Entrevista a Roberto Burgos Cantor

“El escritor hace su trabajo bajo un estado de aturdimiento”

Burgos Cantor acaba de publicar “Ver lo que veo” (2017), una novela en la que trata varias historias que muestran la miseria y el decaimiento de unos personajes mientras contemplan la idea de sobrevivir en un mundo que es hostil.

Roberto Burgos Cantor es el director del Departamento de Creación Literaria de la Universidad Central. / Cortesía

Nacido en Cartagena de Indias en 1948, Roberto Burgos Cantor es, probablemente, uno de los escritores colombianos más importantes de los últimos cincuenta años. Ha publicado cerca de catorce libros, explorando los géneros del cuento y la novela. En 2009 recibió el Premio de Narrativa José María Arguedas, otorgado por Casa de las Américas; ha sido reconocido con el Premio Jorge Gaitán Durán, otorgado por el Instituto de Bellas Artes de Cúcuta, y fue finalista del Premio Rómulo Gallegos (2010) por su novela La ceiba de la memoria. En 2017, el autor publicó su título más reciente: Ver lo que veo, una obra compacta que, en palabras de Fernando Araújo Vélez, quedará en los anales de la literatura por varias generaciones.

¿Cuál es la palabra más bella del castellano?

Las palabras van cambiando con el tiempo, como las personas. Entre tantas, una de las que más me gustan es “terneza”, una forma más de la ternura.

¿Piensa que en la literatura colombiana un autor debe narrar únicamente desde su región? ¿Un escritor del Caribe, por ejemplo, tiene la obligación de narrar el Caribe?

No creo que se trate de una obligación sino de una tradición. Por años, los expertos que estudiaban los temas sociales denotaron cierta proclividad hacia un fenómeno que se llamó la “inautenticidad” en la cultura colombiana. Fue un fenómeno que trascendía todas las áreas y antecedió a nuestros pensadores y líderes, quienes para destacar algo positivo o negativo de lo que sucedía en el país, apelaban a figuras de afuera, no había referentes propios. Creo que el hecho de que ahora es posible encontrarse con aspectos de una narrativa que se refieren a lugares precisos de este país, tiene dos connotaciones positivas. La primera: “Descubre tu aldea para que seas cercano al universo”, lo ha dicho Tolstói. Eso no lo habíamos entendido nunca. Pensamos que el universo era la vaguedad de lo desconocido. La segunda: Con ese culto exagerado que tenemos hacia la palabra de la ley, ahora desarrollamos la idea de que somos un país diverso. La aceptación de esta diversidad tiene una manifestación precisa en algunas de las narrativas que se están proponiendo.

En su opinión, ¿cuál fue el aporte de Manuel Zapata Olivella a las letras nacionales? ¿Qué es lo que más aprecia usted de su obra?

Manuel conoció el país al detalle. Era un andariego. Cuando él fundó la revista Letras Nacionales, permitió el diálogo y la promoción de diferentes artistas que venían de latitudes sumamente distantes, no sólo del país, sino también de afuera. Con el tiempo, se dedicó al reconocimiento de su condición afro. Él participó en todos los movimientos, pero eso nunca sepultó al novelista que había en él. Tierra mojada (1947), que es la primera novela que escribe, tiene prólogo de don Ciro Alegría, uno de los grandes escritores latinoamericanos del momento, es la muestra del gran talento que venía gestando. En lo personal, la novela que más me gusta de él es En Chimá nace un santo (1964), en donde da rienda suelta a su narrativa como si estuviera con una cámara, mirando de cerca el tema de la religiosidad popular. Es una novela importante de la literatura colombiana.

¿Cree que hay elitismo en el mercado editorial actual del país?

He visto un proceso que va in crescendo. Permanecen algunos autores de importancia, nombres que han logrado ubicarse en un escalón alto gracias a su trabajo y la constancia de su oficio. Anexo a eso, y desarrollándose casi a la par, se ve un cuidado por la renovación de las letras nacionales. Entonces, en las editoriales donde prima lo comercial uno ve que el cuidado por lo que viene es significativo. Encontrar autores como Andrés Mauricio Muñoz o Giuseppe Caputo en este tipo de editoriales “grandes” es un lujo para los lectores, porque se trata de gente que está haciendo las cosas bien, escritores de gran calidad.

¿Cuál cree que es la visión del escritor formado en la academia, en comparación con la de aquellos que se forman por sí solos?

El escritor que decide formarse en la academia se dispone a seguir un misterio. Creo que el hecho de buscar un colectivo para apropiarse de las técnicas de la escritura tiene algo de crueldad dentro. Seguramente, esa es una de las claves que merece más cuidado al momento de su indagación: ¿Por qué se escogió esa vía? Uno ve de manera nítida qué aporta la Academia: disciplina, posibilidades de lectura, posibilidad de sostener un diálogo. Presentar esas primeras letras a comentarios con una visión abierta, con desparpajo, discutir con el maestro que tiene experiencia como cuentista o novelista, permite elegir un camino. Transmitir este tipo de experiencias no quiere decir que quien la recibe deba seguirla, pero sirve de referencia para las búsquedas propias que por alguna razón misteriosa se ha aventurado a escribir. No me cabe duda de que socialmente es útil, porque el hecho de venir a la academia supone una respuesta positiva mediante la cual el escritor reconoce que no tenía la vocación y eso lo salva de la amargura, del fracaso.

Hablemos de su nuevo libro. ¿Cuál es el argumento de “Ver lo que veo”? ¿Cuánto tiempo le tomó la escritura de este “coro de voces errantes”?

El autor es una mera referencia que no siempre puede volverse en un criterio de legitimidad de lo que escribe. En ese orden de ideas, está enfrentado al texto como un lector en desventaja. El escritor hace su trabajo bajo un estado de aturdimiento, viendo al horizonte, dimensionando la ambición, solucionando en el texto lo que se plantea en la cabeza, lleno de incertidumbres y dudas. No podría hablar muy bien sobre lo que escribo, pero haciendo un esfuerzo diría que esta novela es quizá algo que explora lo que ha surgido al tejer el mundo de la pobreza y el de la riqueza, lo que ese tejido tiene por mostrar, lo que he visto. Es el siglo XX y sobrevivir es la única aspiración de un barrio desplazado en la costa Caribe. Sus habitantes no logran pertenecer más que a sus miedos y recuerdos. Un hombre abrazado por la ruina se refugia en el azar del juego esperando que la vida le devuelva un pedacito de luz, el pasado que ya no pasa. Lejos de los casinos y las apuestas, una mujer siempre ve lo mismo: el mar y su brillo, la ciudad amurallada, el mangle, los vecinos y extranjeros. La escritura del libro me tomó tres años, desde que entregué la novela que se publicó anterior a esta.

¿Para qué escribe Roberto Burgos Cantor?

Para no morirme.

Temas relacionados

 

últimas noticias

Oscar Wilde: el retrato de un hedonista cautivo

“Infinito”, cartografías del deseo

Hablemos de Improvisación: Guide de Voyageurs

El curioso caso de la flor del café