Nominada a premios, amada y odiada por la crítica

“El cisne negro”, la violencia del superyó

El drama psicológico con el que Natalie Portman logró el Óscar a mejor actriz y que catapultó la carrera de Darren Aronofsky como uno de los grandes directores de la década.

El director buscó a Natalie Portman en el año 2000, esperando que ella estuviera interesada en realizar el papel de la bailarina obsesiva. / Cortesía

 

Prólogo

Era 1877 y la ira de Tchaikovski había retumbado por todo el teatro Bolshói en Moscú. Se había tardado un año en componer la música de su primera adaptación para ballet, una historia basada en el cuento tradicional alemán El velo robado. Era la primera presentación de El lago de los cisnes, un debut desastroso en el que nadie salió ileso. La crítica fue aplastante, porque al parecer la música del compositor no había sido armoniosa con la coreografía que había creado Julius Reisinger. Nada salió bien y Tchaikovski se estaba jugando su reputación como prodigio de la música. Lo demás fue historia, porque los creadores del ballet insistieron en perfeccionar la obra, la presentaron más de 40 veces desde ese rotundo fracaso, la moldearon, hasta convencieron a Tchaikovski de hacerle algunos cambios. En 1890, una nueva escuela rusa quería retomar El lago de los cisnes y acudieron a la ayuda del compositor, pero Tchaikovski no pudo ayudarles, porque murió muy pronto sin saber que su obra marcaría un antes y un después en las composiciones rusas, consagrándolo como uno de los más grandes en la historia.

Acto I

Cuando Darren Aronofsky pensó por primera vez en hacer una película sobre El lago de los cisnes observaba a su hermana ensayar intensamente para la escuela de danza en la que estudiaba. Había quedado cautivado con la presentación de la obra del Teatro Bolshói en el Lincoln Center y le impresionó profundamente la dualidad entre el cisne blanco y el cisne negro. Un alter ego que destruye y se necesita. La construcción de un doble que nos es completamente opuesto y de quien tememos nos arrebate todo por cuanto hemos luchado.

Comenzó a materializar la idea contactando a Natalie Portman en el año 2000, esperaba que ella estuviera interesada en interpretar a una bailarina de ballet obsesionada con la perfección de su trabajo. Después del éxito de películas como Pi, El orden del caos, Réquiem por un sueño y El luchador , el director sabía que lo que le interesaba era la construcción de la psiquis humana detrás de las obsesiones que aquejan los proyectos de las personas; el laberinto que representa la propia mente y cómo cada quién puede ser su propio abismo.

Ese fue el primer acercamiento del director a una de las películas más aclamadas por el público y la crítica. Amada y odiada con ella, Aronofsky cumplía de nuevo su cometido: no permitir que las personas salgan del cine igual a como entraron. Nadie sale ileso de la historia, nadie.

Acto II

Una escena en negro en la que irrumpe la adaptación de la música de Tchaikovski, no hay público, ni cámaras, ni compañeras de escena. Una bailarina delicada, vestida de blanco, se lanza con elegancia hacia el escenario mientras la luz le sigue cada uno de los pasos. Está interpretando al cisne blanco con pulcritud, precisión, dramatismo. No hay un solo movimiento que escape a su cabeza, todo está premeditado; la chica que sufre en el escenario sin público ha estudiado intensamente cada uno de los pasos. Es la versión del Teatro Bolshói, Nina está soñando con el auge de su carrera, y cuando abre los ojos, sonríe. Lo ha soñado todo, es el día de la audición en la escuela de ballet en la que trabaja, ella quiere ser la reina cisne, pero todas quieren lo mismo.

Acto III

La trama se va desarrollando detrás del esfuerzo de Nina por ser la bailarina principal de la próxima temporada en su compañía. Una mujer dibujada desde la sutileza, la timidez y la disciplina. Vive en Nueva York con su madre, con quien ha construido una relación enfermiza de sobreprotección. Después de la primera escena del baile, Aronofsky ilustra ese primer estatus de su personaje como hija: una habitación con las paredes color rosa, llenas de mariposas. Peluches y juguetes invaden cada uno de los rincones. Portman se levanta y luce una delicada pijama rosa que busca hacer juego con la excentricidad infantil de su habitación. Sin que esto sea suficiente, la madre, interpretada por Bárbara Hershey, hostiga constantemente a su hija llamándola Sweet girl. Sabe que su hija ha crecido, pero necesita ver en ella el cumplimiento de todos los proyectos frustrados de su vida propia.

Acto IV

Aronofsky rodó el filme con un presupuesto corto, apostó por escenarios hiper localizados y por la sobreexaltación del personaje principal. Cargó a Nina con todos los elementos necesarios para disparar un drama psicótico: una mujer obsesionada con su profesión, que no parece tener más razones para existir que el baile y la vida con su obsesiva madre. Un director de la compañía arrogante y vanidoso que aprovecha los sueños de brillar de las jovencitas que bailan en sus obras.

Las ilusiona, las usa, viola su intimidad, finge que las protege, las presiona, saca de ellas lo que necesita y después las desecha. Al final está Lily, esa especie de amenaza que Nina encuentra en su camino al éxito; Lily es todo lo que el personaje de Portman no consigue: desenfadada, seductora, malvada. La presión crece sobre el personaje y las visiones comienzan; los espejos como recurso de la gestación de otro que amenaza la salud mental de la protagonista. Nina inicia una serie de alucinaciones que se catalizan con la amistad oscura que tiene con Lily. La bailarina logró el papel de reina de los cisnes, pero no consigue desarrollar al cisne negro. Ha reprimido demasiado tiempo el gozo, el sexo, la banalidad y el dejarse ir. Todo se vuelve caótico y Aranofsky ha agarrado al público por el cuello, una escena tras otra va aumentando la adrenalina de una película que no deja discernir sobre la realidad; el director ha completado su cometido y todos nos sentimos atrapados en la psicosis de Nina, que ha bailado brillantemente toda la pieza y se deja caer para siempre con la sangre brotándole de las entrañas. Nunca nadie hizo una interpretación así, nunca nadie podrá reemplazarla, ella se encargó de aquello. Fue perfecto.

 

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