La dependencia económica en el vestir

El amor y las modas

¿Cómo se viste una mujer a la hora de conquistar a un varón? ¿Y qué seduce a los hombres en la vestimenta de una mujer?

Ilustración iStock

¿Se preocupa un hombre por los estados de sus vestimentas cuando se dispone a atraer a sí a una fémina?

Una mirada a la moda moderna refleja la importancia que ha tenido en ella la dependencia económica de las mujeres. Mientras los hombres se hacían seres políticos, visibles, sociales y públicos, las mujeres permanecían invisibles, ociosas, consumidoras-imágenes, seres de belleza, preocupadas por su aspecto. Y eran también una de las maneras que tenía el hombre para mostrar su poder material en el mundo.

Mientras tanto, los hombres se estaban rehusando ya a ser objeto erótico para nadie. Nada de ser bellos. Todo utilidad.

Plumas como la de Roland Barthes explicaron que tanto ropas como joyas modernas –puestas siempre en mujeres– fueron durante mucho tiempo una manera de proyectar poder varonil. (Todavía es así a veces).

Ahora, para agradar a un hombre, una mujer se viste con frecuencia para complacer. Complacer significa actuar para otro, buscar una mirada que está afuera, aumentar la importancia de la aprobación externa. Algo que se les enseña mucho a hacer a las mujeres. A encontrar en lo externo su sentido de ser.

Existen, además, muchas maneras de complacer. Bien puede ser la desarreglada modalidad estética que seduce al cachaco varón o la feminidad cultivada que se reconoce dentro de cierto imaginario paisa.

No se equivoquen. No es la forma sino el fondo y ese fondo es verse, vestirse y actuar para obtener una aprobación ajena.

Complacer la mirada varonil no implica necesariamente armarse de cosméticos o permitir que asome un cuerpo pulposo. Puede ser también esquivar el maquillaje, ponerse ropita semivaronil, asumir poses de sencillez que no amenacen. No se trata de ser sexy desde el estereotipo predecible: se trata de escoger la vestimenta según los dictámenes del varón.

Depender, por ejemplo, económicamente de un hombre implica también sujetarse afectivamente a él.

Dentro de esa lógica, tan común para tantas mujeres ¿dónde más está el sentido de valor si no en la percepción del varón? ¿Dónde si no en sus gustos y sus anhelos, en sus apetitos y sus deseos, en sus tiempos y sus idiomas? Porque a las mujeres se les enseña eso también. Que la lógica que vale es, precisamente, la del hombre.

Y así, esas minucias que se tejen entre los sexos siempre se ven en los afectos y también en las vestimentas. Siempre hablan de temas menos aparentes también. El apego o la dependencia suelen motivar la ansiedad por complacer. Y han pensado, varones, ¿si la libertad les complace o les repele?

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