Entre camas y comas

Diego Rivera y Frida Kahlo: juntos son eternos

La historia de amor entre el muralista mexicano Diego Rivera y la pintora Frida Kahlo ha sido una de las más famosas y controversiales del siglo XX. Esta fue una relación en la que el arte se alimentó de la infidelidad, el dolor y la pasión.

/ Ilustración: Tania Bernal

 

En 1907, Diego Rivera viajó a España para estudiar la obra de maestros como El Greco, Goya y Brueghel. Por entonces tenía 21 años y se dedicaba a su formación artística. Ese mismo año, en Coyoacán, México, nació Frida Kahlo, la mujer a la que años más tarde Rivera llamaría “Niña de mis ojos, Fridita de mi vida”. (Leer: Anaïs Nin Henry Miller: éramos tres en la cama)

Durante 15 años, Rivera alternó su residencia entre México, España, Argentina, Bolivia, Ecuador y Francia. En ese tiempo conoció a todos los artistas, escritores y pensadores europeos que participaban en movimientos de vanguardia como el cubismo. De ellos se recuerda su cercanía con Alfonso Reyes Ochoa, Pablo Picasso y Ramón María del Valle-Inclán. Como si fuera poco, influido por las pinturas de Paul Cézanne, se introdujo en el postimpresionismo. (Lea: Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares: Los que aman, odian)

Estando allí se casó con la pintora rusa Angelina Petrovna Belovna, pero el hijo que tuvieron murió al año de nacer, y a su vez mantuvo una relación con la también pintora Marevna Vorobe-Stebelska, con quien tuvo una hija a la que no reconoció, pero sí sostuvo económicamente.

Para entonces ya era uno de los artistas mexicanos más admirados en Europa. Sus acabados, el uso del color y la interpretación de sus obras se iban robando las miradas a su paso. Rivera era un artista, mientras que Frida Kahlo, en México, apenas ingresaba a la Escuela Nacional de Preparatoria.

A mediados de 1921, Diego Rivera regresó a México y participó en el renacimiento del muralismo mexicano, iniciado por los pintores David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Rufino Tamayo. En enero de 1922, mientras él pintaba su primer mural, La creación, en el Anfiteatro Simón Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria, una niña de pelo negro y cejas pobladas lo observaba absorta ante la inmensidad de su obra.

En ese primer encuentro no pasó nada. O por lo menos, nada comprobable. Meses después, Rivera se casó con Guadalupe Marín, con quien tuvo dos hijas, pero el matrimonio, como la mayoría de sus relaciones, no fue duradero. Kahlo, en cambio, integró el grupo político escolar Los Cachuchas y ahí conoció a su novio Alejandro Gómez Arias, con quien el 17 de septiembre de 1925 sufrió un aparatoso accidente cuando el bus en el que iban de regreso a casa fue arrollado por un tranvía.

Por el choque se fracturó varias costillas, la pelvis, la pierna y el pie derechos. Además, tuvo lesiones severas en el cuello y la columna. El dolor había vuelto. Sus recuerdos de infancia quedaron marcados por la poliomielitis que sufrió a los seis años y que le provocó el adelgazamiento de su pierna derecha. Aunque la ocultó con pantalones y faldas, sólo ella sabía los estragos que el dolor físico le había causado. Vivir le costaba.

A comienzos de ese mismo año, 1925, había trabajado como aprendiz en el taller de grabado e imprenta de Fernando Fernández Domínguez, amigo de su padre. Él le enseñó a dibujar. Después del accidente, quizás sin saberlo, el arte se convirtió en su única salvación. Como debía moverse lo menos posible para tener una buena recuperación, pintar, dibujar y retratarse en un lienzo se convirtió en su forma de vida.

En 1926 le dedicó su primer autorretrato al óleo a Alejandro Gómez. En adelante su obra se convirtió en el reflejo de sus sentimientos. Durante los siguientes tres años se mantuvo pintando y ya un poco más recuperada iba a encuentros políticos, artísticos e intelectuales. En uno de estos conoció al comunista cubano Julio Antonio Mella y a su esposa italiana, Tina Modotti. Forjaron una amistad tan fuerte que juntos asistían a reuniones políticas del Partido Comunista de México. Fueron ellos quienes le presentaron formalmente al reconocido muralista Diego Rivera.

Kahlo de inmediato sintió una admiración exorbitante por Rivera. Días después de conocerse, ella lo visitó de forma espontánea en su taller con el deseo de mostrarle parte de su trabajo y conocer su opinión. Él quedó impresionado con sus cuadros y la animó a seguir pintando. Juntos, crearon una especie de complicidad artística que los hacía verse constantemente. Esa complicidad se convirtió en deseo, pasión y amor por el otro. El 21 de agosto de 1929, Frida Kahlo se convirtió en la tercera esposa del pintor.

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“Diego:

Mi amor, hoy me acordé de ti, aunque no lo mereces tengo que reconocer que te amo. Cómo olvidar aquel día cuando te pregunté sobre mis cuadros por vez primera. Yo chiquilla tonta, tú gran señor con mirada lujuriosa me diste la respuesta aquella, para mi satisfacción por verme feliz, sin conocerme siquiera me animaste a seguir adelante. Mi Diego del alma recuerda que siempre te amaré, aunque no estés a mi lado. Yo en mi soledad te digo, amar no es pecado a Dios. Amor aún te digo si quieres regresa, que siempre te estaré esperando. Tu ausencia me mata, haces de tu recuerdo una virtud. Tú eres el Dios inexistente, cada que tu imagen se me revela. Le pregunto a mi corazón porque tú y no algún otro. Suyo del alma mía.

Frida K.”.

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Frida Kahlo, al parecer, consiguió por al menos un tiempo lo que sus antecesoras no habían logrado: que Rivera abandonara sus constantes amoríos con otras mujeres. Entonces fueron Diego y Frida. Frida y Diego. Dos personas que tenían un vínculo creativo, una militancia política y el deseo por descubrir el mundo. No importaba que él tuviera 43 años y ella 22. No importaba que físicamente fueran distintos: él grande y gordo, ella pequeña y frágil. No importaba lo que comentaban en las calles de México. Por un tiempo fueron solo ellos. “Diego es tan amable, tan tierno, tan sabio, tan dulce. Yo lo bañaré y lo lavaré”, decía ella. (Lea aquí Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre: amores existencialistas) 

La tormenta llegó a la relación cuando Kahlo quiso tener un hijo. Las secuelas del accidente le impedían ser madre, por todos los riesgos que tenía esto para ella y el bebé. Sin embargo, insistió. En 1932 quedó embarazada, pero a los tres meses la convencieron de abortar, pues el feto estaba mal ubicado y ponía en riesgo su vida. De este hecho nació su obra Aborto en Detroit. Lo intentaron de nuevo. Nada. Fueron cuatro abortos los que la alejaron de esa posibilidad de dar vida.

Rivera había regresado a sus andanzas y la infidelidad se estaba convirtiendo en una constante. Cuando su esposa descubrió que había estado con su hermana, Cristina Kahlo, se sumió en la depresión. Sí, decidieron seguir juntos, pero esta vez como una relación abierta. Kahlo comenzó a tener relaciones con otros hombres, e incluso con mujeres, lo que despertaba celos en Rivera. Su dolor quedó plasmado en sus cuadros donde se representa a ella al lado de Diego.

En 1937 llegó a Coyoacán León Trotski, uno de los artífices de la Revolución Rusa, huyendo del líder de la Unión Soviética, Josef Stalin. Las gestiones de Diego Rivera le permitieron exiliarse en el país azteca hasta el día de su asesinato. Durante su estadía, Kahlo y Trotski mantuvieron una relación amorosa. En 1939 el matrimonio Rivera Kahlo no aguantó más infidelidades y acordaron separarse.

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11 de junio de 1940

“Ahora, que hubiera dado la vida por ayudarte, resulta que son otras las 'salvadoras'... Pagaré lo que debo con pintura, y después, aunque trague yo caca, haré exactamente lo que me dé la gana y a la hora que quiera... Lo único que te pido es que no me engañes en nada, ya no hay razón, escríbeme cada vez que puedas, procura no trabajar demasiado ahora que comiences el fresco, cuídate muchísimo tus ojitos, no vivas solito para que haya alguien que te cuide, y hagas lo que hagas, pase lo que pase, siempre te adorará tu Frida".

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Después de la muerte de Trotski, el 21 de agosto de 1940, Rivera llamó a su esposa y le propuso irse a vivir con él a San Francisco, Estados Unidos, aunque él tuviera una relación con dos mujeres más. Ella de inmediato voló a su lado. Ese mismo año se casaron por segunda vez.

Diego Rivera y Frida Kahlo se entregaron el uno al otro y se amaron hasta el dolor. Su historia es una de las más famosas del arte porque Kahlo trasladó sus sentimientos a obras como Frida y Diego Rivera (1931), Autorretrato con Diego en mi pensamiento (1943), Diego y yo (1949). Y Rivera la hizo parte de los murales Ensueño de una tarde dominical en la alameda central (1947).

Aunque por algún tiempo fueron Diego sin Frida y Frida sin Diego, fue imposible separarlos. Lo único que pudo apartar sus cuerpos fue la muerte, pero su obra y pensamientos vivirán en sus cuadros y cartas. Diego y Frida. Frida y Diego. Juntos son eternos.

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“Yo me he dado cuenta de que lo más maravilloso que me ha pasado en mi vida ha sido mi amor por Frida”: Diego Rivera, 1955.

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Diego Rivera

El pintor, de ideología comunista, fue uno de los artistas que conformaron la tríada de los máximos representantes del muralismo mexicano. Su obra  alcanzó su madurez artística entre 1923 y 1928, cuando cubrió los muros de  la Secretaría de Educación Pública y la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo con sus pinturas, en las que representaba al pueblo mexicano en sus trabajos y fiestas. Esa era su intención: reflejar la vida social de México tal y como él la veía. Sus murales se conservan en el Centro Histórico de la Ciudad de México, en Cuernavaca y Acapulco, y en el exterior en Buenos Aires, San Francisco, Detroit y Nueva York.

Frida Kahlo

La obra pictórica de la artista mexicana es absolutamente personal, ingenua y profundamente metafórica. Al mismo tiempo, derivada de su exaltada sensibilidad y de varios acontecimientos dolorosos que marcaron su vida. Sus influencias fueron las ideas de reivindicación, de identidad que propagaba el nacionalismo revolucionario.  Fue autora de unas 200 obras, principalmente autorretratos en los que proyectó sus dificultades por sobrevivir.

 

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