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Crónica

El día en que Macondo se murió de viejo

Aracataca, el pueblo que recreó Gabriel García Márquez, y que llamó Macondo en “Cien años de soledad”, sufre por el paso de los años y la demolición de algunas de sus emblemáticas casas.

Gabriel García Márquez y Macondo, dos historias mágicamente inseparables. / Archivo El Espectador

Algunos días de buena mar, llegan noticias a España sobre Macondo. Salen de Santa Marta, cruzan el mar Caribe con fiel rumbo, sortean los huracanes del desconcierto y atraviesan luego un océano que siempre es más ancho y más profundo de lo que sugieren los mapas. Desde Aracataca, la capital del Macondo genesíaco, nos llega entonces la crónica polvorienta y amarga de la desolación. La vieja aldea de casas de barro y cañabrava, que creció a orillas del río de la imaginación de Gabriel García Márquez, parece sumida de nuevo en una severa epidemia de olvido. Un serio temor me asalta entonces: si es verdad que Macondo es la gran metáfora del mundo, como aseguran los críticos, puede que, tras la muerte de la aldea mítica, acabemos sucumbiendo todos nosotros también, y ya no haya nunca más, ni para nadie, una nueva oportunidad sobre la tierra.

La calle de los Turcos, la farmacia Barbosa, el Comisariato de la United Fruit Company, el antiguo teatro Olimpia o el Pradito, el gallinero alambrado de los gringos, son sólo cinco de los diecinueve espacios que Rafael Darío Jiménez, director de la casa-museo García Márquez, tiene catalogados como bienes inmuebles del patrimonio cultural macondiano. Es justamente el mismo ardid que utilizó ya Aureliano Buendía durante los tiempos de la desmemoria. Con paciencia ejemplar, etiquetó los objetos y los animales y las plantas de Macondo para que sus nombres resistieran los duros picotazos del olvido. Con buena caligrafía inglesa escribió “puerta para entrar”, “cama para dormir”, “cacerola para cocinar” o “esto es una vaca y hay que ordeñarla todas las mañanas”. Con similar proceder, Rafael Darío intenta hoy salvar del naufragio los últimos recuerdos de Macondo. Me dice: “Aquí, aferrado a la mano de su abuelo Nicolás, Gabito vino a conocer el hielo”, “allí se bañaba Remedios la Bella”, “aquí bailaba Pietro Crespi”, “este era el cine de los hermanos Daconte”. Y recorremos juntos todo este universo de callejas y plazoletas, donde se encuentran y se mezclan, inextricables, la historia de Aracataca y la ficción de Macondo. Lamentablemente, todo eso está hoy a punto de desaparecer bajo la herrumbre inexorable del tiempo, carcomido por el comején de nuestra propia indolencia o, peor aún, demolido a golpes bajo la triste piqueta de la especulación.

Justo enfrente de la casa natal de Gabo se levanta la farmacia Barbosa. Es una casa esquinera de dos naves y una sola planta, con un techo de zinc que cruje con el sol de ceniza y vibra bajo el peso de todos los aguaceros. Allí vivió el doctor Barbosa, vecino y amigo del coronel Márquez y el primer médico titulado de Aracataca. Antonio José Barbosa Arroyuelo nació en Maracaibo (Venezuela), se graduó brillantemente en la Facultad de Medicina de esa ciudad en 1901 y llegó a ser presidente de la Sociedad Médica Venezolana. Durante su mandato, se volvió tan encrespada su oposición al dictador Juan Vicente Gómez, que Barbosa se vio obligado un día a cruzar la frontera con Colombia junto a un grupo de políticos perseguidos y militares descontentos. Atravesaron juntos esa gran llanura del desamparo que es La Guajira colombiana y se fueron dispersando luego por la tierra de promisión de la Zona Bananera. Barbosa se radicó primero en Orihueca, luego en Guacamayal y finalmente en Aracataca, cuando todavía Macondo ni siquiera había sido inventado. Desde su llegada en 1913, el doctor Barbosa se convirtió en un miembro activo de la comunidad cataquera. Se ocupó de buscar trabajo a sus compatriotas en el exilio, de mitigar sus dolencias, entretener sus nostalgias y avivarles el odio contra el dictador Gómez, aferrado todavía al poder.

Gabito siempre le tuvo un miedo hipnótico a su vecino el doctor Barbosa. Le espantaban sus fijos ojos amarillos, sobre todo desde que un día lo sorprendió robándole unos mangos en el patio y le hizo devolverlos. “Raterito de patio”, le llamó, mientras se le clavaban sus duros ojos amarillos en mitad de la conciencia para siempre. Su nieto, Adolfo Barbosa, lo recuerda en cambio como un hombre afable y de gran humanidad. A veces, sufría períodos de una depresión ensimismada y brumosa, que lo hacían pasar las horas tumbado en una hamaca de lampazo, perdidos sus ojos amarillos en los desconchados del techo. Mientras tanto su mujer, Adriana Berdugo, atendía la farmacia. “Mi abuela Adriana le daba de comer y lo aseaba con friegas de alcohol”, me cuenta Adolfo a las mismas puertas de la casa. Dos oscuros gallinazos vigilan nuestra charla desde un tapial vecino.

La figura del doctor Barbosa, médico y boticario de Aracataca, es clave para entender cabalmente no sólo la posición preeminente que la medicina y los médicos ocupan en la obra de Gabriel García Márquez, sino también la propia génesis de Macondo como universo literario. Tanto el propio escritor como sus biógrafos más conocidos han señalado la presencia inspiradora de Barbosa tras la figura del médico francés, personaje vertebral en La hojarasca (1955), la primera novela del escritor colombiano.

Pero quizá todos estos datos sean simples anécdotas biográficas en comparación con la relevancia que la farmacia Barbosa tuvo para la génesis de Macondo y del estilo literario de García Márquez. En febrero de 1950, el escritor acompañó a su madre a Aracataca para vender la casa familiar. Más que un viaje en el espacio geográfico de Colombia, fue para Gabo un viaje al tiempo de su infancia. Viviendo con sus abuelos, Gabito había visto decaer los días de la prosperidad bananera. Ahora, las calles y las casas de Cataca seguían allí, con sus almendros polvorientos y sus tejados de zinc, oxidados ya por la herrumbre del tiempo; pero fue la primera vez que Gabo supo ver el tesoro que encerraban. Al entrar, su madre y Adriana se reconocieron al instante y se abrazaron emocionadas en el aire balsámico de la farmacia. El joven periodista García Márquez volvió a sentir un escalofrío al cruzarse su mirada con los ojos amarillos del anciano Barbosa, que ejemplificaba bien en su persona la ruina y la devastación del tiempo. Fue un encuentro epifánico: delante de las estanterías con los viejos pomos de farmacia, rodeado del aroma de naufragio de la valeriana y, sobre todo, delante de aquellas dos mujeres abrazadas y llorosas, Gabo tomó conciencia viva de que las historias que debía contar no eran las de Poe o las de Kafka, ni siquiera las del viejo Faulkner, como había venido haciendo hasta ahora, sino la historia de su propia vida, la de su propia familia, la de su propia casa, la de su propio pueblo.

No creemos exagerado pensar que la farmacia Barbosa sea el kilómetro cero de los caminos de Macondo y de toda la obra literaria de Gabriel García Márquez. Cualquier lector atento captará que, hasta 1950, sus historias son textos fabricados artificiosamente a imitación de sus autores favoritos del momento, pero no corresponden ni al estilo ni a los modos que ya empiezan a definirse en García Márquez entre 1951 y 1955. En narraciones como Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles (1951), La noche de los alcaravanes (1953) o Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo (1955), comienza a vislumbrarse ya su estilo literario más genuino. Aquella mañana, el doctor Barbosa regaló a Gabo no sólo una clave temática e interpretativa para sus historias, sino también un modo propio de narrarlas. En una conversación memorable con Mario Vargas Llosa que tuvo lugar en la Universidad de Lima en septiembre de 1967, pocos días después de que se publicara Cien años de soledad, el propio Gabo reconoce, refiriéndose al reencuentro con Barbosa, que “fue el episodio más decisivo de mi vida de escritor (…) en ese momento me surgió la idea de contar por escrito el pasado de aquel episodio, de aquel pueblo polvoriento y caluroso”.

Hoy nada queda de la vieja farmacia Barbosa, ni el mostrador de madera, ni las dos vitrinas con pomos de cerámica, ni el cuadro enmarcado con el juramento hipocrático. Ni siquiera se percibe ya el olor a valeriana que la impregnó desde sus mejores tiempos. En su lugar, uno se encuentra con una tienda de telefonía móvil, una fotocopiadora y artículos de piñatería y de regalo. El edificio fue tabicado y fragmentado en pequeños locales comerciales. El kilómetro cero de los caminos de Macondo desapareció del mapa y corre incluso el riesgo de ser demolido en unos meses. Desde aquí, nuestro llamamiento a las autoridades civiles competentes, a las instituciones culturales del país, a la Universidad del Magdalena, a la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, a las Academias de Medicina y a cualquier institución que se sienta interpelada, primero para que el edificio de la vieja farmacia Barbosa, cuna literaria de Macondo, sea preservado como merece. Y luego para promover la puesta en valor de esta típica construcción cataquera de los tiempos del auge del banano, garantizar su restauración y recuperación como antigua farmacia rural de inicios del siglo XX. Su incorporación al vecino conjunto monumental de la casa-museo García Márquez permitiría disponer, además, de un nuevo espacio expositivo en el que pueda darse a conocer al Magdalena, a Colombia y al mundo la figura del doctor Antonio José Barbosa y el papel que tuvo su farmacia en la vida local de Aracataca y en la génesis de la obra literaria de Gabriel García Márquez. Desde aquí, la invitación y el llamado para que Macondo pueda seguir vivo más allá de nuestra imaginación.

*médico y autor del trabajo “Médicos y Medicina" en la obra de García Márquez.

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