Charles Simic

Charles Simic: “No se puede borrar el pasado, es lo que nos da forma”

El poeta conversará sobre su obra el jueves 6 de septiembre, en la undécima edición del Festival Las Líneas de Su Mano, que se lleva cabo del 3 al 7 de septiembre, en Bogotá.

El escritor europeo es considerado uno de los poetas vivos más importantes de los últimos años. Recibió el Premio Pulitzer de Poesía por “El mundo no se acaba” en 1990. / AP

Nacido en Belgrado hacia el año 1938, Simic vivió de cerca las vicisitudes de la guerra. A los dieciséis años emigró a tierras norteamericanas y se asentó en Chicago. Más tarde se graduaría de la Universidad de Nueva York e iniciaría su recorrido como poeta. What the Grass Says (1967) fue su primer poemario y, a partir de su publicación, cincuenta obras más verían la luz. Dos de ellas lograron ser finalistas del Premio Pulitzer de Poesía, pero fue con The World Doesn’t End (1990) que el serbio-estadounidense obtendría el galardón al año siguiente. En 2007 fue nombrado poeta laureado de Estados Unidos, por la Biblioteca del Congreso. Ha publicado más de sesenta libros y obtenido numerosas distinciones, como la “beca al genio” de la Fundación MacArthur, el Griffin International Poetry Prize y el Wallace Stevens Award. Es, además, un importante traductor al inglés de poesía escrita en Serbia, Croacia, Eslovenia y Macedonia. Ha ejercido una importante influencia en gran parte de la poesía mexicana contemporánea. Actualmente es profesor emérito de literatura estadounidense y escritura creativa en la Universidad de New Hampshire.

Su poesía, inusual para lo que acostumbra leerse en la tradición literaria estadounidense, refleja una doble conciencia que es penetrante y lasciva. La cadencia y el abordaje que hace del lenguaje en sus poemas le permiten establecer con el lector una comunión que muy pocos escritores logran. De alguna manera, es como escuchar a Chet Baker en una tarde lluviosa de domingo. Las palabras bailan como deslizándose por entre las teclas del piano.

Cuando se lee la obra de Simic, uno descubre a un poeta muy directo. Las imágenes que describe persuaden al lector de asistir al encuentro inmediato con la realidad. Aquí se hallan los personajes, los lugares, los ambientes y las épocas, los gestos y los objetos de aquello que puede ser lo más cotidiano en la vida de un estadounidense. Fíjense bien, un serbio escribiendo sobre los Estados Unidos. Algo no encaja del todo y es el mismo Simic, hay que decirlo. Se encarga de develar una atmósfera que es oscura, supersticiosa. Al leerlo se percibe una finura en el manejo verbal similar a la que un reportero emplea para exponer las imágenes más impactantes que conectan con una historia que no destaca por lo que cuenta, sino por como está contada. Entonces, se pregunta uno, ¿qué es para él la poesía?

“Algo que es importante que mi perro sea capaz de entender. Desde luego, no una actividad elitista reservada para almas sensibles”, comenta el autor en una entrevista para el diario El País. “La poesía tiene que estar cerca de la gente (…). Más de una vez, al final de una lectura de mis versos se me ha acercado alguien que me ha dicho con cara de extrañeza: ‘Jamás leo poesía, pero lo que ha leído usted hoy me ha interesado’. En este país eso lo logró gente como Ginsberg, Ferlinghetti, Corso y compañía. Las personas llevaban libros de los beats en el bolsillo trasero del pantalón. Iban a los recitales, que eran casi conciertos; tan cerca estaba la poesía de la música. Recuerdo que los locales del Village donde tenían lugar esos encuentros en los años sesenta estaban atestados. En uno de los primeros recitales a los que asistí, un tipo se subió a una mesa de un salto y se puso a blasfemar. Parece una anécdota superficial, pero la poesía auténtica hace reaccionar a la gente”.

Lo que escribe parece traducido de otro idioma. Su lenguaje se funde en función de la acción poética, por eso le interesa tanto establecer, con la mayor objetividad posible, la localidad, los personajes y la acción. “La transparencia del lenguaje de Simic no es equivalente a la del narrador en prosa, porque no fluye en el tiempo. Su síntesis poética provee elementos de acción narrativa para pintar poderosas imágenes detenidas en el tiempo”, comenta Jorge Ávalos, estudioso de la obra del poeta serbio. “Nunca me siento satisfecho al traducir un poema de Simic. Acabo realizando una infinidad de ajustes mínimos: moviendo comas, reordenando las frases y limpiando la cadencia de una oración para evitar distracciones. Transparentar el lenguaje de esa manera se siente como una labor artesanal, como pintar un muñequito de madera, lijando aquí y allá, y pintando botoncitos para hacer la imagen más natural, para dar sentido y fuerza al efecto total”.

El poeta que uno va descubriendo con el pasar de las páginas es la representación de un hombre que ha sabido bien cómo adoptar los fantasmas de su pasado, no para temerles y exonerarse de ellos a través de los versos, sino para domarlos e intentar comprenderse a sí mismo. Se trata, ciertamente, de un serbio que ha decidido escribir su poesía en inglés, sin perder de vista aquello que lo liga con su tierra y teniendo en cuenta que lo que quiere comunicar debe ser concebido en esta lengua, ya que es la que lo ha acogido desde su temprana adolescencia. “Llevo 62 años aquí y he cumplido con todos los rituales que se esperan de alguien que ha llegado de fuera, de modo que no puedo sino decir que soy americano. Mis intereses primarios, política, estética y emocionalmente, guardan relación con este país, pero nací en Europa y todo lo que ocurre allí me afecta profundamente. No se puede borrar el pasado, es lo que nos da forma”, dice Simic.

La poesía surge en el interior de una lágrima, no de tristeza, sino de nostalgia. “Para mí, recordar la infancia es recordar bombardeos. Yo tenía dos años cuando bombardearon Belgrado por primera vez. Luego fue como un baile macabro en el que distintas potencias se turnaban para bombardearnos: los primeros fueron los nazis; los últimos, los aliados. No hay horror que supere al de la guerra; sin embargo, mis amiguitos y yo siempre encontrábamos el lado positivo, aprovechando que los adultos estaban pendientes de otras cosas, conseguíamos jugar y divertirnos. Es una contradicción muy parecida a la que anida en el alma de la poesía”.

Una contradicción es la que anida en el alma de la poesía, él lo ha sabido decir bien. Lo ha retratado, además, como un pintor sobre los óleos, en los versos que de su poética se van desprendiendo. La suya es una poesía que ha sabido muy bien cómo capturar los diminutos instantes de los momentos más comunes, la cotidianidad de los episodios vividos, la esencia del ser estadounidense. Uno lee los poemas originales, después la traducción al español de algunos de los más importantes, acude a la lectura de Mil novecientos treinta y ocho (Valparaíso Ediciones, 2014), y entiende que Charles Simic es uno de los poetas vivos más importantes de los últimos años. Eso no hay que dudarlo. Su legado habrá de perdurar, siempre y cuando se acuda al encuentro con sus versos, tal vez por unos años, tal vez por toda la eternidad.

 

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