El olvido y el silencio

De todas las muertes, la muerte

Crónica sobre las vivencias de Gabriel García Márquez en Sucre (Sucre), un pueblo que sobrevivió al olvido gracias a su oralidad y a la pluma de Gabito, como lo llamaban.

Una postal del pueblo de Sucre, con la magia del realismo mágico. / Marco Cortés

Estando en el municipio de Sucre (Sucre), entre los 13 y los 21 años, Gabito era conocido entre sus amigos por ser parrandero y buscar el disfrute de la compañía de las mujeres. Y aunque visitaba el burdel del pueblo, también gustaba de inspeccionar los toldos ajenos, o no tan ajenos, mancillaba los catres de nupcias de los mismos con los que se encontraba para parrandear.

En algún momento, Gabito fue hallado en la litera del sargento del pueblo. Este, al encontrarlo disfrutando de las carnes de su señora, desenfundó su arma. Las súplicas de su adúltera mujer sólo sirvieron para componer un juego macabro alrededor de la sala de su casa.

Sentados allí, el comandante dispuso dos sillas frente a frente, una mesa y una botella de ron en medio, no para beber, para celebrar la muerte. Un trago para Gabito, otro para el ofendido. Este último toma el arma y se apunta, con la mala suerte de que aún sigue con vida. Gabito hace lo propio, sin entender exactamente este siniestro encuentro. Dispara, tampoco tiene suerte. Por un momento piensa que está lloviendo adentro, o acaso la euforia del encuentro con el sargento o con su mujer lo tienen sudando a borbotones. El miedo lo ha hecho mearse en los pantalones.

El tambor estaba vacío. El sargento lo quiso así al reconocer en el vivaracho joven al hijo del médico del pueblo, quien lo había curado de una gonorrea. No sólo su majestad la gonorrea dilató la muerte de Gabito casi unos 70 años, sino la empatía de un putero que ahora sentía en carne propia la furia del pendejo.

El municipio de Sucre, homónimo de su departamento, es el escenario donde se dice transcurrió esta historia. Sucre tiene vestigios de haber sido un pueblo lleno de vida cultural y económica, aunque hoy se sume a la lista de los pueblos extraviados y olvidados de la Colombia profunda.

Dos teatros antiguos son prueba de este auge cultural fortalecido por una economía ribereña pujante. Por allá en la década de los 40 del siglo pasado, cuando las tierras de los valles del Magdalena eran el símbolo tardío de una sociedad colombiana dispuesta a la apertura y los cambios que la posguerra había traído en otras latitudes del orbe, aquí se fraguaba un conflicto que nos duraría más de medio siglo.

Gabriel García Márquez, Gabito, como todos llamaban al puberto Gabo en Sucre (Sucre), pasó parte de su adolescencia en esta región sumergida de la cual parecen emerger en cualquier conversación historias mágicas, no por su irrealidad, sino por su extrema materialidad.

Mientras recorro el cementerio del pueblo me cuentan sobre la holgada presencia gitana que nutrió de fantasía la cotidianidad de los sucreños. Unas estructuras piramidales sobre algunas tumbas son prueba de esta existencia profana.

El cementerio, ese lugar que está hecho más para los vivos que para los muertos, parece ser el lugar que conmemora el fin de la vida: la muerte. Pero los sucreños creen en tres muertes: la muerte física, la muerte por ahogamiento y la muerte por olvido.

La segunda muerte ocurre por la frecuencia con la que este pueblo de la Mojana sucreña, cercado por vertientes del Magdalena, el Cauca e innumerables ojos de agua, se inunda y convierte las pequeñas calles en un mar de aguas morenas.

El cementerio queda en la parte del pueblo donde menos se ha ido subiendo el terreno, proceso que durante las últimas dos décadas han tenido que hacer con más frecuencia sus pobladores dadas las cada vez más intensas precipitaciones, lo que hace de este lugar una de las parcelas más inundables del casco urbano.

Sin embargo, ni la muerte natural ni la segunda muerte por ahogamiento es a la que más temen sus pobladores. Es a la muerte por olvido, que es un homicidio, un genocidio, una vileza creada por los hombres, la que inquieta a los sucreños, a la que todos le huimos.

Gabriel García Márquez, Gabo, Gabito, huyó de este aniquilamiento. Pero también su obra la habitan inmortales ancestros que moran en las palabras, las costumbres, la arquitectura carcomida por el paso del tiempo, el cielo y los pescadores de la Mojana. Aunque Gabo capturó en sus personajes muchas historias que oyó y vivenció en los distintos pueblos, ciudades y regiones por donde estudió y pasó, antes que en la literatura, es la oralidad, esa otra orilla del río de la cultura, invisibilizada por el imperio de la escritura, la ribera primigenia de la ilustración humana.

La oralidad le permitió a Gabito conocer la dimensión fantástica de la realidad sucreña. En el mismo cementerio hay un par de tumbas calcinadas y gastadas por el hollín. Me cuentan de una lluvia de meteoritos que ha quemado varias tumbas en varias ocasiones, y que los sucreños han decidido no arreglar para dejar evidencia de este extraño y esotérico evento astronómico.

Esto llegó a oídos de Gabito, quien también escuchó de una mujer que fue vendida a sus catorce años por su padre imposibilitado para pagar una deuda; la niña fue abusada y luego abandonada. Sería la primer prostituta del pueblo, la matrona de las putas. Posiblemente una de las meretrices que llenan de vida a Rosa Cabarcas en Memoria de mis putas tristes.

Orfelina Segunda Gutiérrez Castro es el nombre real de la primera prostituta de Sucre (Sucre). Su tumba aún permanece en un rincón del cementerio. Su sempiterna presencia también podría rastrearse en el personaje de La cándida eréndira y su abuela desalmada o en la piel de Pilar Ternera en Cien años de soledad.

La virtud oculta de la escritura, de la literatura, es su capacidad de hacer con “fluir” en un solo personaje, lugares e historias muchos otros sujetos, espacios y vivencias que fluyen por el torrente de la oralitura de los pueblos, de las familias, de cada individuo. Esa confluencia es el origen de la fantasía y de la ficción, pero también de la realidad.

La oralidad. La palabra es el prometeico fuego al que los pueblos se aferran, es ella la que los (nos) ha salvado del olvido, es la oralidad la que los (nos) convoca a la guerra o a la armonía. Es la palabra del otro la que intentan liquidar y callar los invasores.

En la palabra nos disputamos siempre nuestra existencia, nuestra voz es la voz de nuestras experiencias y de quienes por ellas han pasado. Somos un nosotros-otros. Seres que fluyen de manera irremediable con el tiempo, que no es otra cosa que el relato de nuestras experiencias, nuestras ficciones, nuestra realidad.

Sucre (Sucre) es la prueba de cómo la palabra, la oralidad, la escritura los (nos) ha defendido del amenazante olvido al que los (nos) quiere conminar un poder político que dice defender los intereses de todos, de ellos, de nadie. Nuestra voz es la de ninguno, nos pertenece pero también nos enajena. La palabra es un río con dos orillas, la escritura y la tradición oral. La palabra es un afluente de mil colores siempre amenazado por el abrasador paso del silencio.

@dementeurbanita

Temas relacionados
últimas noticias