Del aislamiento como poesía

Si pensáramos nuestra vida en este momento como un género literario, este sería el de la poesía: “La poesía/ es un cuchillo caliente/que abre una herida/ mientras la cierra”, dice Diana Sánchez en Cuando el árbol se apague (Buenos Aires Poetry). Al aislarnos nos entregamos al desasosiego, pero, al final, se trata de salvarnos.

En estos días nos inventamos nuevas formas de pasar el tiempo: en medio del insomnio (“tener los ojos abiertos por dentro/ aunque estén cerrados”), mirando por la ventana (“Hoy se mece una camisa sobre un cuerpo invisible”), perdiéndonos (“seguir el rastro de las migas de pan/ en el bosque de los sueños circulares”). Estas son algunas de las anotaciones de Violeta Villalba en Fragmentaria (La Jaula Publicaciones)Cortesía

No hay una gran trama en la rutina del encierro, ni tantos personajes, ni diálogos en un café. Hay, en cambio, una repetición que empieza a tener sentido. Las repeticiones son anclas para volver a estar presentes y volver al silencio: “El silencio/ es una palabra/ que crece hacia adentro”. En este poemario las palabras son casas y, por lo tanto, pueden derrumbarse, volver a ser de piedra: “Hay un hombre./ Colecciona piedras/, es su inventario personal de montañas”. En la poesía de lo cotidiano abundan las imágenes suspendidas que podrían confundirse con un sueño, está la belleza y está el dolor: “¿Cómo hago para no ser invisible?/ Decía el viento, que podía mover el mar”.

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Ahora las personas se alejan más del mundo, como cuando llueve, “los amantes se abrazan/ y les parece que todo el universo escampa. / Los que están solos miran por la ventana/ hasta que retornan los tigres, los caballos, los abedules”, escribe Tania Ganitsky en su poemario Cráter (La Jaula Publicaciones) en diálogo con los oníricos grabados de José Sarmiento. Lo que me maravilla de estas líneas es que no fueron escritas pensando en una pandemia, sino en la lluvia o en el espacio y, sin embargo, siento que nos hablan del aquí y ahora, de nosotros, los amantes o los solitarios, de esos animales silvestres que han sido vistos en la soledad de las calles, de quienes ahora solo vemos en el sueño: “Me gusta que estés en el desierto porque no te recuerdo/ ni te invoco/ solo te imagino (…) has empezado a respirar como los peces: escuchando todo”.

En estos días nos inventamos nuevas formas de pasar el tiempo: en medio del insomnio (“tener los ojos abiertos por dentro/ aunque estén cerrados”), mirando por la ventana (“Hoy se mece una camisa sobre un cuerpo invisible”), perdiéndonos (“seguir el rastro de las migas de pan/ en el bosque de los sueños circulares”). Estas son algunas de las anotaciones de Violeta Villalba en Fragmentaria (La Jaula Publicaciones), un libro acompañado por la poesía propia de las ilustraciones de Juliana Arboleda.

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Finalmente, en el aislamiento poético, perderemos el hilo porque ya no hay lugar para los planes, y empezaremos a fragmentarnos en cortos versos que guardan nuestros gestos: “Si alguna vez logro juntarme/ ¿quién seré?”. Esta pregunta de Villalba me hace pensar en lo poco que decimos ya “cuando todo esto pase”, porque desde ya el mundo es distinto, nosotros también, y somos quienes, dispersos, se buscan en el caos.

 

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2020-05-21T17:40:35-05:00

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Juliana Muñoz

Cultura

Del aislamiento como poesía

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