Mirando desde un noveno piso

Del crecimiento de las ciudades

Bastan solo veinte minutos, o media hora, para saber que Montería ha cambiado mucho en poco tiempo. No es nada nuevo lo que estoy diciendo, todos lo saben. Un relato sobre los cambios de las ciudades, de los hogares.

Una imagen del río Sinú, en Montería. / Guia de Montería

Salí del avión y después de recibir la usual cachetada de calor de bienvenida vi, a mi derecha, el aeropuerto Los Garzones reconstruido. Antes, mi lugar favorito era una especie de palco en un segundo piso desde el cual podía uno despedirse de los aviones ondeando la mano, pero eso había dejado de existir hacía años. Ahora el lugar intentaba asemejarse cada vez más a un aeropuerto internacional, a suplir como debía su demanda. Nos subimos al carro y nos adentramos en la ciudad por la circunvalar, ahora rodeada de construcciones de todo tipo.

Bastan esos veinte minutos, o media hora, para saber que Montería ha cambiado mucho en poco tiempo. No es nada nuevo lo que estoy diciendo, todos lo saben. Todos han visto, si entran por el norte, por la vía a Cereté y a la costa norte, el edificio inmenso del ‘Buena Vista’, centro comercial homólogo al de Barranquilla; y si se entra por el sur, por la vía a Planeta Rica y al interior del país, junto a la glorieta con el ‘Monumento a la ganadería’, el ‘Nuestro’, otro centro comercial porque, como todos sabemos, ese es el estandarte del Progreso y el Desarrollo. Es imposible que se escapen a la vista estos lugares insignia de las grandes ciudades colombianas, es difícil ignorar esos llamativos bloques gigantes de cemento con letreros enormes y luces de neón que prometen promociones, descuentos y diversión, y que hacen sentir a los habitantes como verdaderos citadinos modernos.

Aun en tan evidente y precipitado crecimiento, no fue hasta que subí al noveno piso de un edificio cuando realmente asimilé la diferencia abismal entre la Montería de hace unos años y la “ciudad de moda” de estos días. Subirme a un ascensor y apretar el número 9 era ya insólito, al menos allí, en esa ciudad que había sido siempre llana; una agrupación de edificaciones bajas, de casas con sus respectivos patios traseros, una pequeña ciudad que procuraba no irrumpir en la vista larga y verde que permite la sabana cordobesa. Ahora estaba yo ahí, en un noveno piso con ese paisaje de ciudad novata, de edificios de diferentes tamaños, muchos de ellos aun en proceso de construcción. Pero la pequeña isla de edificios seguía rodeada de una llanura que, a esa hora de la tarde, entre seis y siete, era de una oscuridad virgen. Y entonces a esa hora, cuando lo que quedaba de ese sol furioso de mediodía eran destellos anaranjados y efímeros que no alcanzaban a iluminar ese campo extenso y apacible, me asaltó la idea de que muy pronto, en un par de años quizá, ese campo que pareciera quedarse en silencio a esa hora de manera deliberada, y que se dejaba apenas iluminar por las noches de luna llena, estaría atestado de edificios y lo que brillaría, contrario a la luz solar o lunar, serían hileras verticales de ventanas con luces artificiales. En el noveno piso de ese edificio se podía sentir el ambiente ubicuo de las ciudades, que crecen en el hábitat que sea, contra temperaturas y condiciones ambientales extremas, como las bacterias, o como Dios. Podía yo oler desde esa altura el afán de esparcimiento hambriento por la grama y los potreros. Se podía escuchar el dinero y el cemento proliferando a cada segundo. ‘Tal vez la mirada larga toque hacerla desde novenos pisos de ahora en adelante’, pensé. ‘Tal vez esa docilidad del campo estaba hace tiempo condenada a subyugarse a las selvas de cemento’, pensé desde el piso nueve.

No es nada nuevo lo que estoy diciendo, todos lo saben, pero cuando se ha vivido toda la vida en un pueblo y luego se pasa a vivir en Bogotá, la oposición obvia entre esos lugares empieza a partirle a uno la vida en dos: el lugar de trabajo o estudio y el lugar de vacaciones, el bullicio y la tranquilidad, los edificios y las casas, el cemento y el campo, el gris y el verde, el frío y el calor, el frente de batalla y el refugio. Y para mí, han bastado las últimas veces que me bajo del avión y veo construcciones de todo tipo para darme cuenta de que se me está moviendo un poco esa balanza, y que, aunque no hubiera sido difícil de prever, es raro asistir al crecimiento de las ciudades, más aun de la ciudad natal, al menos de una manera tan acelerada. Yo, que voy a Montería cada seis meses o un año, me siento como una tía vieja que ve a su sobrina después de un tiempo y la repara y la repara, y le dice, ‘cómo estás de repuesta y bonita’, o acaso ‘ay mami, pero si estás acabadita, ¿tú sí estás comiendo bien?’, y le mira los ojos y se fija en los nuevos gestos y en las palabras que ha ido sumando a su vocabulario, en los aretes que se ha perforado en lugares donde no sabía que alguien pudiera ponerse aretes, en qué tanto abraza al papá y a la mamá, en si tiene un noviecito nuevo, en cuánto le falta para graduarse y en el color con que se tinturó el pelo. Como una tía vieja, de esas que viven de la nostalgia, así me sentí en el noveno piso de aquel edificio, mientras a Montería se le moría el sol y se le despertaban las columnas de cemento luminosas e imponentes.

 

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