Chavela: su vida en el teatro

Cantos de amor y dolor, rancheras y tequila: la vida de la “dama del poncho rojo” llega a las tablas del Teatro Cafam de Bellas Artes, del 19 al 29 de octubre, bajo la dirección de Juan Carlos Mazo y con la actuación de Majida Issa.

Chavela Vargas falleció en Cuernavaca en 2012, a los 93 años. / Cristian Escobar Mora - Cromos

Costa Rica, 1919. En San Joaquín de las Flores, provincia de Heredia, nació el 17 de abril María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano, una mujer que desde niña se sintió engañada por llegar a un mundo que nunca entendería su forma de pensar o sus más profundos deseos. Nunca quiso usar faldas, ni tampoco jugar a lo que solían hacerlo todas las niñas de su edad. Trabajó en el campo y en esos días en los que no aguantaba la presión, se perdía entre los prados de la hacienda en la que vivía, y se sentaba en las ramas de los árboles a escuchar el sonido del viento y los pájaros. Soñaba con cantar, con ser libre y dejar atrás esa infancia que solo iba acumulando recuerdos tristes.

De su madre, Herminia Lizano, siempre aseguró que era una mujer neurótica e hipocondríaca que no era cariñosa con ella. De su padre, Francisco Vargas, que era un hombre que todo el tiempo despilfarraba el dinero en sus amoríos y que un día la comenzó a llamar “rareza” por estar tras la hija de la cocinera. Vivió con ellos 14 años, hasta el momento en el que se divorciaron y la dejaron al cuidado de algún tío. Por ese tiempo padeció poliomielitis y, a pesar de todo, lo que más le dolió fueron la exclusión, el rechazo y el desamparo.

En 1936 decidió irse a México, el país de los mariachis, la ranchera y el tequila. Salió huyendo de su casa luego de que su padre la amenazara y le dijera que se avergonzaba de ella. Se dice que vendió una vaca y unas gallinas para comprar el tiquete de avión. Sí, a los 17 años se fue sola. Se animó a embarcarse en un vuelo por siete horas y llegar a la que sería su verdadera patria, el lugar donde nacería Chavela Vargas.

Estando en el D.F. vivió en la azotea de un edificio. Se bañaba en el baño de las criadas, vendía cositas y cantaba. Un día, una señora le prestó un carro y puso una agencia de criadas. Ella era la encargada de llevar a las muchachas a las casas y ganaba dos pesos por cada una.

En las noches iba de puerta en puerta por los bares pidiendo una oportunidad para cantar. Una de esas veces se soltó el pelo, se maquilló, se puso tacones y tropezó en el escenario. Regresó al camerino, se enfundó unos pantalones, se cortó el pelo y se puso un poncho. El público enmudeció.

Años más tarde, en esos tiempos en los que todos sabían de su condición sexual y nadie lo decía públicamente, conoció por medio de un amigo a Frida Kahlo y, por ella, el amor. Vivió durante un año en la misma casa de Kahlo y Diego Rivera. En esa época aún era una muchacha joven y con las ilusiones desbordadas. Del romance de las dos solo se sabe que juntas estuvieron fascinadas una por la otra y que las ansias de liberación de la cantante no permitieron que durara mucho. Ella era una mujer que “no era de aquí ni de allá, no tenía edad”.

La música fue su guía y su consuelo. En una de sus presentaciones, su voz hizo estremecer a la esposa de José Alfredo Jiménez, quien sería intermediaria para que se conocieran. Desde entonces fueron cómplices. El amor, el dolor y las ilusiones se hicieron canciones, el tequila fue el testigo de una amistad que traspasó el tiempo y la distancia. La muerte fue lo único capaz de separarlos.

Actuó en clubes y cabarés, nunca en grandes teatros. Fue aguerrida, desafiante y radical. En los 50 debutó en un escenario de Acapulco. Cantó en el matrimonio de Liz Taylor y Mike Todd y amaneció junto a la actriz Ava Gardner. Se codeó con las grandes figuras de Hollywood, dejó de ser la niña del campo y se convirtió en una estrella de la música ranchera.

Fue una mujer que vivió de forma desbordada todas sus pasiones. Amó y sufrió. Su adicción al alcohol la alejó de los escenarios a finales de los años sesenta y la condenó al olvido. Fue como si hubiera muerto. Siguió bebiendo durante muchos más años y se mantuvo de la caridad de sus amistades.

Encerrada entre cuatro paredes, acompañada por cientos de botellas vacías y colillas de cigarrillo, decidió parar. Ese fue su renacer. A los 70 años fue capaz de dejar sus adicciones y volver a su único sueño, ser cantante. Regresó a los escenarios y su voz invadió los teatros que pisaba. “Salí de los infiernos, pero lo hice cantando”.

Se fue para España y empezó una nueva etapa. Hizo parte de algunas producciones del cineasta Pedro Almodóvar y resurgió. Luego vinieron los problemas de salud (problemas crónicos en el corazón, pulmones y riñones), llegaron una silla de ruedas y las ganas de morirse.

En 2012 fue internada en un hospital. Su tiempo había terminado, quería una muerte natural, no aceptó que los médicos la intervinieran para alargarle la vida. Ya había vivido todo lo que tenía que ser. En su mente estaban el éxito de sus últimos veinte años y esa música que siempre la mantuvo viva.

“Chavela”, su vida en el teatro musical


Sus amores, sus dolores, sus demonios. Su vida. Eso es lo que el director de teatro Juan Carlos Mazo lleva a las tablas. Por más de un mes recorrió los pasos de Chavela Vargas en México y durante cuatro meses escribió la obra, así conoció a la mujer “más macha entre los machos”, a la que cantaba con una voz rota, a la que se sentía más mexicana que cualquiera y a la que estuvo enfrentando la soledad desde su infancia. Una obra en la que a través de 19 canciones se construyen los recuerdos de “la dama del poncho rojo”.

En la obraMelissa Cáceres interpreta a Chavela en su infancia y juventud, mientras que Majida Issa encarna su adultez y vejez. Con ellas estarán Natalia Bedoya, como Frida Kahlo, y Óskar Salazar, como José Alfredo Jiménez. 

Majida Issa hace de  Chavela Vargas en la obra. / Cortesía

 

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