Pensando la identidad (IV)

De qué hablamos cuando hablamos de identidad

La marginalidad y mendicidad cultural debe dejar de ser el punto de partida de reconocimiento identitario en Colombia.

Ilustración Jonathan Camilo Bejarano

Entre mucho pensar sobre el asunto de las llamadas identidades, en un momento en que el furor de la decisión y la acción popular han ampliado los límites de lo posible, la identidad, como aquel desarrollo psicológico de las personas, pero también como el proceso en sociedad marcado por las valoraciones y las creencias de lugar, no parece coincidir con la desigualdad política que habitamos.

De ahí que desde finales del siglo pasado diversos movimientos sociales, pero también importantes perspectivas teóricas, hayan sustituido la idea de una identidad unívoca por la producción y aceptación de múltiples identidades, entre las que se pueden destacar la de género, la nacional y la cultural. (Lea también: El proyecto filosófico Latinoamericano)

A propósito de esta última, la identidad cultural, filósofos latinoamericanistas de los años 80 mostraron la importancia de pensar la identidad latinoamericana, esta vez entendida como la búsqueda de autenticidad. Esto quiere decir que la identidad originaria sólo podría emerger de lo más tradicional —lo indígena, lo campesino—, ocupándonos de cada una de las realidades particulares o locales de cada embrionaria república.

Sin embargo, la emergencia de este puritanismo terminaría enclaustrada en una imagen del indígena comercializado y del campesino intelectual: una mezcla entre ruana, mercancía y academicismo, nada más desviado del proyecto original. 

Habría que rescatar la pregunta seminal de una línea de cuatro generaciones de pensadores latinoamericanistas: ¿qué somos nosotros? ¿Qué nos constituye? Pero ya no solamente como un relato de origen, sino como una confrontación con la marginalidad y la opresión en que han sido encauzadas algunas poblaciones latinoamericanas, y colombianas, bajo una ideología y economía hegemónicas y excluyentes.

Frente a este interrogante, ¿habría alternativas? Para algunos, la pregunta por la identidad tiene que ver con esa especie de sensación de “vacío” de la que habló el pensador venezolano Mayz Vallenilla por sentirse como un ser indefinido en la historia universal, pues es desde el estado de invisibilización de donde surge el tipo de preguntas que hablan cuando se empieza a ser. (Le puede interesar:Caminantes en busca del alma rusa)

Estas preguntas, que resultan extrañas en momentos en que nos preciamos de un supuesto cosmopolitismo, de ser ciudadanos del mundo, ¿no estarían indicando hoy un abandono y borramiento de las condiciones de vida en Latinoamérica, marcadas por la inequidad y pletóricas de barreras a un vivir digno, a un buen vivir?

En ese sentido, no está de más recordar la realidad en Colombia del desplazamiento forzado de muchos indígenas, por ejemplo, el caso de los embera katíos, quienes se encuentran en condiciones de miseria y absoluta exclusión, efecto, como es bien sabido, del conflicto armado interno, de la construcción de la hidroeléctrica Urrá, ubicada en el departamento de Córdoba, del narcotráfico y de la explotación de recursos naturales minerales en su territorio, sin contar con que este grupo en particular tiene la tasa más alta de suicidios en el mundo, sobreviviendo en las calles o en orfelinatos en el sur de la capital colombiana en condiciones de segregación.

Es por eso que ese “¿qué somos?” es una pregunta por el sentido de la vida, o los sentidos de vidas, aun en medio de las dificultades. La idea de que nuestra identidad es aquello que estamos construyendo en nosotros mismos, o que compartimos con los nuestros, está más cerca de la vana ilusión y creencia de que la identidad tiene que ver con tener el control de nuestras vidas.

Pero lo identitario no sólo surge del vacío como condición política y existencial. Su contracara se encuentra en la vida e historia de los signos que relatan el sentido del presente. Tal es el papel de los llamados “productos culturales” que, entre otras cosas, nos hablan a su manera de la fortaleza del pueblo colombiano en medio de la crueldad y el olvido, de la metralla, el despojo, el desplazamiento y la exclusión.

Lo cierto es que las producciones humanas son resultado de fenómenos culturales que circulan en el tiempo y responden a un suelo específico. En ellas se inscriben las condiciones de vida de los seres humanos, su dependencia geográfica, su acerbo político y repertorio cultural. Los sentidos de vida quedan consignados en el remanente de símbolos y signos que hacen la biografía de lo humano, de cada ser humano.

Rodolfo Kusch, pensador argentino que realizó su trabajo filosófico desde Latinoamérica como un trabajo antropológico y etnográfico desde el cual pudiera entender los fenómenos culturales desde la experiencia e interpretación de los mismos signos y símbolos, plantea la paradoja que compone al asunto: ¿qué lectura tenemos de lo que somos o de lo que estamos siendo? ¿De dónde provienen los signos culturales que estamos consumiendo? ¿Podemos con ellos confrontar el vaciamiento y la desigualdad que circunda en nuestra sociedad?

Kusch entiende que, si la cultura es una estrategia humana para poder vivir, entonces la cultura es política, pero una política que tiene que ver, como él mismo lo llama, con despertar un ethos.

Allí está el meollo del asunto por la identidad. No se trataría meramente de cubrir los problemas de Latinoamérica, y en específico de Colombia, con un arsenal de eventos y gestiones culturales; habría, por el contrario, que permitir que la cultura fomente la autocrítica necesaria para resistir a la enajenación ideológica y la mendicidad cultural.

* Profesora del programa de filosofía de la Universidad Externado de Colombia.

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