Literatura desde otras playas

“Dust”, un retrato de Kenia

Es la única novela publicada por la escritora keniana Yvonne Adhiambo Owuor. En ella narra los procesos políticos del país en 2007 a través de la historia familiar de Odidi Oganda después de su asesinato. A continuación publicamos un fragmento de la novela, traducido por primera vez al español.

La escritora ganó en 2004 el premio a la mujer del año por su contribución a las artes de Kenia. / Página de Facebook de la escritora

“¿Qué perdura? El tiempo que es elástico”, escribe Yvonne Adhiambo Owuor para relatar la desesperanza profunda de Ajany, una pintora radicada en Brasil que debe regresar a Kenia para sepultar a su hermano.

Dust es la única novela publicada de la escritora keniana nacida en Nairobi. A pesar del prestigio que ganó su literatura después de obtener el Premio Caine en África, uno de los más importantes del continente, la autora se mantiene inédita en los países de habla hispana. El libro se inicia narrando la muerte de Odidi Oganda en un tiroteo con la policía en las calles de Nairobi, un suceso atravesado por el proceso electoral de 2007.

Una persecución en las calles de la capital. Odidi arroja un AK-47 y huye de la multitud aullando. En medio de la narración, su muerte se va contando interceptada por sus pensamientos y el contexto que lo rodea: “¿Que me está pasando? Una voz dice: 'Cierra los ojos, muchacho. Ve a dormir'. Odidi tose tres veces. Burbujas rojas salpican. La voz dice: 'Estoy aquí'. Odidi inhala. No exhala. Se queda quieto”. 

La novela se desarrolla alrededor de la historia política de Kenia desde las vivencias familiares de Ajany. Adhiambo Owuor no hace concesiones ante el lector incauto que desconozca las convulsiones que han acaecido en el país africano desde la década de 1950, pasando por la independencia del dominio británico, hasta las violentas elecciones de 2007. Owuor narra la historia entre el sufrimiento de la familia de Odidi y Ajany, hasta crear un clima capaz de dibujar un desalentador panorama político nacional. La muerte de Odidi causará profundas rupturas y pondrá al descubierto secretos de mucho tiempo atrás.

La escritura de Adhiambo Owuor está dotada de gran belleza en cuanto a una descripción detallada y bastante poética. “La tristeza es un universo”, dice, y a través de Dust lleva al lector a un viaje profundo por el universo keniano de una familia y su propia tragedia. Yvonne Adhiambo obtuvo el premio Caine por su relato Weight of whispers, en el que narra la historia de un aristócrata ruandés refugiado en Kenia. En una de sus líneas señala: “Ser humano es ser intrínsecamente, totalmente, decididamente bueno. ¿No es así?” Cuestionamiento que pareciera tuvo en cuenta en la escritura de Dust once años después, puesto que en la novela ningún personaje sale ileso, nadie escapa del peso de su propia historia, ni Ajany a miles de kilómetros puede ser ajena al dolor y la violencia de su país natal.

Frente a la pregunta que hicieron en el portal Guernica sobre su interés por escribir una novela que retratara a Kenia y la diversidad de sus realidades, pues Dust posee una pluralidad extraordinaria sobre ese país que es urbano, rural, inglés, luos y kikuyu al tiempo, Owuor respondió: “Muy, muy a regañadientes. Quiero decir, amo este país, no de una manera nacionalista, pero es un lugar hermoso, y es un privilegio ser de esta tierra. Entonces veo su quebrantamiento y reconozco que su quebrantamiento hiere algo de mi propio espíritu. Kenia es una tierra inmensa con capacidad de curación. El país mismo es un personaje en el libro. Pero es un personaje mercurial. Siento que el país tiene una presencia que puede volverse contra su gente de una manera muy violenta. Es un espacio geográfico majestuoso y muy feroz”.

Con todo lo anterior, es importante resaltar que lo más maravilloso del mundo keniano que representa Owuor en su literatura no es solo un país quebrado por la violencia y la corrupción política, a pesar de señalar en una de sus líneas que los tres idiomas del país son el inglés, kiswahili y el silencio. Lo que nos deja Dust en sus páginas es la capacidad de la memoria como cuarto idioma y a través de ella, la esperanza en la grandeza de los sueños de su gente. En palabras de la escritora a un entrevistador: “Y sin embargo, si dejamos de soñar grandes sueños para esta tierra, para nosotros mismos, para el otro, entonces nos hemos matado el uno al otro”.

Polvo (fragmento)

Por: Yvonne Adhiambo Owuor

Versión de Jimena Jiménez Real

¿Qué perdura?

Una madre que desaparece, silencios asfixiantes, y el deseo de vomitar la angustia. La cabeza palpita, los puños se tensan y destensan. Ajany se balancea al filo de nieblas interiores. Resbala líquido por sus labios; sangre de la nariz, lágrimas pequeñas.

Huye.

Se apresura al interior tenuemente iluminado de su casa rosada y casi hecha astillas, que de noche se convierte en un chisporroteo-restallido de partes que unas termitas invisibles se están zampando.

Wuoth Ogik fue un día refugio que la música de la vida en el pastizal abarrotaba: la tos hueca de un padre, los silbidos ululantes de los pastores, el día entregando la vida a la noche, el llanto repentino y torturado de una madre, un hermano cantando canciones de agua a los camellos. ¿Qué perdura? Un padre suspirando Aiee! Sombras parlanchinas, paredes que se desmigajan, el perfume del estiércol y del sueño, destellos de antiguos estrépitos de cantos de Ajua que caen dentro de un tablero de madera marrón de catorce agujeros; las vidas de las vacas, ovejas, cabras y camellos; tres descendientes sarnosos beige-negros de un fiero perro pastor sin raza con algo de hiena.

¿Qué perdura?

Tiempo que es elástico.

Otro cruce de caminos. El Atlántico brasileño, São Salvador da Bahia de Todos os Santos. Hace cinco días Ajany había estado allí, mirando fijamente un collage de cielos de un azul intenso, nubes esponjosas, y una amplia vista del océano beige y espumoso. Euforia prenavideña espolvoreada con el ritmo de un tibio latido de terror acompañado de pánico, de espera y de quietud. Había tratado de telefonear a Odidi. También había esperado que otros, los guardianes del orden, vinieran a buscarla, había esperado hasta el final, hasta el momento en que el avión se abrió paso trabajosamente a las alturas, que la pararan y apresaran. Había esperado que todas estas personas la alcanzaran primero, pero en su lugar Nyipir la había telefoneado desde Kenya.

“B-aba”. Temió que supiera lo que ella acababa de hacer.

Pero él había susurrado, “Odidi se nos ha ido.”

Al principio había suprimido lo que pensó que había oído. No preguntó qué significaba se nos ha ido. Escuchó a Baba cuando dijo, “Vuelve a casa, nyara.” Y luego añadió, “Vuelve a casa, ¿por favor?” Su voz sonaba grave y avejentada.

Ella se había ido de Bahía con una maleta naranja y una bolsa de mano roja medio llena de ropa desparejada, un surtido de útiles de pintura, dos pasaportes, y tres tarjetas de crédito. Un teléfono móvil rojo y el collar de amatistas que siempre llevaba. Había metido su MacBook negro con los volúmenes de arte comercial, su ganarse la vida, en una bolsa roja con bandolera, y había huido.

[..] Todas las partidas tienen capas. La suya la acompañaron dedos de silencio en los labios de al menos noventa fantasmas. Zona de llegadas. Aterrizaje en el Aeropuerto Internacional Jomo Kenyatta contra un amanecer de postal cliché sale-el-sol-en-Nairobi, olor de acacias en la mañana, el cielo rojo, púrpura. Una sensación exacta de vida flotaba entre los pasajeros. Sabores caleidoscópicos, olores de tierra, para ella un borbotón de recuerdos. La mano de una madre espolvoreando una mezcla de hierbas en vasijas de piel de oveja para el agua, pelo especiado con ghee, jabones de cedro con corteza de acacia disecada y hojas de leleshwa. Una infancia escrita en aromas.

En la unidad de aduanas, se encaminó hacia una fila asignada a los ciudadanos del este de África; Ajany era de Kenya otra vez. Un funcionario de aspecto hosco y tono de teca que llevaba unos gemelos baratos prendidos a las mangas selló la página de su pasaporte azul. Plaf. “Te perdiste las elecciones.” Estaba ronco. “Karibu nyumbani.

La sala de recogida de equipajes y el rodar enrevesado del carrito. Un vistazo a la gente que espera. Y luego, frente a ella, fuera de lugar por lo indiferente, elegante y alto que parecía, estaba Baba, apostado donde el mundo de afuera se separaba de la mêlée interna. Recuerda la luz cálida, las nubes que captó el rabillo de su ojo izquierdo, el olor a tierra llovida mezclándose con el humo y los años y el sol y las vacas en el abrigo de su padre. Recuerda su cabeza en el hombro de Baba y las lágrimas que no iban a cesar. Recuerda que él murmuraba: “Ah, nyathina! Ah, nyathina!” Recuerda estar a salvo, y el ritmo de sus manos palmeándole la espalda, una voz retumbante llamándola suya.

Con los brazos enlazados, habían recorrido la carretera desde el aeropuerto hasta la morgue en el taxi amarillo de Leonard, en silencio. Baba observaba la carretera, y la vena en el lateral de su cabeza palpitaba. Cabreo por el tráfico, parachoques contra parachoques. Luces rojas de freno derramadas por el suelo mojado, como sangre que se escapa. Brisa arrulladora. Encima, cables de teléfono que colgaban cerca del suelo se balanceaban de aquí para allá, de allá para acá, de un poste de creosota a otro poste de creosota. A lo largo de la carretera, los restos de la temporada del jacarandá del mes anterior, la hierba verde de puntas marrones por las lluvias excesivamente breves. Cerca de un poste de la luz, una buganvilla granate se había enroscado alrededor de un crotón torcido. Los carteles con rostros de candidatos presidenciales y comercializadoras manchaban el paisaje; promesas en caras sonrientes, productos de salvación en envoltorios brillantes.

Leonard había girado las rueditas para subir el volumen de la radio.

Oyeron un repertorio de recuentos de voto, rumores, acusaciones, interrupciones en las salas de escrutinio, y otros tantos numeritos de fábula. El resto del mundo no existía. El coche viró a la izquierda, se deslizó atravesando una carretera llena de baches y se detuvo frente a un portón de pintura verdiamarilla y cuarteada con un escudo de armas. Decía:Tanatorio de la Ciudad de Nairobi.

¿Qué perdura?

Sorpresa.

Es también un signo de interrogación.

Y ahora, en las amplias habitaciones del hogar, Ajany embiste contra un lugar y luego otro, tirando de filamentos que pueda sentir, invocando a Odidi. Mira.

La habitación por la que vaga tiene postigos de madera que no cierran y está impregnada de un olor a excremento, a sal, a leche, humo, hierbas, y ghee. Ajany tropieza con un tablero de Ajua de catorce agujeros que está tirado en el suelo, lo hace a un lado con el pie. Sobre el mantel hay dos fotos en blanco y negro, en una de ellas un hombre monta a caballo llevando una bandera de Kenia torcida ─es su padre, Nyipir Oganda─; en la otra, que está enmarcada en cinta adhesiva, destaca un hombre de facciones anchas, el asesinado Sr. Tom Mboya, exministro de planificación económica que dirigió un puente aéreo masivo en el periodo anterior a la independencia y diseñó la bandera nacional. Cerca de ambas, una fotografía de estudio de colores desvaídos exhibe una bien vestida familia Oganda (incluido Galgalu), donde todos están dispuestos como enfrentando un pelotón de fusilamiento.

Junto a las fotos hay una gran concha marina de labios naranjas. Ajany la levanta, recordando su peso, la magia de escuchar océanos que la invocan. La coloca junto a su oreja. Oye a Odidi: ‘Jany, se oye el sonido de Tierras Lejanas. Devuelve la concha a su mugriento lugar. Algo cruje. Ajany mira por encima del hombro. Ecos de la memoria de pies familiares sobre madera de acacia manchada, suelos blancos de barniz descascarillado y tablones nudosos. Otra foto enmarcada. Ajany toca la cara de sonrisa desdentada de Odidi con Ocho Años. Se inclina hacia delante y descansa el rostro contra el cristal. Se le tensa el pecho al atragantarse con todos los ayeres deshechos. Este tono de extrañar tiene un resquemor venenoso: envenena el aliento, estira el tiempo.

Trabaja duro. Estudia.

Ajany se vuelve a mirar la chimenea. Trabaja duro. Estudia. Nyipir siempre trataba de estar en casa para que al volver durante las vacaciones escolares sus hijos lo encontraran allí. A veces salía al encuentro del errático autobús donde ellos regresaban, y los tres volvían juntos a Wuoth Ogik en el Land Rover familiar, que por aquel entonces era verde.

Sus preguntas no se hacían esperar. ¿Qué habéis aprendido? Odidi les habló del arte rupestre, de Mozart, de los aztecas y de la revolución industrial.

¿Aprendisteis algo sobre Myanmar? Preguntaba siempre Nyipir.

Y Odidi decía: “Aún no.”

Odidi. Siempre entre los cinco mejores de su clase.

Trabaja duro. Estudia.

Ajany era de las últimas; a veces la vigesimoprimera, otras, la vigesimotercera de una clase de veinticuatro.

Hasta que unas vacaciones de navidad, cuando Ajany tenía once años y pico, descubrió que una nueva forma de hablar clamaba en ella. Dibujó contornos, formas y criaturas del espacio en torno a las que nacería la imagen. Lienzo, papel, tierra. Una cosecha de gratificaciones no solicitadas: alabanzas de una escuela que odiaba, el primer premio en la exhibición nacional de arte, ahora la decimoséptima de una clase de veinticuatro, y la sensación de que lo que sentía era lo que se sentía al nacer por fin.

Sus grandes ojos brillaron todo el camino a Wuoth Ogik aquel diciembre.

*El fragmento que aquí traducimos pertenece a la novela Dust (Editorial Knopf, 2014).

 

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