El caso de los Bolcheviques de El Líbano (Tolima)

A propósito de los cien años de la revolución Rusa, en un pueblo anclado en las montañas de Colombia, en El Líbano Tolima, se dio en 1929 la primera -y fallida- revolución comunista de América Latina.

Imagen del parque central de El Líbano, Tolima.

En una carta del 5 de septiembre de 1927, dirigida por los revolucionarios de El Líbano, entre ellos el zapatero Pedro Narváez, futuro líder de la revolución de 1929 en ese pueblo del departamento de Tolima, al corregimiento de Santa Teresa, se decía: “Esta ciudad está próxima a ser visitada por la señorita María Cano, la virgen roja del proletariado colombiano (…) no hemos vacilado en formar un comité Pro-María Cano para organizar y atender debidamente a la propagandista genial que, a pesar de su delicada condición de mujer, arrostra toda clase de fatigas y sacrificios por llevar de uno a otro confín el mensaje sagrado de la liberación proletaria”. Esta carta forma parte de la ardua preparación que llevó el intento revolucionario de ese municipio, el cual ha sido reconocido por diversos académicos como la primera revolución comunista de América Latina. El acontecimiento histórico ha sido registrado por intelectuales de la talla de Ignacio Torres Giraldo, en Los inconformes; por Renán Vega Cantor, en Gente muy rebelde, y por el conocido historiador y coterráneo (de ese municipio) Gonzalo Sánchez, en su libro Los bolcheviques de El Líbano. Recientemente, BBC Mundo registró también el hecho.

La carta y la fallida revolución se inscribieron en el marco de los años veinte del siglo pasado, donde debido a la industria del café y a los 25 millones de dólares recibidos por el canal de Panamá, permitió la llamada modernización del país. En esa época, como mostró Luis Eduardo Nieto Arte, en El café en Colombia, se apuntala que la unidad nacional y los buenos precios del grano a nivel internacional contribuyeron a formar un mercado interno. Igualmente, el dinero recibido por Panamá se utilizó en el mejoramiento de la navegación, los puertos, ferrocarriles y carreteras. Esta modernización, que completaba en el país el proceso comenzado por la autocrática Regeneración de Núñez y Caro, estuvo acompañada por el ingreso de las multinacionales norteamericanas Tropical Oil Company y United Fruit Company, contra la cuales se dieron los levantamientos de 1924 en Barrancabermeja, contra la primera, y en 1928 en Ciénaga, Magdalena, contra la segunda. Esta última terminó con la llamada “Masacre de las bananeras”.

Este contexto fue el caldo de cultivo para el ingreso y fortalecimiento en el país de las ideas socialistas, específicamente de la Revolución Rusa, que comenzó el 23 de febrero de 1917, pero más conocida como la Revolución de Octubre. Políticamente, el contexto nacional e internacional favoreció la creación en 1926 del Partido Socialista Revolucionario, al que pertenecía María Cano -genealógicamente ligada a este periódico-; Raúl Eduardo Mahecha, Ignacio Torres Giraldo y Tomás Uribe Márquez, por mencionar algunos. En 1930 se creó el Partido Comunista Colombiano. En ese contexto se inscribía Colombia y desde luego el municipio de El Líbano.

Este era una zona enclavada en las montañas del norte de Tolima, fruto de la colonización antioqueña, y vinculado e integrado al mercado mundial por medio de la mula; un pueblo creado por arrieros y fundadores, como lo mostró Eduardo Santa, y que se vinculó mejor al resto del país con la creación, en 1936, de la carretera hacia el desaparecido Armero. En la época era el tercer municipio productor de café de Colombia y contaba con la presencia de alemanes y norteamericanos que comercializaban el grano.

El pueblo tenía seis trilladoras de café, cuatro fundiciones, una fábrica de chocolates, tres o cuatro trilladoras de maíz, con un crecimiento progresivo. A pesar del aislamiento, como sostiene Gonzalo Sánchez, El Líbano tenía un “extraordinario florecimiento cultural”, pues allí se editaban revistas y periódicos, entre ellos Cortafrío, “de Jorge Ferreira, un campeón de la libertad de prensa y la libertad de conciencia”. Había imprentas y una marcada actitud anticlerical -como sostiene Flaminio Rivera, amigo y actual director de la Casa de la Cultura de El Líbano-, donde la excomunión incluso llegó a ser bien vista por intelectuales. También hubo ideas teosóficas. Estas características favorecieron la llegada y el arraigo de las ideas socialistas en el municipio, por lo menos a partir de 1927.

En El Líbano, como en muchos otros lugares, había en sus haciendas cafeteras una importante concentración campesina, sometida a despóticos terratenientes, muchas veces, en condiciones semifeudales, con salarios malpagos, endeudamiento, y quienes tenían tierras, con asfixiantes hipotecas. Había aparceros, a los cuales les era prohibido sembrar café en sus parcelas, con el fin de evitar que posteriormente alegaran posesión de dominio sobre la misma. Estos terratenientes controlaban la producción y el comercio del pueblo. Era una sociedad que dependía de las cosechas del café y que no tenía, posterior a ellas, medios dignos de supervivencia. Esta situación fue la que se hizo insoportable cuando el precio internacional de grano decayó en 1926 y con la sobreviniente crisis económica mundial de 1929, la cual afectó también la región.

En ese ambiente se empezó a cocinar una revolución armada contra todo el orden social establecido. No eran simples revindicaciones o la destitución o sustitución del partido de gobierno conservando el sistema político, social y económico existente. No. Era una revolución radical, estructural, que cambiara las relaciones de clase, de producción, buscando la expropiación y redistribución no sólo de la tierra, “sino de toda la propiedad”, sostiene Sánchez en su libro. En eso consiste su especificidad frente a otras revueltas. Era el espíritu socialista que se había propagado entre tenderos, zapateros, obreros, artesanos y campesinos -que tuvo su período de maduración entre 1927 y Julio de 1927 -organizados en sociedades obreras, que leían y se educaban, en pleno contacto con el Partido Socialista, directivas a las cuales estaban vinculados Pedro Narvaéz, Ocampo Vásquez y los demás líderes del movimiento de El Líbano-.

Era tal la presencia de las ideas proletarias, que había bautizos y casamientos socialistas y los planfletos que circulaban entre artesanado y campesinos tenían un claro espíritu de justicia llegando a referirse al socialismo como una “Santa Doctrina” o “Santo Ideal”. Las cartas y comunicados entre revolucionarios cerraban con una despedida que decía “Vuestro en Lenin y la humanidad oprimida” o “hermano en nuestro padre Lenin”. Por eso, con razón dice Gonzalo Sánchez: “Lo peculiar de la Revolución en el Movimiento Bolchevique de El Líbano es que lo hayan hecho abrazando la ideología proletaria”, y fue peculiar precisamente porque aún no existía un proletariado fuerte en el país y porque no se tenían claras las fases de transición de esa revolución social que buscaba “transformar fundamentalmente la sociedad”.

La revolución estalló el 28 de julio en la noche en El Líbano y sus alrededores (Murillo, Santa Teresa, etc.), pero el intento fue rápidamente aplastado por los agentes del orden del represivo gobierno de Miguel Abadía Méndez, y gracias a la unión de liberales y conservadores, que como en 1854, y durante el Frente Nacional, se unieron para conservar sus privilegios contra otras alternativas políticas. El fracaso de la misma se debe también a cierta ingenuidad y problemas de comunicación y organización. Fue el fracaso de un pueblo aislado que creyó, que unido a un conjunto de levantamientos nacionales, realizaría en Colombia la Revolución Rusa.

 

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