07:36:00-05:00

article

2019-07-16T10:33:55-05:00

[email protected]

none

Laura Camila Arévalo Domínguez - Twitter: @lauracamilaad

Cultura

Casa Palma: el hogar de la fotografía en Colombia

51

8892

8943

 

contenido-exclusivo

La soledad del gigante

El café después del amor

Sobre "Normal", la película de Adele Tulli