Obras de Daniela Serna y Daniel Salamanca

El espacio del lenguaje

“Articulé no sin un temblor” es una expresión que aparece en uno de los magistrales cuentos de Jorge Luis Borges y que sirvió de inspiración para la más reciente exposición en la galería Lokkus, que irá hasta el 7 de octubre.

"Cuerpo textual" (2017), de Daniela Serna, es una de las obras de la exposición “Articulé no sin un temblor”, de la galería Lokkus. / Diego Chavarria

El universo del lenguaje es cambiante, por lo tanto, multiforme; es “un organismo infinitamente complejo (…) cuyos elementos están presentes en el mundo de forma simultánea”, dirá Paul Auster. El lenguaje se presenta, para Mijaíl Bajtín, como un todo mecánico cuyos elementos están unidos solamente en el espacio y en el tiempo mediante una relación externa, y no están impregnados de la unidad interior del sentido. Diremos entonces que el lenguaje será para nosotros, y bajo el contexto de la siguiente exposición, un organismo mecánico (en tanto que máquina técnica) que desmantela a través de sus sistemas de escritura, lectura y oralidad, su propia imposibilidad; esto si tenemos presente que “las partes de un todo semejante, aunque estén juntas y se toquen, en sí son ajenas una a otra”.

“Articulé no sin un temblor” es una expresión que aparece en uno de los magistrales cuentos de Jorge Luis Borges: El jardín de senderos que se bifurcan (1941), y constituye también el título de la muestra que se presenta en la galería Lokkus Arte Contemporáneo, curada por Érika Martínez Cuervo, que reúne los trabajos, realizados especialmente para el espacio, de Daniela Serna (1991) y Daniel Salamanca (1983), una dupla relevante de artistas que han trabajado el lenguaje como un dispositivo cultural móvil e ideológicamente inestable, quienes se integran a este ejercicio expositivo y curatorial, materializando la muestra como una totalidad creativa a partir de las prácticas que como escritora e investigadora motivaron a Érika MartínezCuervo en su realización. Así, la muestra surge a partir de una serie de búsquedas desde lo que la curaduría propuso como “el montaje como metodología y lenguaje en los procesos del pensar y del hacer”, en tanto que no hubo separación entre el proceso exploratorio llevado a cabo por ambos artistas y el trabajo curatorial que ha realizado Martínez. Articulé no sin un temblor es un experimento metodológico en el que “desde diversos medios, como la instalación, la pintura y el video, se revelan las relaciones conceptuales de dos artistas que han dedicado su carrera a reflexionar sobre la importancia de señalar el lenguaje como un sistema codificado al que todos nos sometemos culturalmente”.

No obstante, si bien el proyecto indaga los alcances y los límites del lenguaje, hay en esta muestra mucho más por revelar que exige de los espectadores ese “leer entre líneas”, porque nada allí se presenta de manera literal, pues las piezas formales plagadas de signos están argumentadas desde múltiples sentidos, como en la obra 12 meses, de Daniel Salamanca, o Matriz, de Daniela Serna, obras con las cuales ambos aluden a los espacios “literarios”, tanto físicos, como en el caso de Salamanca, quien nos muestra una serie de escritores en sus estudios, como conceptuales, en el caso de Serna, quien presenta una elocuente frase —nuevamente— de Borges, en piezas vaciadas en resina de poliéster similares a los tipos (teclas) de una máquina de escribir, pero en una mayor escala.

En efecto, la literatura está presente, pero no sólo desde las frases de los escritores reconocibles, sino a partir de léxicos fragmentados en palabras, oraciones y párrafos que, conjuntamente, plantean aquello que no logramos atrapar en la comprensión del lenguaje, dotando además de una gran importancia al espacio, en el sentido de que la curaduría articuló las piezas con una profunda limpieza museográfica, y en aquello que no está dicho, que no está escrito y que no está articulado; aquello extraño que no entra en el juego narrativo, no siendo el autotelismo de que advertía Rancière, no siendo tampoco ese reino cerrado en sí mismo de la descripción, sino la tensión entre la letra y el espíritu del lenguaje. Así, el gran “descubrimiento” del espectador cuando comprende que la muestra no intenta esclarecer una (su) dimensión ininteligible, será un desenlace tautológico.

El fundamento de la muestra sería entonces —y lo señalo de manera especular—, al igual que en la literatura, aquello que destruye su propio concepto. Lo que convierte el proyecto en un escenario lleno de elipsis, metáforas, retruécanos, e ironías, configura un campo intertextual, porque su juego aparece desde una hermandad entre dos mutismos particulares, a saber: “la palabra muda que la poética confiere a todas las cosas”, por una parte, y “la letra muda de la escritura”, que se presenta —en apariencia— como un medio demasiado locuaz. Cerrando, pues, este círculo y poniendo en escena estas vacilaciones en un parafraseo atrevido a Rancière, será pintoresco aunque lúdico decir que el color oscuro de un reguero de tinta se convierte, paradójicamente, en el refugio de la consistencia del arte.

 

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