Día del Idioma

Cervantes: el soldado de Lepanto y la novela moderna

A propósito del Día del Idioma presentamos un texto sobre el escritor español Miguel de Cervantes. Publicado en el especial de El Magazín “Letras encadenadas”.

Miguel de Cervantes en versión de María Camila Quiceno.

Somos los herederos de la estrategia que ideó Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) para transformar la narrativa española y elevar el valor de la novela. Después de mucha reflexión y con la seguridad que solo se adquiere con los años o la experiencia, el escritor español decidió romper con los límites impuestos a la narración. En el Siglo de Oro, la palabra “novela” se refería al relato corto, que privado de autonomía y atención era narrado y leído a la sombra de la historia central o de la novela larga. Cervantes, amante de la independencia y consciente de la importancia de cada episodio, se comprometió con la libertad y le apostó a la publicación de historias que no dependieran de la proporción ni de su relación con una obra de mayor extensión. Eran relatos que "por ningún motivo debían ser sacrificados" y él les dio el protagonismo que solicitaban. La novela moderna nació de las inquebrantables convicciones de un Cervantes que no solo defendió la libertad de sus historias, sino la de su propia vida, que en repetidas ocasiones fue aprisionada. Repudiaba las rejas y los barrotes, rechazaba la limitación del espacio físico, pero, sobre todo, del espacio mental.

Cervantes tenía 22 años cuando comenzó a captar la atención de la justicia madrileña. En 1569 Fue acusado de herir en duelo a Antonio de Segura, un maestre de obras, por lo que fue sentenciado a que se le cortara la mano derecha públicamente y a ser desterrado por diez años del reino español. Tres meses después, el autor de El Quijote se encontraba en Roma, ciudad que escogió para emprender su huida y en la que se puso al servicio del futuro cardenal Julio Acquaviva. Con este hecho se iniciaron los antecedentes de este hombre, que marcó un antes y un después en la historia de la literatura.

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Después de escapar de la sentencia con la que se pretendía anticipar uno de los apodos con los que se le recordaría por los siglos de los siglos, “El Manco de Lepanto”, permaneció en Italia por un período de cinco años, en los que la mayoría del tiempo se desempeñó como soldado. La batalla de Lepanto, enfrentamiento en el que los buques de la Santa Liga derrotaron a la armada turca, fue el escenario en el que no quedaron dudas de la tenacidad de Cervantes. La imagen del mar Mediterráneo con los otomanos derrotados quedó grabada en la mente del joven español, que más adelante narraría el hecho en la segunda parte de El Quijote como “la más alta ocasión que vieron los tiempos pasados y los presentes, y que esperan ver los venideros”. Tenía 24 años y se sentía orgulloso de su presente militar. Al inicio de la batalla de ese 7 de octubre, desde la galera Marquesa, Cervantes se enfrentó a un ejército de turcos, combate que duró cinco horas y acabó con su mano izquierda. Aquel calvario no solo se almacenaría en sus recuerdos, y a causa de la inutilidad del miembro, que nunca fue amputado, se le llamaría, ahora sí, con el apodo El Manco de Lepanto. “Allí me dieron tres arcabuzazos, dos en el pecho y uno en la mano izquierda, para gloria futura de la diestra”, dijo recordando el derramamiento de sangre. Ese combate fue crucial para su vida y obra. De las guerras no regresa el mismo humano que partió. Cervantes no fue la excepción

Según la edición de Antonio Rey Hazas y Florencio Sevilla Arroyo, en una selección de las Novelas ejemplares, después de su participación heroica en Lepanto, el escritor permaneció en el ejército hasta 1575. Ese año decidió que regresaría a España. Partió motivado, ya que creía que se le reconocerían sus proezas militares y llevó consigo recomendaciones del duque de Sessa, virrey de Nápoles, y de don Juan de Austria, general en jefe de los ejércitos españoles. Se cree que se llevó los elogios de las dos máximas autoridades hispanas para postularse al grado de capitán, pero su plan fue abruptamente alterado cuando a la altura de las costas catalanas fue apresado por galeras berberiscas. Las importantes cartas hicieron que su temporada en la prisión argelina se prolongara, ya que esas menciones hechas por tan importantes personalidades convirtieron al escritor en un preso de valor. Llamó la atención de los piratas y ahí se quedó. Ese día se inició el quinquenio más duro que viviría Cervantes. Cinco años en los que la cárcel de Argel lo enfrentó al espejo profundo del que intentó fugarse cuatro veces. Su reflejo íntimo lo llevó a cuestionarse cada vez más sobre el valor de la libertad y el transcurrir del tiempo tras las rejas, de las que, sin importar los fracasos, pretendió escapar sin descanso.

Las paradojas en la vida de Miguel de Cervantes no cesaron. Él, todo un estratega que quiso asegurar su destino con sus méritos y notables relaciones, solo logró reforzar su encarcelamiento. Su fianza era de 500 escudos de oro, y a pesar del infierno que vivió, se cree que la temporada en prisión le dio origen a la obra del escritor. Durmió con piratas, cautivos y musulmanes, a los que curiosamente observó y en los que seguramente, se inspiraron los personajes que comenzó a gestar desde su reclusión.

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El príncipe de las letras que no logró vivir de la literatura

Después de ser rescatado de la prisión argelina por fray Juan Gil y regresar a España, compuso piezas teatrales y escribió su primera novela, La Galatea, publicada en 1585, con la que no tuvo mucho éxito. Los libros no le alcanzaron para su sostenimiento, situación que lo condujo a recabar trigo y aceite para la Armada Invencible. También recaudó impuestos atrasados en Andalucía, actividad que solo logró que lo excomulgaran, insultaran y, de nuevo, lo encarcelaran. No fue reconocido, pero era consciente de su maestría narrativa, hecho que dejó muy claro en el prólogo al lector de las Novelas ejemplares: “Yo soy el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas todas son traducidas de lenguas extranjeras, y estas son mías propias, no hurtadas ni engendradas. Mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa”.

Al Manco de Lepanto no le hizo falta la fuerza de su mano izquierda para demostrar que de la prisión saldría su carne, pero, sobre todo, su ingenio. Mucho se ha investigado para dar con los detalles de su vida, sus relaciones, sus pensamientos, su comportamiento como preso u hombre libre, pero la más importante evidencia ha sido su obra. Se convenció del valor de atravesar las fronteras, le escribió a la aventura y al placer de romper con el deber ser de la novela en el Siglo de Oro, y aunque su vida ha sido un enigma, pudo establecerse que sus últimos años los dedicó a publicar su paso a la inmortalidad, oxigenando las prácticas narrativas, haciendo útil su paso por prisión y proclamando la libertad del cuerpo y las ideas.

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Fragmento de la novela "La Gitanilla".

Sé que las pasiones amorosas en los recién enamorados son como ímpetus indiscretos que hacen salir a la voluntad de sus quicios; la cual, atropellando inconvenientes, desatinadamente se arroja tras su deseo, y, pensando dar con la gloria de sus ojos, da con el infierno de sus pesadumbres. Si alcanza lo que se desea, mengua el deseo con la posesión de la cosa deseada, y quizá, abriéndose entonces los ojos del entendimiento, se ve ser bien que se aborrezca lo que antes se adoraba”.

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Laura Camila Arévalo Domínguez- @lauracamilaad

Cultura

Cervantes: el soldado de Lepanto y la novela moderna

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El arte de romper los barrotes

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