Un performance sobre Garcia Márquez y Mutis se presentará en el próximo Festival Gabo de Medellín
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Dos volcanes (y un laberinto)

Con ocasión del trigésimo aniversario de la publicación de “El general en su laberinto”, de Gabriel García Márquez (1989), y del cuadragésimo de “El último rostro”, de Álvaro Mutis (1978), Álvaro Restrepo, director de El Colegio del Cuerpo (ECDC) en Cartagena de Indias, prepara su próximo montaje: una conferencia-performance a partir de estas dos obras maestras, en la que interactuará con los nueve bailarines de la Compañía Cuerpo de Indias (núcleo profesional de ECDC), que se presentará en el próximo Festival Gabo de Medellín. El siguiente texto es una crónica que hará parte de la pieza y que da cuenta de la relación del coreógrafo con los dos escritores.

“¡Ajá, viejo Álvaro!”, fueron las primeras palabras de Gabo a Álvaro Restrepo, que iniciaron una larga relación. Olga Paulhiac

Para Carmen Miracle, Mercedes Barcha, Santiago Mutis Durán y Gonzalo y Rodrigo García Barcha (también para Alberto -Ton - Abello Vives… in memoriam).

1. 1988

Ramiro Osorio, cofundador con la gran Fanny Mickey del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, era en ese entonces también director del Gran Festival de la Ciudad de México. Después de ver mi solo Rebis (homenaje a Federico García Lorca) en el TPB, me invitó a mostrar este trabajo en los dos festivales. Rebis era mi segunda obra dedicada a Lorca en el cincuentenario de su vil asesinato. La primera, Desde la Huerta de los Mudos, la estrené en 1986 en el Teatro La Mama de Nueva York y luego la remonté en Colombia con la participación de artistas de la talla de Delia Zapata Olivella, María Teresa Hincapié y Alicia de Rojas (las tres ya fallecidas). No es un hecho fortuito el que mis primeras aventuras coreográficas hubieran tomado como punto de partida la obra y la vida de un escritor: la de un poeta y dramaturgo, el más español y, a la vez (quizá por lo mismo), el más universal y amado de los poetas de su generación.

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Ramiro, el más mexicano de los colombianos o el más colombiano de los mexicanos, quien desde entonces se convirtió en un personaje clave y entrañable en diferentes y definitivos momentos de mi carrera, me dio uno de los regalos más importantes que he recibido en la vida: ¡México! Desde que puse pie en el país azteca, junto con mi hermana Mónica y mi compañero de ese entonces, Ricardo Neira (ambos fallecidos en trágicos accidentes de carretera), sentí que esta era mi segunda patria. América Latina en toda su potencia, belleza, tragedia y complejidad se desplegó ante mis ojos con fuerza y poesía desgarradoras. Aún recuerdo mi visita al Mercado de Sonora en el DF, al día siguiente de mi llegada, adonde fui buscando el pigmento de azafrán que utilizaba en la obra para dibujar en la tierra negra el símbolo del andrógino alquímico: el Rebis, sobre el que danzaba con mi cuerpo desnudo maquillado de rojo y negro. Los colores y olores de México, la magia, la exuberancia, el misterio, la locura, la abundancia, la miseria, la violencia, la dulzura, la desmesura de México invadieron mis sentidos y me embrujaron por completo y para siempre.

Las presentaciones fueron en un pequeño y más bien escuálido teatro cerca al Monumento de la Madre: el Teatro México. Sin embargo, la obra tuvo una eufórica acogida y de inmediato recibí propuestas para nuevas presentaciones en otros escenarios, ciudades y festivales. Con el público y los críticos mexicanos (¡en México sí había crítica de danza!) se estableció una relación de amor a primera vista. A partir de entonces México se convertiría durante muchos años en un puerto frecuente y feliz para mi trabajo. Conocí a otra gran amiga-hermana, la actriz Sally Sandoval, quizá la más mexicana de las mexicanas que he conocido, que vio deslumbrada la obra y me abrió, también para siempre, su corazón y su mágica casa en la Colonia Roma.

Desde que supe que iría a México, me propuse secretamente conocer (y dar a conocer mi obra) a los dos míticos escritores colombianos residentes en ese país. Me refiero, por supuesto, a los enormes Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez.

De Mutis sabía muy poco. Lo había leído con curiosidad y pasión en la Universidad de los Andes, en mis épocas de estudiante de Filosofía y Letras: don Ramón (Tito) de Zubiría, mi maestro de poesía, me había revelado las generaciones del 98 y del 27 de España y la obra de los poetas latinoamericanos y colombianos más importantes: entre ellos el misterioso Álvaro Mutis, exiliado en México y sobre el que se decían tantas cosas. Su poesía austera, erudita y muy honda me tocaba e intrigaba profundamente.

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Del gran Gabo tenía más información, por supuesto, aunque también era una presencia mítica y lejana: no era frecuente escuchar entrevistas suyas... Es más, la primera vez que lo oí hablar fue en un célebre reportaje que Germán Castro Caycedo realizó para la televisión colombiana en 1976. Ese día muchos de sus compatriotas escuchamos por primera vez la voz de Gabo. El hecho de que los dos escritores hubieran hecho de México su segunda patria me atraía profundamente también, pues me sentía plenamente identificado con su escogencia. Sin embargo, por el momento no tenía ningún medio para llegar a ellos... aunque estaba convencido de que solo era cuestión de tiempo...

2. 1989

Unos meses más tarde regresé a México para una serie de presentaciones en diversos escenarios de la ciudad y del país. En el pequeño auditorio del Museo Universitario del Chopo, bellísimo edificio de hierro art nouveau, que bien podría haber sido diseñado y construido por Gustavo Eiffel o por alguno de sus discípulos, presenté de nuevo Rebis y las otras piezas cortas que complementaban el programa: Danza cortesana coreana del s. XIII, Improvisaciones sobre cantos de vaquería y zafra y el Divertimento trágico sobre el capítulo 68 de Rayuela de Cortázar. Un verdadero —y autoimpuesto— tour de force para un solista. Ese día vinieron a la función dos personas muy importantes para mí: la bailarina y coreógrafa norteamericana de origen ruso-judío Anna Sokolow, a quien había conocido en mi época de estudiante en Nueva York, antigua intérprete de Martha Graham y luego dueña de un nombre, reputación, estilo y repertorio propios. Anna, mujer entrañable y recia a la vez, había sido una de las pioneras de la danza moderna en México, en la época dorada del arte mexicano de mediados del siglo XX. Carlos Chaves, Silvestre Revueltas, José Limón, Miguel Covarrubias, Rocío Sagaón, Frida Kahlo, Diego Rivera y tantos otros integrantes de una pléyade de artistas extraordinarios que supieron colaborar, luchar y crear juntos. También vino ese día el historiador colombiano Gustavo Vargas Martínez, quien en esos momentos era asesor de García Márquez para la novela que estaba a punto de publicar sobre Simón Bolívar: El general en su laberinto. Luego de la función le manifesté a Gustavo mi interés por conocer a Gabo y le pedí que me sirviera de puente. Pocos días después, con gran generosidad, me llamó y me dijo: “Listo, ya Gabo sabe de ti y de tu trabajo... puedes llamarlo”, y me dio su teléfono.

Aún recuerdo la emoción y la ansiedad cuando marqué el número... no sabía ni cómo le iba a decir: maestro, don Gabriel, señor García Márquez... Contestó su secretaria... pedí hablar con el maestro García Márquez y le di mi nombre. Al cabo de unos minutos: “¡Ajá, viejo Álvaro!”, fueron sus primeras palabras, que derritieron de inmediato el mítico hielo... “Buenas tardes, Gabo, atiné a decirle.... “muchas gracias por recibir mi llamada”. “No hombre, encantado. Gustavo me habló maravillas de ti y de tu trabajo”. Le dije que en pocas semanas volvería a presentar mi obra en el Polyforum Siqueiros y que sería un honor para mí contar con su presencia y con la de Mercedes, por supuesto. “La Capilla Sixtina de Siqueiros”, me dijo con gracia. Me confirmó que estarían en la ciudad para esa fecha y que vendrían sin falta. Aproveché para pedirle que invitara también al maestro Mutis y me dijo que lo haría. Nos despedimos como viejos cuates... Esa noche no dormí: mi ego no cabía en mi habitación de la casa de Sally en la Colonia Roma: tuve que dormir en el parque México en la Condesa...

Semanas más tarde, en la “Capilla Sixtina de Siqueiros”, allí estaban: Mercedes Barcha y Gabriel García Márquez, haciendo cola para entrar. Los acompañaba, no Álvaro Mutis sino Carmen Miracle, su esposa, ya que justo en esos días su hermano, Leopoldo Mutis Jaramillo, había fallecido y el poeta había tenido que viajar a Bogotá. Le pedí a Sally que los hiciera entrar antes que al resto del público, pero insistieron en hacer la fila como cualquier hijo de vecino. Por supuesto ese día bailé con la conciencia de que tenía a nuestro ya premio Nobel entre el público y lo entregué todo: sin embargo el escenario circular del Polyforum, perfecto para el carácter ritual de Rebis, me jugó una mala pasada en el fragmento dedicado a Cortázar, gran amigo de Gabo. En esa danza, con un texto en gígligo, utilizo mis gafas de miope... La verdad es que en el escenario, en mis años de bailarín, siempre estuve medio ciego, lo que me ayudaba para la concentración y para evitar el pánico escénico. Con un agravante y es que nací sin GPS... nunca sé dónde estoy parado, con gafas o sin ellas... en el escenario o en la calle. El norte, el sur, el oriente y el occidente son una masa amorfa que casi nunca descifro: mis gafas estaban ocultas en un lugar del escenario y yo no las encontraba, mientras daba vueltas desesperado, como gallina buscando sal... Finalmente oí la voz angustiada de Sally que había entrado a la escena, prácticamente arrastrando sobre la tierra su humanidad corpulenta, para entregármelas...

Gabo estaba eufórico al final de la función: los abrazos y elogios con los que me honró me los guardo por pudor. Lo que sí puedo contarles es que esa noche tuve que dormir en el Zócalo... mi ego ya no cabía en el parque México... Unas semanas más tarde me llamó para decirme que quería llevar mi espectáculo, como evento especial, al Festival de Cine de La Habana, lo que en efecto ocurrió en diciembre de ese año.

3. 1991

Para conmemorar el quinto centenario del descubrimiento de América, o mejor el cubrimiento, en palabras de Todorov, creé en Barcelona con el bailarín costarricense Humberto Canessa mi obra Sol Niger. La pieza, con música gallega del siglo XIII (Las cantigas de amigo de Martín Codax), era una especie de “desdoblamiento” de Rebis: si bien en mi trabajo anterior un solo cuerpo, un solo ser —el andrógino alquímico— encarnaba las energías opuestas del universo, en Sol Niger un bailarín era el sol y el otro la luna. El encuentro y la lucha entre estas dos fuerzas produjo el cubrimiento, el eclipse, el sol negro: la razón europea envolviendo, cubriendo e imponiéndose a la fuerza, valiéndose de la cruz y de la espada, sobre el universo mítico amerindio que se vio doblegado, pisoteado, violado por los invasores-genocidas españoles. La obra fue invitada al Festival Cervantino en Guanajuato y fue programada en la mejor sala de danza del DF: la Miguel Covarrubias, en la UNAM.

Aunque el maestro Mutis no había podido ver Rebis, su esposa Carmen y los Gabos (como supe después que los llamaban sus amigos) le hablaron de mi trabajo y quedamos en que él vendría a verme la próxima vez que actuara en México. Yo lo había llamado para saludarlo y darle el pésame por la muerte de su hermano y también con él se estableció una gran camaradería desde el primer momento. No recuerdo cómo el Maestro Tocayo, como empecé a llamarlo muy pronto, se enteró de que teníamos problemas para conseguir el dinero para los tiquetes aéreos desde Barcelona. A raíz de esto, tuve la primera muestra de la proverbial generosidad y desprendimiento de Mutis: “Viejo”, me dijo con su mítica voz de locutor, “me han invitado a dar una conferencia en el Cervantino sobre El Quijote: ya mismo los llamo para decirles que con mis honorarios compren sus pasajes”. Ese era Álvaro Mutis... el mismo que estuvo en Lecumberri por beneficiar a sus amigos con los dineros de la Esso, que manejaba en Colombia como relacionista público. Nunca nos habíamos visto en persona, pero había bastado la palabra de Los Gabos y de su mujer, la melancólica y hermosa Carmen Miracle (¡Carmen Milagro!), para motivar semejante gesto de humanidad y bonhomía.

Nos encontramos en Guanajuato... creo que fue en esta maravillosa ciudad donde nos vimos en persona por primera vez. Asistimos maravillados ¡y agradecidos! a su charla sobre El Quijote y luego departimos en un bellísimo restaurante en las afueras de Guanajuato, con dos grandes artistas mexicanos: la fotógrafa Graciela Iturbide y el pintor Alberto Gironella. Estaban conmigo la gran Sally y mi compañero Humberto Canessa. Fue en este almuerzo en el que descubrí la simpatía arrolladora de Mutis: el enorme conversador dueño de un sentido del humor devastador y brillante a la vez. Recuerdo que Sally, con su ingenuidad a veces impertinente, en un momento del almuerzo le preguntó a Mutis: “Maestro, cuéntenos: finalmente ¿por qué fue que estuvo usted en la cárcel de Lecumberri?”. Se produjo un silencio tenso en la mesa, al cabo del cual dijo él con picardía: “¡Porque estrangulé a mi mujer, hija!”. Fue su manera brutal, genial —y muy suya— de zanjar el tema. En ese momento llegó providencialmente un trío de músicos a ofrecer sus servicios. De allí pasó a contarnos Mutis sobre una novela que estaba escribiendo acerca de un complot que varios intelectuales latinoamericanos estaban fraguando para acabar con Julio Iglesias. Durante meses intentaron perfeccionar el plan, pero siempre se reunían a conspirar en restaurantes e indefectiblemente aparecía en la mesa un trío de músicos que no los dejaba hablar. Decidieron entonces organizar primero una masacre masiva de tríos en toda América Latina. Una vez cumplida esta fase del plan, pudieron concluir los preparativos para acabar con el baladista de marras (¿balada viene de balar?). El atentado se lleva a cabo y Julio Iglesias desaparece de la faz de la Tierra. “¡Y empiezan entonces, viejo, a surgir en nuestros países universidades, centros culturales, científicos, pensadores, artistas, intelectuales!”.

Luego de las presentaciones en Guanajuato en el Teatro Cervantes, llegamos al DF para una temporada de seis representaciones en la Sala Covarrubias, lo que se constituía en un auténtico privilegio. Al estreno vinieron Álvaro Mutis y Carmen. Su reacción la plasmó el poeta en un bellísimo texto que atesoro como lo más importante que se ha escrito sobre mi trabajo. El abrazo gigantesco de oso emocionado que me dio y con el que casi me parte la columna también lo guarda la memoria de mi cuerpo. Estas funciones en la Covarrubias tuvieron un abrupto final, pues luego de dos representaciones decidí cancelar la temporada, por una serie de problemas técnicos y burocráticos con el sindicato más fuerte de América Latina: el sindicato de la UNAM, al cual pertenecían los técnicos del teatro. El tema llegó hasta los periódicos y se volvió un escándalo muy complejo.

A los pocos días volví a ver a Mutis en un triste y lánguido evento en el Museo de Arte Moderno: nada más ni nada menos que la retrospectiva en México de nuestro pintor —gran amigo suyo y de Gabo— Alejandro Obregón. Por razones de organización (o desorganización) que aún desconozco, no éramos más de cincuenta personas los asistentes a la muestra del “Tamayo colombiano”. Obregón estaba allí, perplejo y abatido, y Mutis sufriendo con él. Estaba indignado, pues pensaba que esta afrenta era responsabilidad de nuestra Embajada. Ese día me dijo: “Viejo, usted no sabe cómo lo envidio. Usted habla con su cuerpo. En cambio, a mí me toca escribir mis vainas con las mismas palabras con las que pido un tinto”.

El escándalo por la cancelación siguió creciendo y tuve que conseguir una carta de apoyo, firmada por artistas e intelectuales, para respaldar mi decisión de interrumpir la temporada. Llamé a Gabo y a Mutis y les pedí que la firmaran: Gabo me dijo: “Yo no firmo cartas... ¡pero hablaré!”. Mutis, en cambio, me dijo: “Claro, viejo, pásate esta noche por la casa”.

Al llegar a su bellísima casa de San Jerónimo, me encontré con la sorpresa de que Gabo y Mercedes estaban allí. Acababan de regresar de Europa y estaban compartiendo la crónica. En un momento Mercedes y Carmen se retiraron a hablar de sus cosas y me encontré de pronto a solas con los dos volcanes. Mutis dijo que tenía una sopa muy buena en el fogón y nos invitó a la cocina. Allí estuvimos los tres por más de una hora, tomándonos la sopita y hablando del más y del menos. Yo, por supuesto, sobrecogido de emoción y de orgullo por estar compartiendo este momento de intimidad y de complicidad con mis dos héroes-artistas compatriotas. Al terminar salimos a la sala. Mercedes estaba mostrándole a Carmen los zapatos que se acababa de comprar. Gabo soltó entonces una frase garciamarquiana-hasta-la-médula, digna de la desmesura del Otoño del patriarca o de los Funerales de la Mama Grande: “Merce tiene más zapatos que Imelda Marcos”, dijo mostrando sus dos dedos índices, “y se los he comprado yo, ¡a punta de máquina de escribir!”. Con esa frase entendí en ese momento la dimensión del gigante y de su gloria, hechas a pulso y a punta, no solo de máquina de escribir, sino ante todo de disciplina y clarividencia. El hombre, a quien su padre había condenado a comer papel, es decir, a morirse de hambre por querer ser escritor y por quien había tenido que estudiar unos semestres de Derecho, se ufanaba frente a mí, con su humor descomunal, de los centenares de zapatos que le había regalado a su adorada cómplice gracias a su genio, su tenacidad y su vocación asumida y defendida a muerte. “Yo sabía desde que nací que quería ser un escritor”, me dijo, “pero me tocó demostrarles a los demás que mi voluntad y mi disciplina eran superiores a mi talento”.

4. 1993

De nuevo es Ramiro Osorio quien enlazó mi camino con el de Mutis y Gabo. Como director de Colcultura, me nombró subdirector de Artes cuando fui a pedir su ayuda para crear mi escuela en Cartagena. Por primera vez un bailarín tenía la responsabilidad de orientar el destino de todas las artes de todo el país: esa fue la razón que me llevó a aceptar semejante reto. Le correspondió a Ramiro organizar el homenaje que el Gobierno de Colombia le hizo a Álvaro Mutis al cumplir setenta años, cuando le fue conferida además la Cruz de Boyacá. En el Teatro Libre del Centro presenté, como parte de las efemérides, Rebis, la obra que él no pudo ver en México al morir su hermano Leopoldo. Asistí a la ceremonia de condecoración en el Palacio de Nariño, cuando Gabo leyó su discurso memorable “Mi amigo Mutis”, su magistral semblanza del hermano, maestro y cómplice.

5. 1997

Con mi colega Marie France Delieuvin fundamos en septiembre El Colegio del Cuerpo (ECDC) en Cartagena. Unos meses antes había visitado yo a Gabo en su recién inaugurada casa de Cartagena, hecha por el arquitecto Rogelio Salmona, para contarle sobre la institución que estaba a punto de nacer. Le llevé el cartapacio con las ideas que animaban la creación de ECDC. Antes de leerlo me dijo: “Primero cierra los ojos. Quiero que me digas si has oído algo más bello que esto”. Acto seguido puso el Adagio de la Sonata Arpeggione de Franz Schubert. Lo escuchamos sin hablar... De vez en cuando yo hacía trampa y abría los ojos para verlo, con sus ojos cerrados y transido de dolor por la belleza de la obra. Al finalizar le dije: “Gabo, ayúdame a crear mi escuela”. Miró el documento, lo hojeó, luego regresó a la carátula y me lo devolvió diciéndome: “El Colegio del Cuerpo: ¡es un nombre del carajo! Parece el título de un libro de poemas”. Con esta bendición sentí que estaba bien encaminado: mi interés ha sido siempre el de formar poetas del movimiento más que simples bailarines intérpretes. Gabo nos visitó en varias ocasiones en el Claustro de San Francisco en Getsemaní e inspiró con su presencia a nuestros jóvenes artistas, hablándoles de una obsesión que compartíamos: el descubrimiento precoz, oportuno de las vocaciones. Nos habló de aquellos que tienen talento y los que tienen voluntad y de cómo, cuando estas dos fuerzas se unen, nada ni nadie puede detenernos.

6. 1998

El CDC organizó en Cartagena de Indias el primer Festival de las Artes Memoria e Imaginación. Una idea visionaria, multidisciplinaria y temeraria que asumimos con un presupuesto inexistente y que se pudo realizar gracias a los aportes de los principales hoteles de la ciudad, que hospedaron gratis a los artistas y a estos, que vinieron todos sin honorarios, como una forma de apoyar nuestra iniciativa. Gabo nos dio de su bolsillo los recursos para traer de España una compañía de danza. “Es plata de unos derechos de autor que están por ahí embolatados... corrupción de la buena!”, me dijo con picardía. La única condición que me puso es que no se lo contara a nadie. Hoy puedo traicionar este pacto para que el mundo sepa de su generosidad y sencillez.

7. 1999

El segundo (y último) Festival tenía un invitado de honor para su inauguración. Álvaro Mutis daría un recital de su poesía en el recién inaugurado Teatro Heredia. La víspera de su viaje, el Maestro Tocayo me llamó para decirme que el médico le había prohibido viajar y que se veía obligado a cancelar su participación. En cuestión de horas organicé, ya no sé cómo, una transmisión en directo desde su hotel en Bogotá y la ceremonia de apertura pareció de una gran modernidad tecnológica: el contratenor Andrés Rojas y una compañía de danza francesa actuaban en vivo en Cartagena, entremezclados sus actos con las intervenciones de Mutis desde su hotel en Bogotá. La transmisión se hizo para todo el país y fue un éxito total. Una vez más Mutis me ofrecía su complicidad y apoyo.

8. 2005

El Festival de Verano de Hamburgo (Sommer Theater Festival) me nombró curador de la edición de ese año en el alucinante centro Kampnagel (una antigua fábrica de clavos y grúas para los puertos de Hamburgo), donde muchas veces había actuado y donde también había cosechado algunos de mis más sonoros triunfos. Rebis ganó allí en 1992 el Premio Pegasus Mobil Oil a la mejor producción presentada ese año. El tema que escogí para el festival fue el de Körper / Spiegel / Welt (Cuerpo / Espejo / Mundo). Una meditación sobre la interdependencia planetaria y el cuerpo humano como metáfora de ese cuerpo cósmico que habitamos y del cual somos (o deberíamos ser) corresponsables. El festival tuvo un Akte Kolumbien (Dossier Colombia) en el que quise mostrar algunos aspectos relevantes de mi país. Lo inauguré con un concierto de la gran cantaora de bullerengue Petrona Martínez, entre otros muchos eventos. Se me ocurrió que sería extraordinario invitar a Mutis y a Gabo, los dos volcanes colombianos. Le propuse a la directora de Kampnagel un encuentro entre Günter Grass y Gabriel García Márquez, los dos ganadores del Premio Nobel, ambos nacidos en 1927 y representantes del llamado realismo mágico. Incluso tenía ya diseñada la gráfica del evento con las muchas “G” de los dos nombres. Me imaginaba a Álvaro Mutis como uno de los moderadores del encuentro, junto al traductor alemán Peter Schultze-Kraft, amigo de los tres escritores.

Le pedí una cita a Gabo y allá llegué a su casa de la Calle Fuego en el Pedregal de San Ángel. Me recibió con la afabilidad de siempre, vestido con un overol azul, como un mecánico de helicópteros, y unos mocasines blancos de cantante de guaguancó y me preguntó: “¿Qué locura vienes a proponerme?”. De inmediato me llevó a su estudio, donde le leí el marco filosófico del festival. Le conté la idea del encuentro con Grass y me preguntó: “¿Cómo te imaginas tú el evento?”. Le dije lo que tenía en mente: la moderación de Mutis y Schultze-Kraft y una transmisión en directo por TV para el mundo. De inmediato me dijo: “Tú a esa vaina no me llevas ni amarrado. Yo soy un tímido irredento, aunque no lo parezca”. Por más que intenté convencerlo no lo logré. Ese día aprendí una lección: cuando él me preguntó cómo me imaginaba el evento, he debido contrapreguntarle de inmediato: “¿Cómo te lo imaginas tú, Gabo?... y como tú te lo imagines, ¡así se hará!”. Pero esas son las respuestas rápidas que nos llegan cuando ya estamos por la noche en la cama, revolcándonos de rabia y maldiciendo nuestra torpeza. Me fui ese día de su casa desilusionado pero, a la vez, satisfecho por un nuevo encuentro inspirador con mi escritor amado que, una vez más, me honraba con su amistad. A la salida me mostró el mítico autorretrato de Obregón con el tiro en el ojo, siniestra premonición del triste final de su querido amigo.

9. 2007

Dos años más tarde Gabo cumpliría sus primeros ochenta y el mundo entero se rendiría una vez más a sus pies. El IV Congreso de la Lengua Española en Cartagena de Indias lo homenajeó con la edición conmemorativa de Cien años de soledad y el jaleo, más que merecido, fue cósmico. El Maestro Tocayo, ya muy mayor, 84 años, no estuvo presente en el jubileo de su querido amigo... Gabo, por su parte, sí asistió ese mismo año al homenaje que la Feria del Libro de Guadalajara le rindió a Mutis. Hay una foto entrañable de ese día en la que Gabo besa con devoción la mano de su amigo. La última vez que vi a Gabo fue en el Primer Festival Hay en Cartagena. Conservo unas hermosas fotografías con él, Marie France y nuestros muchachos que hacen parte de los tesoros más preciados de nuestros archivos.

10. 2012

Al Maestro Tocayo lo visité brevemente en su casa, un año antes de partir. Lo encontré muy frágil y sentí que él ya no sabía exactamente quién era yo. Fui a verlo con mi compañero Leopoldo J. Combariza, sobrino nieto del poeta José Mar Combariza, gran amigo del escritor y al decirle su nombre se acordó de los viejos tiempos y sonrió triste, como un niño.

11. 2019

Hace unos meses decidí releer El general en su laberinto. Y por supuesto regresé también a El último rostro. Me di cuenta de que este año se cumplen treinta de la publicación de la que considero la mejor y más profunda de las novelas de Gabo. El relato de Mutis cumple este año 41 y es por muchos sabido que es la fuente original de esta obra maestra. Se podría afirmar que El rostro es el punto maestro de partida y el Laberinto el punto maestro de llegada. En este año de aniversarios sería un bello regalo para el mundo que las dos obras fueran publicadas juntas en una edición conmemorativa. Simón Bolívar, el héroe derrotado y desilusionado que convoca y conmueve a los dos volcanes y los conduce al laberinto, es para mí la metáfora del escritor y de la infinita soledad de su oficio, temas predilectos de los dos amigos. No es por ello gratuito que la obra de otro gran mexicano, Octavio Paz, Premio Cervantes como Mutis y Nobel como Gabo, lleve por título El laberinto de la soledad y que sea además una meditación sobre la esencia del alma mexicana, alma que los dos colombianos adoptaron como propia y que los llevó a ser lo que Carlos Fuentes nos dijo, con algo de amargura, en su última visita a Colombia: “México se nos colombianizó”. Hoy viven todos ellos, grandes amigos, cuates “en tiempos ruines”, en la región más transparente: un laberinto de vidrio donde estas lavas y estos fuegos hermanos siguen incendiando e iluminando el camino de quienes nos acercamos a ellos.

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2019-07-18T16:50:00-05:00

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2019-07-19T11:42:40-05:00

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Álvaro Restrepo* / Especial para El Espectador

Cultura

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