El arte de deslumbrar

Nada ha movido más la creatividad del hombre que sus deseos. De eso sí que sabía Jean-Francois de Bastide, un francés del siglo XVIII dedicado de lleno a la escritura y de cuya mano brotó una mágica joya libertina: La Petite Maison.

La Petite Maison, 1758Cortesía

Cuenta la historia que el marqués de Trémicour deseaba sin éxito a una joven llamada Mélite. El hombre, que se negaba a perder, se atrevió a hacerle una apuesta. La invitó a su Petite Maison y ella aceptó porque quería conocer el lugar y sentía que no la tentarían con engaños.

Mélite no había visto nunca nada igual. Jardines de cuentos de hadas, jarrones milenarios, figuras en porcelana, cuadros de grandes artistas, muebles de finas maderas, artificios, puros artificios. Se detenía a observar, volvía sus pasos, se quedaba extasiada en una imagen, en una escultura, en un lienzo, iba de aquí para allá, curioseaba todo en una fascinación hechizante.

Al final entraron al dormitorio, otra maravilla de espejos y consolas en mármol. Mientras el marqués hacía acopio de toda su paciencia para el goce, ella guardaba silencio. “Su lengua estaba muda, pero su corazón no callaba: murmuraba en secreto contra los hombres que recurren a todos los talentos para expresar un sentimiento del que son tan poco capaces”.

Siguieron su recorrido por los espacios de la casa de los que brotaban músicas como flores y entraron a una alameda que le produjo miedo a Mélite. “Trémicour, que sabía apreciar la ventaja que en toda ocasión da a un hombre el miedo de una mujer, la recibió y estrechó enérgicamente entre sus brazos cuando ella hizo un movimiento”.

Ella sentía que su curiosidad estaba satisfecha, pero ante la insistencia del marqués aceptó entrar a otro aposento lleno de cestas con flores y oro en las pinturas. De allí pasaron a un comedor donde la cena estaba servida, pero sin criados. Él insistía en su amor y ella en su indiferencia. “Aunque quisiera -le dijo ella-, ¿podría creerle? ¿Olvida dónde estamos? ¿Piensa en que esta casa es desde hace mucho el teatro de sus engañosas pasiones y que estos mismos juramentos que me hace han servido cien veces para el triunfo de la impostura?”.

El marqués intentó convencerla de que era un hombre nuevo y Mélite quiso irse. Trémicour la retuvo. “¿Qué pretende hacer?”, dijo. Y él respondió: “Adorarla y morir de dolor. Le habló sin engaños, mi estado es nuevo para mí”. La joven fue clara: ella era sensata y él, inconstante. “Sí, lo fui: fue culpa de las mujeres que amé; ellas mismas carecían de amor. ¡Ah¡, si Mélite me amase, si su corazón pudiera inflamarse por mí, sólo recordaría mi inconstancia por el exceso de mi ardor”.

El marqués se atrevió y ella se opuso, pero al final suspiró y perdió la apuesta. Mélite había caído en la trampa de los artificios.