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El crimen del señor G

Mientras el mundo tenía los ojos fijados en lo ocurrido la noche de domingo en Las Vegas, el lunes a las 9:15 a.m. un hombre apuntaba un arma contra otras dos personas en el condominio Coastal Vista South de Pompano Beach, Florida, sin generar mucho revuelo

Archivo particular

El señor G de 87 años y pelo grisáceo había regresado a su casa en un primer piso hacía solo dos semanas,  luego de que su hija aceptara sacarlo del centro de reposo donde quiso dejarlo al cuidado de expertos,  justo cuando él despertó del coma. El señor, con el hilo de voz que se filtraba aun entre su máscara de oxígeno, le prometió que si lo dejaba irse,  iba a descansar y a estar con un enfermero durante todo el día. Debía ser enfermero hombre porque la única mujer que había visto sus partes íntimas era su esposa y así quería que siguiera siendo. Ella aceptó y agregó una enfermera que lo visitaba en las mañanas. El señor G siempre fue atento y conversador, autosuficiente hasta donde podía… pero llevado de su parecer, como todos a esa edad. Como todos a cualquier edad.   

El día del operativo el señor G estaba sentado en su silla y David Jaramillo, Manager de una empresa de limpieza, llegaba tarde al trabajo. David decidió desayunar un croissant caliente que le tomó diez minutos más, porque no sabía a qué horas podría almorzar. Debía manejar desde Hollywood hasta Pompano Beach, alrededor de media hora en una mañana tranquila, porque un antiguo y querido cliente lo había llamado para que visitara su casa. Justo ese lunes había un tráfico inusual.

No se veían hace un mes, cuando el señor tuvo que ser internado por una crisis, pero David aceptó la visita de inmediato porque a pesar del estado deplorable de alguna de sus cosas, el señor G le producía empatía. Lo hacía pensar en cuánto quería a su padre.

Mientras pensaba, David no se percató  del alarido grave y en inglés que le ordenaba detenerse en la calle cuando se disponía a entrar, un poco tarde, al condominio del señor. Una tanqueta del Swat rellena de hombres vestidos de verde, tres carros de policía blancos y negros, uno color ciruela con un letrero  de Sheriff y un helicóptero con letras grandes rodeaban la zona. En un segundo, David se vio atrapado en un callejón sin salida, en el que policías de lado y lado daban órdenes para negociar o atacar. ¿Qué pasaba?

Como necesitaba la plata, y estaba acostumbrado a que la policía de la Florida armara grandes operativos solo para un levantamiento de un cadáver o una pelea familiar, David tranquilo, se dispuso a esperar unos minutos a que el revuelo pasara, en el lugar donde le indicó el americano musculoso. Un parqueadero descubierto que pertenecía al condominio que estaba al frente de la casa del señor.

Como todo colombiano, o mejor como todo chismoso, su prioridad mientras podía entrar, era entender qué estaba pasando. Afinó sus ojos encapuchados por los párpados superiores y desde lejos notó que la puerta del señor G era la única que estaba abierta. El sofá de la entrada no estaba, pero no podía distinguir manchas de sangre ni desorden.  Un rubio de acento fuerte, que intentaba captar la escena con una cámara profesional, le contó  entusiasmado que en esa casa había un secuestro.

El señor G estaba siempre acompañado por un hombre moreno y de contextura grande, que no le ponía mucha atención. ¿Sería él el secuestrador? El anciano enfermo era una blanco fácil.   Para disipar la duda que le aceleró el corazón David marcó su celular.   El señor, que a veces olvidaba su nombre, contestó tranquilo con su voz forzada y le dijo que esperara un momento para entrar. Su respuesta le aseguró a David que estaba bien.  Por eso decidió quedarse un poco más.

Desde el estacionamiento veía cómo los policías se ponían los chalecos antibalas y el helicóptero bordeaba el cielo. Quiso irse y no pudo salir.  Fue casi una hora de espera hasta que vio que el enfermero que trabajaba hace unas semanas para el señor G, salió caminando despacio por la puerta. Sintió un respiro al saber que la casa a la que debía entrar no era la afectada.

 David pensó que estaban evacuando el edificio por seguridad y que todo iba a acabarse rápido. Para asegurarse, volvió a marcar el celular negro de pantalla quebrada que usa para su trabajo, pero esta vez G no respondió. Los helicópteros de las noticias comenzaban a llegar, pero no había transmisión inmediata por el especial de la investigación a Stephen Paddock, el atacante de la masacre de Las Vegas. Desesperado por la espera, y sin poder trabajar, David pidió a los policías permiso para irse. Lo dejaron salir a las 10: 40 de la mañana sin saber nada.

En la tarde, ya en a casa, David se enteró por el Canal 10 que, en Pompano Beach, un hombre de 87 años había secuestrado y apuntado con un arma a dos enfermeros, un hombre y una mujer, que querían sacarlo de casa. Ambos estaban a salvo. En el video que pasaron, tomado a las 11:30 de la mañana, se veía claramente la cara pálida y la mirada perdida del señor G, mientras era trasladado al hospital, en una camilla, y rodeado de docenas de policías. No se reveló su nombre.

Cuando vio salir al moreno de cara conocida a las 10 am, David estaba presenciando su liberación. Cuando habló con el señor por teléfono, tal vez él tenía el arma aun en la mano y estaba esperando la llamada del negociador de la policía.  Si esa mañana de lunes David hubiera llegado temprano a trabajar, seguramente hubiera presenciado el secuestro, tal vez hubiera sido uno de los rehenes del anciano desesperado por estar en su casa, por cuidarse solo y que según los medios, estaba confundido por sus problemas de memoria.

David tuvo pesadillas esa noche. No entendía como un anciano declarado con Alzheimer,  que no podía respirar o caminar por sus propios medios, tenía el permiso, la fuerza y la valentía de apuntar un arma contra alguien. Recordaba también que recién llegado al trabajo una mujer lo había llamado para revisar un apartamento donde alguien se había suicidado a tiros. Ambos poseían armas propias.

En Estados Unidos para hacerse de casi cualquier tipo de arma de fuego solo se necesita ser mayor de 18 años (aunque para comprar una cerveza se debe tener 21), pasar una revisión de antecedentes y 72 horas de espera. Un proceso realmente superficial teniendo en cuenta la responsabilidad y estabilidad mental que requiere tener un arma mortal.

Según los distribuidores con licencia, además de lo anterior se debe demostrar que el comprador no tiene antecedentes de demencia, pero en la práctica personas como Esteban Santiago, el tirador del aeropuerto de Fort Lauderdale, que según partes médicos sufría de esquizofrenia y hasta el mismo señor G, que ahora sufre deterioro por el Alzheimer,  obtuvieron el permiso para portarlas. 

Solo una pequeña parte del problema se centra en que algunas enfermedades psicológicas, como la esquizofrenia, pueden desencadenarse sin episodios previos ni antecedentes.  Lo que demuestra que aunque en el momento de adquirir el arma el comprador disfrutara de lucidez, puede tener delirios y comportamientos agresivos días, meses o años después, con el arma en sus manos. Y sin tener revisión constante de las autoridades.

Los incidentes de civiles tiradores son cada vez más comunes en el país, mientras algunos defienden su derecho a portar armas. Para saber el por qué del aumento solo basta con preguntarse, ¿si yo tuviera un arma le apuntaría a otro en alguna circunstancia para lograr mis objetivos, así no me atacara? La respuesta, aunque no se diga de boca para afuera, siempre es sí. Ese es el poder que da tenerlas.  

Con un promedio de 89 armas por cada 100 habitantes y según estudios de 2013, más de 5 millones de personas con Alzheimer u otra forma de demencia, seguramente el señor G no es el único anciano confundido que actualmente guarda un arma en su casa y que está dispuesto a usarla. 

 

 

 

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