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hace 22 mins
El oficio de la pintura

David Manzur en el Mambo

Siguiendo la poética balzaquiana que desde hace tantos años lo ha inspirado, y cuyo lema reza que “el arte que no asombra no es arte”, el artista nos obsequia una exposición que llena de asombro y emoción.

David Manzur en su estudio, una postal del arte y la creación en Colombia.Cortesía

Hasta el 23 de febrero de 2020 estará, con la representación artística de Felipe Grimberg, la muestra que alberga más de 60 piezas de colecciones privadas y públicas de uno de los más sutiles cultores de la pintura en la historia del arte del país: David Manzur.

El 14 de diciembre cumplió 90 años, y esta exposición recoge el trabajo serio, paciente y riguroso de toda una vida dedicada a la plástica. Distribuida en toda la segunda planta del Museo de Arte Moderno de Bogotá (Mambo), la muestra es la más completa que del artista se haya realizado en Colombia y quizá la más completa de cuantas ha realizado a lo largo de su fértil y admirable carrera artística.

Una pared inmensa, de fondo rojo, ofrece al atónito espectador una selección de obras de todos los momentos creativos del artista: desde su arte figurativo más temprano hasta las obras de madurez creativa que recogen toda la maestría de su pincel, toda la sutileza de su paleta y toda la plenitud de su universo pictórico, pasando por sus artefactos geométricos que marcaron la mitad del camino de su indagación plástica y que le dieron renovado impulso para volver a la figuración.

Se cuentan en esa pared icónicos sanjorges, dislocadas monalisas, peces moribundos en estancias agobiantes y cuadros de fina perfección geométrica que sirven de invitación al recorrido de la muestra. En la pared opuesta tres obras de gran formato que pertenecen a su Obra negra–serie en la que trabaja el maestro Manzur junto con Felipe Achury desde el año 2012 y que él considera culmen y culminación de su indagación plástica– danzan en respetuoso contrapunteo con una obra magistral, de inquietante claroscuro, de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, nuestro mayor exponente de la pintura durante el período de la Colonia. Una mosca en el museo de OrsayLa mujer que detuvo el tiempo y La reina y la mosca son los retratos de estas mujeres en los que tal vez se observa la fragmentación del lienzo a lo Manolo Valdez y en los que se aprecia una desfiguración de la imagen, característica de esta serie, que vela las figuras con un manto como de reminiscencia y de ensueño, terminados, claro, con el sentido de la armonía y de la belleza que sabe imprimirle David Manzur a cada una de sus creaciones. Tres retratos de damas que, como venidas de otro tiempo, vinieron a exornar ese rincón del Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Tras dos videos que, años atrás, realizara Manzur con un colectivo de artistas sobre la obra de Zurbarán y la manera íntima en que él la vivía y la recordaba, una dama elegante viste de verde el cuadro cabalgando un caballo calmo; un cardenal flaco y otra dama que señala la lontananza sobre sendos caballos completan la pared; toros formidables de tamaño natural y color realista rodean, según la esmerada propuesta curatorial de Eugenio Viola, trabajos en lápiz de rigor milimétrico y encomiable sobre uno de sus temas recurrentes: la figura de Teresa de Ávila.

Más allá, en el siguiente paso, moscas sobre máscaras teatrales, pasteles de pulcritud irreprochable y bocetos para sus sansebastianes llenan otra ala del museo y de la muestra. Bocetos porque fueron preparación para la obra, pero obras terminadas porque cada uno de ellos muestra la precisión y el empeño del más mínimo trazo. Recuerdan esos trabajos en lápiz los bocetos tan acabados del arte renacentista; recuerdan los carboncillos precisos de un Durero, las sanguinas pacientes de un Pontormo o de un Parmigianino; evocan también las finas y cuidadas composiciones en lápiz de un Balthus y el esmerado equilibrio de un Aristide Maillol. Fueron todos ellos escalón y anuncio de los sansebastianes de gran formato que pintara David Manzur a lo largo de dos décadas y que constituyen dos de las cimas de la pintura en Colombia. Fueron quizá –estos óleos formidables e inmensos– los grandes ausentes de esta muestra imprescindible y memorable.

Y, en medio del camino, orlado por una atmósfera tenue, el espectador se topa con un políptico colosal y espléndido. En homenaje a las víctimas de Bojayá –una de las más terribles escenas de la guerra horrible que ha padecido el país por tantos años– se aprecia una pieza monumental que pertenece también a su Obra negra y en la que predominan los colores sombríos, que son los del infame combate, tonos como de humo de balas, como del ocaso de la esperanza.

En el centro del políptico se evoca el Cristo mutilado que dejó el atentado a la iglesia de Bojayá. Tras los ataques que acabaron con la vida de tantos que habían ido a buscar resguardo en la iglesia del pueblo, tan solo pervivió –mutilada, descompuesta, ultrajada– la talla de madera de un Cristo que coronaba el altar; talla que inmortalizó, con todo su dolor y con toda su crudeza, quien fuera testigo visual de lo que dejó este crimen sin nombre para que, como confesó con voz lastimera el propia artista aquel 11 de diciembre en el que se hizo la inauguración de la exposición, Bojayá no volviera a repetirse. Del políptico emana soledad; la soledad de esos seres inermes que resistían el crudo embate de unos guerreros despiadados que escamoteaban todos los protocolos de la guerra y que silenciaban normas elementales y ancestrales de la humanidad. Pintada con el pincel de la empatía, se adivina en esta obra toda la crudeza de la guerra y toda la postración que deja la contienda; se ven los ocres lánguidos de la desesperanza, las ruinas solitarias, desoladas del después de la batalla. Y nada más, porque lo demás es silencio…

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Juan David Zuloaga

Cultura

David Manzur en el Mambo

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