Cuba, pura candela

Jesús tiene 16 años y Garry 15. A través de ellos La Habana se abre: su historia, su música, sus tristezas. Un recorrido por la isla, en compañía de dos pescadores.

Bodegón en el cual se puede hacer efectiva la famosa libreta alimentaria.Fotos de Dahian Cifuentes

La Habana. Caminar por La Habana es una experiencia sin par: si vas por El Malecón, la brisa y la frescura visual del mar -que rebota en el amurallado suelo- te invitan al indebido chapuzón. Es indebido porque está penalizado. Como tantas otras cosas surreales para Occidente. Si es la hora del crepúsculo es improbable que no sufras algún impulso estético. Por lo menos una buena introspección te ganas. No hay escapatoria. Si al portento le sumas la aparición de uno o varios músicos itinerantes, tu sensibilidad, sencillamente, se hace trizas. Estás derrotado.

Por Centro Habana -barrio que parece haber resistido un par de buenos bombardeos- es imposible no querer inmiscuirse en una conversación con algún ciudadano, un vendedor o alguien que simplemente mira el devenir de la calle, sentado en las escalinatas de su añosa casa. Habana Vieja es preciosa, con todo y sus basurales y sus enfermizos artificios consumistas. Así es la visualidad de la ciudad. En el día ardiente y clara. En la noche yerma y umbrosa. En todo momento te invita a cavilar y a sentir cosas que no son susceptibles ni de transacciones ni de avenencias cuantitativas. Es el tiempo, atrapado en su propia intemporalidad.

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Una tarde cualquiera, sobre El Malecón, me topo con dos pescadores. Atestiguo la agudeza de una conversación sobre el arte de la pesca. A uno de los dos le parece que la labor pesquera es una labor de escrupulosa paciencia. Al otro lo convence más pensar que es una cuestión de perseverancia. Lo cierto es que para los dos eso de pescar es un hobby y, además: ¿Si esto es una isla por qué no aprovechar que estamos rodeados de agua?, interpela uno de ellos.

Paradójicamente, la cantidad de pescado que se come en Cuba es mínima, en relación con otras carnes como pollo y cerdo. Todas las reses son propiedad del Estado y si alguien quiere tener una, debe registrarla, y si la mata para comerla o vender su carne simple y llanamente va preso. En algunos supermercados se consigue carne vacuna, generalmente importada de Brasil. El kilogramo cuesta entre 12 y 15 Cuc (1 Cuc es equivalente a un dólar), prácticamente la mitad del sueldo mensual de un empleado público.

 

Sólo en Cuba -no sé de otro lugar en el mundo- hay personas, o incluso familias enteras, que viven con US$30 al mes. Sin embargo, existe la famosa libreta alimentaria con la cual cada cubano(a) puede acceder -a muy bajo costo- a una exigua cantidad de comida al mes: azúcar, sal, arroz, fríjoles, huevos, aceite, café y -sólo para menores de 7 años- leche. Y si tienes la posibilidad de acceder a los alimentos por otras vías (entiéndase que otras vías es tener más dinero) te enfrentas al desabastecimiento. A menos que seas turista y tengas cómo solventarlo. Por ejemplo, en zonas populares conseguir implementos básicos de aseo como papel higiénico o toallas íntimas, incluso una bebida fría, puede representar, en muchas ocasiones, todo un periplo en el que la suerte cumpla un papel más que significativo.

La mejor definición, con respecto a la carestía alimentaria, me la dio una amiga habanera, días previos al viaje: “Aquí no hay comida, pero no te mueres de hambre, porque te garantizan lo básico, lo estrictamente necesario”. Por eso es natural que los cubanos tengan 2 y 3 trabajos. Bajo el sol. Bajo la lluvia. Bajo la luna. Bajo el viento. Hay que mantenerse en pie. Ya después habrá mucho tiempo para descansar -me dice un viejo, carnicero de día y vendedor de chicles a las afueras de un club nocturno-.

La delgadez generalizada de los cuerpos no tiene nada que ver con el hambre, sino con el trabajo prolongado y el esfuerzo físico obligados. No se trata de vivir, ni siquiera de sobrevivir, se trata es de volverse imperturbable, conformarse y aguantar. Sin rechistar, por supuesto.

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El diálogo de los impúberes pescadores sigue: novias, fiestas, escuela, música. La vida, en general, tal cual como se presenta cotidianamente a los adolescentes de cualquier parte del mundo. Disertan sobre la última temporada de Games of Thrones. Me pregunto, en silencio, cómo hicieron para verla, ya que en la isla no hay televisión ni por cable, ni satelital, ni digital, ni por internet, ni de ninguna manera que no sea estatal. De afuera sólo entra, obviamente, Telesur.

Atendiendo la lógica conversacional escucho por primera vez en mi vida el enunciado “Paquete semanal”. “El paquete” consiste en una actualización -regulada diariamente- de lo que ocurre en el mundo de afuera en materia de cine, televisión, videos, música, cultura y otras cosas, generalmente independientes, que no tienen cómo llegar a Cuba de otra manera. La actualización cuesta 1 Cuc y te la hacen de una manera informal, en comercios de películas o informática. Sólo tienes que llevar una memoria usb y listo, tienes tu “Paquete”. El gobierno, como es natural, tiene pleno conocimiento de esto. Al parecer, sus octogenarios dirigentes intuyen que es imposible contener el resbaladizo ímpetu de la globalización y, así -inéditamente en la historia del régimen- han decidido mirar hacia otros lados, claro, siempre y cuando no se incluyan materiales políticamente fácticos, contrarrevolucionarios o pornográficos.

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A lo largo y ancho de La Habana hay plazas y esquinas donde a su vez hay redes wifi. Estos espacios permanecen desbordados -las 24 horas del día- con personas sumergidas en la imprecisa realidad virtual de sus teléfonos, que son las que ofrecen la única publicidad que consume Cuba, fuera de la cotidiana y fiel difusión institucional. Para el foráneo es un descanso, realmente, no tener acceso a internet todo el tiempo, ni estar hostigado por millones de anuncios de ropa, autos, tecnología, comida, etc. El turista viene unos días, disfruta de este exotismo y se va. Los cubanos se quedan y, para poderse comunicar con sus familiares en el exterior (casi 2,5 millones de cubanos viven fuera de su país) o para navegar desenvueltamente por la red, deben pagar una tarjeta de 1,50 Cuc por una hora de regata cibernética. Muy pocos tienen internet en sus casas. Sale una fortuna. Y nadie tiene internet portátil.

Ahora bien, y a modo de contraste: una calurosa tarde tocaron la puerta del departamento que alquilé. Dos tipos menudos me pasan un recibo. Es el cobro del agua con dos meses de atraso. De mi billetera saco 4 pesos cubanos (una de las dos monedas de Cuba, la otra es el Cuc cuya unidad vale 25 pesos cubanos). Pago. Las cuentas son las siguientes: dos meses de agua, en un departamento de unos 35 metros cuadrados en un barrio habanero de clase media ascendente, valen ¡20 centavos de dólar! Unos 600 pesos colombianos. Por otro lado, está la guagua -así le llaman al transporte público-. Un trayecto sale 2 centavos de dólar, unos 60 pesos colombianos y, de ahí para adelante, se encuentran guaguas o autos de varios precios y más comodidad, hasta llegar a los taxis, que pueden llegar a ser más costosos que los de Miami.

Una cirugía cardiovascular o neurológica, algo que en cualquier otro lugar es onerosísimo para quien la necesita, al cubano no le vale nada. El estudio, en todos sus niveles, igual. El problema es que hay que comer, asearse, vestirse, divertirse, expresarse. Vivir, básicamente. Y ahí es cuando los habitantes de la isla empiezan a padecer.

Todo está, y estará, bien si recibes lo que te da el gobierno, pero no puedes elegir ni gestionar nada que él no te ofrezca no porque no haya, sino más bien porque el mismo Estado se ha encargado de hacértelo económica, social, cultural e incluso humanamente imposible. Inalcanzable. Y si lo intentas, afronta las consecuencias.

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Jesús tiene 16 años y Garry 15. Son los pescadores. Los escucho. Pienso en lo que dicen. Les hablo.

Me entero de que Garry es un aficionado de los deportes. Practica skate, béisbol, baloncesto y fútbol. Es un chico alegre, que gusta de la variedad. Escucha trap, pop, rock, hip hop. Jesús, en cambio, es un chico más reflexivo que se desvive exclusivamente por el rock. Su madre le inculcó, desde muy pequeño, la satisfacción por la música clásica. Dice que quiere ser escultor o bajista de una banda o animador web.

Ambos frecuentan, mínimo un sábado al mes, La Madriguera, un bar juvenil situado en el centro de la ciudad. Allí, sin que nadie los moleste, comparten sus inquietudes y gustos con varias generaciones mientras escuchan sus agrupaciones favoritas. Los dos odian profundamente el reggaetón: es machista. Repetitivo. En sus letras la mujer es un pedazo de carne, dice Garry. Por su parte, Jesús argumenta: es un género mediocre, sin trabajo de fondo. Es verdad que hoy en día hace falta el dinero para hacer muchas cosas, pero no todo en la vida es dinero y fama, como ellos lo proponen. En el reggaetón no hay nada trascendente ni artístico.

No han pescado nada. Llevan toda la tarde intentándolo. Se divierten haciéndolo resguardados por un arrebatado sol anaranjado. No dejan de moverse. Sus tornadizas pieles transpiran caudalosamente. De su amada Cuba adoran la gente. En sus rostros se dibuja una expresión de regocijo cuando aseguran que su país, si no es el más seguro del mundo, sí es uno de los más. ¿Qué es la violencia?, bromea Garry. Envalentonan su adolescente voz para resaltar que, si bien no han salido del país y dudan mucho que algún día tengan la posibilidad de hacerlo, la solidaridad y la alegría, en medio de tanta adversidad, son marca y sello de la idiosincrasia cubana.

Ellos siguen su tertulia. Ahora sólo soy un espectador. De ellos. De sus contornos. Y del atardecer. Mi axiomática extranjería los hace abordar trasfondos más que complejos.

Comentan que a Cuba hay que cambiarle muchas cosas. El silencio es una de ellas. Hay que enseñarle a la gente a que hable, a que se manifieste. A que no tenga miedo. Claro, también no ganarse problemas es ser inteligente, pero a veces es necesario ganárselos para poder cambiar algo, dictamina Garry. Jesús arrecia: nos regimos por un sistema antiguo, que no ha funcionado y no funcionará. Estamos aislados del mundo, queremos unirnos pero no hay forma, y no habrá mientras sigamos metidos en esta ideología primitiva que mantiene principios innecesarios que hacen que nuestros héroes hayan muerto en vano. Si cambiáramos para bien nos daríamos cuenta de que la muerte de todos esos hombres sí valió la pena.

Como dicen los cubanos: esto es candela:

-Yo soy un niño de 15 años y tengo muchos sueños, pero yo me frustro, porque sé que aquí adentro no los voy a poder cumplir. Si viviera en otro lado podría hacerlo, no por arte de magia, sino trabajando, porque los sueños hay que trabajarlos para realizarlos. Yo hago skate, y me gustaría que una marca me patrocinara, viajar y participar en un torneo, pero acá no puedo, empezando porque ni siquiera tengo en dónde conseguir un repuesto. El skate se lleva mucho zapato, mucha ropa y no puedo darme el lujo de estarme comprando todo eso. La comida primero, expresa Garry, mientras su nailon amaga haber agarrado algo.

Si tus sueños no te dan miedo, no son sueños. Pero aquí te dan más miedo. Te das cuenta de que tus sueños son mucho más imposibles que en el resto del mundo y eso es muy molesto. Si me decidiera por ser animador web no podría hacerlo, porque no hay un lugar para conseguir los implementos básicos. Aquí eso de que somos un país bloqueado ya es una excusa vieja. ¿Hasta cuándo? Pueden pasar otros 58 años (el tiempo que el castrismo lleva al mando) y yo creo que acá se va a seguir diciendo lo mismo para justificar todo. Los cubanos viven como piensan, pero no piensan como viven, amplía Jesús, serio, con un conocimiento de causa abrumador.

Permanezco en silencio. Los temas que tratan son muy, muy delicados. No arrojo anzuelos de ningún tipo. La inteligencia y la capacidad crítica de Jesús y Garry me superan. Absolutamente.

Un par de veces miro hacia atrás, como medida de seguridad. Y paranoia. Yo mismo, a los siete días de haber entrado a la isla, fui arrestado por entrevistar a la banda local de punk-rock Porno para Ricardo. Fueron 17 horas de arbitraria detención. Tuve que aguantar arduos interrogatorios y hasta intentaron incriminarme cargos por tráfico de estupefacientes gracias a un tarrito -con supuesta marihuana- que ellos mismos pusieron en mi mochila. Todo un teatro por parte de la seguridad del Estado para justificar su nerviosismo por la reunión que tuve. Después de la parafernalia inicial soporté un mes de innecesario acoso policial y una intimidación psicológica incontable. Querían que me fuera, pero no tenían razones para deportarme. De hecho, me expulsaron so pena de ir preso a un “internado para extranjeros” en el cual me tocaba pagar mi estadía tras las rejas “hasta que resolviera mi salida del país”. Finalmente, nada de lo que ellos querían se dio y tuvieron que conformarse con citarme día de por medio a una estación de inmigración para “controlarme”. Todo por hablar con una lúcida agrupación opositora y por eso perseguida, vigilada y criminalizada. Ni siquiera tocan, porque no los dejan. Por esta razón, mientras escucho a Garry y a Jesús, volteo mi cabeza y miro, no una, ni dos, sino varias veces, no vaya y sea que estén hablando muy duro. Si alguien escuchara la coherencia discursiva que manejan, sus lozanas vidas podrían complicarse y, de paso, las de sus padres también, por admitir la malévola desviación ideológica.

En toda Cuba hace presencia el CDR (Comité de Defensa de la Revolución). Son “simples” vecinos, captados cuidadosamente por el gobierno en todas las cuadras de los miles de caseríos, pueblos y ciudades que conforman el país. Los agentes -civiles- del CDR están encargados de detallar al gobierno todos los movimientos, normales o clandestinos, de sus vecinos de cuadra. Son una suerte de chivatos y supervisores al servicio de una regencia anacrónica y autoritaria. Todos los cubanos forman parte del inventario nacional, son cuerpos vigilados y mentes desmayadas y, como tal, no se pertenecen a sí mismos. El deber más grande que tiene la sociedad cubana es el de callar: no protestar, no contrariar, hacer la vista gorda y dejar pasar.

Acá ningún turista ve el país realmente. Y eso me parece que no debe ser así. Que te encierren en un tour y te muestren lo más bonito, los restaurantes y todos esos lugares a los que nosotros, por ser cubanos, no podemos entrar. Es absurdo, ¿acaso este no es nuestro país?, señala Jesús guardando sus arcaicos accesorios de pesca.

Si yo voy a otro país quiero enterarme de lo que pasa realmente. Pero el turismo es bobo. Viene y se lleva las imágenes del país que no son verdaderas. Igual vienen a pasarla bien, no a pensar en los problemas que hay acá, puntea Garry.

***

Jesús y Garry se cansan de verme ahí. Al lado de ellos. Inactivo. Medio abrumado. Como una sosa entidad que, lejos de adornar el paisaje, lo entorpece. Los miro, hablamos de béisbol. Comentan la historia detallada de Los Industriales (el equipo de La Habana): los ídolos, los logros obtenidos, los que se fueron a las grandes ligas, como ilegales -balseros- y triunfaron.

Ellos se despiden. Me preguntan si me gusta Shakira. No, respondo. ¿Por qué si es tan linda? Sonríen al unísono. Se van.

Estos chicos me hacen recordar con arrebato y convencimiento la meticulosa frasecita que dijo -no recuerdo a quién ni en dónde- el multifuncional pensador esloveno Slavoj Zizek a propósito de la muerte de Fidel Castro: Cuba está pagando el precio de estar atrapada en el sueño de otro.

Observo, absolutamente superado por la perfección del panorama que procura el malecón, las mancebas siluetas de Jesús y Garry. Se disipan ya no en un anaranjado, sino en un delicado cielo violáceo que suavemente baja su telón: se están dirigiendo -pienso- con el inflexible estoicismo y tesón -propios y únicos de pescadores- en la dirección en la que están situados sus sueños. Aquel abstracto lugar donde se encuentran estacionadas las fibras que los llevarán a edificar sus idealizadas vidas.

Son firmes, y por más miedo que den sus respectivas expectativas, seguro que las van a alcanzar. Tengan que romper con lo que tengan que romper.

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