El legado de las máscaras

Disfrazarnos de nosotros mismos

Cuando tenía 12 años vivía en Amagá, Antioquia, con mi mamá, su pareja y mi hermano menor. Nuestra casa quedaba en un condominio llamado Patio Bonito: un lugar lleno de cabañas a las que la gente solo iba a pasar el fin de semana. Quedaba justo a la entrada del pueblo y nos fuimos a vivir allá porque a Gabriel Jaime, el novio de mi mamá, le resultó un trabajo como administrador de una ladrillera.

Las máscaras, una constante humana que ha tenido a lo largo de la historia infinidad de usos. Getty images

Antes vivíamos en Medellín. Para llegar al pueblo se salía por el sur de la ciudad, y aunque no era lejos (una hora de camino), el trayecto diario resultaba peligroso y agotador. Amagá es un pueblo pequeño que basa su economía en la minería. En ese entonces había dos colegios: La Normal Superior de Amagá y otro cuyo nombre ya no recuerdo. Yo estudié en el primero y adoraba vivir allá. Me parecía que la gente era más amable, mi mamá se veía relajada y teníamos una piscina y canchas de juegos para nosotros solos, pero las cosas se complicaron cuando mis compañeras comenzaron a amenazarme. Algunas de mis amigas —sin que yo lo supiera, porque siempre peco por ingenua— eran prostitutas y las que no, iban hasta la portería del conjunto a gritarle a mi mamá que me dejara salir, que “esa rolita ya podía defenderse sola”. Allá todos pensaban que nosotros teníamos mucho dinero y el consejo de algunos fue el del famoso refrán “al pueblo que fueres, haz lo que vieres” y lo intentamos, pero la máscara se nos derritió en la cara: provocó rupturas, estrés, ansiedad, dolor y a mí me grabó en la frente que para ser otra tenía que aprender a mentir. Yo no quería mentir.

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Para escribir este texto, que al principio pensé como un resumen o un híbrido de los usos que la humanidad les ha dado a las máscaras, comencé a investigar sobre el origen del objeto. Siendo honesta, no me emocionaba la idea de reescribir lo que alguien ya había registrado sobre las épocas, civilizaciones y funciones que se le había dado al artefacto. A pesar de mi poco entusiasmo, insistí, lo que me llevó a la siguiente frase escrita en el texto Estudios culturales: Memoria del 56.º Congreso Internacional de Americanistas: “Según los etnólogos, el surgimiento de la máscara se sitúa en el momento en que se produce la autoconsciencia o consciencia de sí mismo”.

La palabra “máscara”, que algunos dicen proviene de masque en francés o maschera en italiano, se ha utilizado como adorno o alternativa para ocultar la cara. Tiene facciones similares a las del rostro humano, a veces exageradas, casi místicas; otras más fieles y algunas exactas a las de alguna cara conocida que se quiera representar.

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Mucho antes, en el momento del que hablan los etnólogos, fue creada para cazar, y en esa época se hacían semejantes a las de los animales. Los humanos se valían del pelaje, los colmillos y demás desechos de los que ya habían caído en sus redes. Cazaban danzando y a partir de este hecho, el teatro y los rituales religiosos aparecieron como otros escenarios en los que este objeto se utilizó. Los griegos y los romanos también usaron las pieles y se pegaron el pelo de los animales muertos a las máscaras, pero esta vez para que sus interpretaciones fueran más creíbles. Las usaron para el teatro y se disfrazaron para despojarse de su humanidad, como también lo hicieron los seguidores del animismo o el totemismo, que se convencieron de que todo lo que existía a su alrededor tenía espíritu y, por lo tanto, poderes, poderes que querían para ellos. Se ponían la máscara para intentar dominarlos.

Luego de leer que el objeto se utilizó para intentar tener poderes o neutralizar a quienes los tienen, recordé un episodio en la casa de algún familiar: mi hermano y yo llegamos y todos estaban alrededor de una olla con fuego en la que había una máscara verde. Alrededor había siete personas que oraban y que se arrodillaron a celebrar que “el demonio había sido destruido”. Mi hermano y yo salimos corriendo, nos encerramos en una habitación y esperamos a que cesaran los gritos. Cuando todo se terminó, preguntamos por qué estaban quemando caras verdes. Nos dijeron que en la casa había un duende llamado Fauricio, un enviado de Satanás, que estaba robándose las cosas y que con el ritual lograron matarlo. De allí mi papá nos sacó desesperado y a esa casa nunca volvimos, pero la anécdota me ayudó a recordar que ese hecho representa la condición humana: le damos poder a lo sobrenatural para explicar lo inexplicable, despojarnos de las culpas e intentar convertir lo imposible en una realidad palpable.

Del objeto, su historia y usos simbólicos, llegué a nuestra cotidianidad. A los momentos en los que he escuchado la palabra “máscara” en nuestro lenguaje para hablar de la vida. La primera vez que la usé fue a los 12 años, cuando después de fingir que podía mimetizarme en el ambiente de Amagá, recostada en la cama y llorando porque me devolvían a Bogotá sin siquiera dejarme terminar el año escolar, mi mamá, sobándome la cabeza y después de un beso en el hombro derecho, me dijo que cuando creciera entendería por qué me sacaba de ahí: “Después sabrás por qué no puedo seguir permitiendo que vivas fingiendo. Además, no lo haces bien”.

A los 12 no lo hice bien, pero seguramente ahora sí me escondo detrás de las formas y lo que para el resto del mundo es normal y por lo tanto aceptable. Ahora me pongo la máscara de la “normalidad” para encajar con las otras máscaras.

No hay que hilar muy fino para entender que, según lo que dijeron los etnólogos, cuando los humanos supimos quiénes éramos, comenzamos a querer ser otros. Máscaras a modo de protección o de salvación, para no quemarnos dentro de las exigencias de la normalidad. Para ser aceptados hay que ser normales, nada de naturales. Nada de nosotros, nada de pensar, nada de criterio.

Al revisar, encontré información sobre las máscaras como las que los españoles fabricaron durante la época colonial para anular las creencias de los aztecas y convertirlos al catolicismo, o como las que aún usan en la lucha libre mexicana, que representan un rasgo cultural que diferencia su método al del resto del mundo. Personajes como El Santo, Blue Demon, Huracán Ramírez, El Solitario, entre otros, solo lucharán allí y su aspecto está determinado por los rasgos, colores y tejidos de una cara ajena que no muestre el miedo y la angustia de quien se dispone a lastimar y ser lastimado. De una más fuerte y menos humana. Las diferentes intenciones con las que se fabrican estos objetos coinciden en el afán por cambiarse, esconderse o intentar incorporar fantasías que nos saquen de nuestra frágil humanidad.

Mi máscara, la que pretendí pegarme para protegerme de los prejuicios ajenos, se quemó cuando mi madre entendió que era demasiado joven para desaprender lo que ya me convertía en quien era, ¿y entonces qué? ¿Comenzar de cero y despojarme de mí para sobrevivir? ¿Y luego vivir como quién? ¿No era esto ceder a la presión externa para ser lo que ellos quisieran? Pues sí, eso era, y afortunadamente ella lo entendió. Después no iba poder evitar que yo creciera y decidiera que a veces ser natural iba a traerme problemas. Mi buena noticia (o mala, aún no decido) es que la actuación no es mi principal virtud y que el agotamiento que me dejó posar de apática, sencilla, sociable y feliz, me hastió. Me mató las ganas de fingir. De todas formas, no es algo que ya haya asegurado. Aún me escondo.

Las máscaras de todos, con las que nos refugiamos de la frustración y el ahogo que produce vivir en esta tierra hostil, serán el permanente bloqueo del que decidiremos despojarnos cuando nos convenzamos de lo absurdo e inútil que es actuar en una obra en la que al final siempre vamos a quedar desnudos, frágiles y “humanos, demasiado humanos”.

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Laura Camila Arévalo Domínguez

Cultura

Disfrazarnos de nosotros mismos

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