Antje Weithaas (violín) y Thomas Hoppe (piano)

El formato violín y piano es la "Música de cámara para la aldea perdida"

Es en el período del clasicismo, la época en que la sonata para violín y piano tuvo su mayor esplendor. Luego algunos compositores como Mozart o Beethoven o Schubert llevaron la denominada música de cámara más allá de las habitaciones. hacia otros escenarios.

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Música de cámara para la aldea perdida. Así tituló uno de sus más hermosos poemas el poeta Luis Vidales. Apareció publicado el 5 de julio de 1964 y sintetiza, desde una mirada contemplativa, su región, el país, en fin, esta aldea privilegiada y multicolor que se llena de música del mundo a comienzos de enero. Hoy recuerdo este conmovedor poema a propósito de la presencia en Cartagena de Indias de los músicos Antje Weithaas y Thomas Hoppe, quienes con su violín y su piano, respectivamente, traen a nuestra aldea macondiana la magia de la música de cámara y nos devuelven, así sea por un instante, las grandes emociones que a través de muchos siglos estos instrumentos nos han brindado por medio de un formato sencillo e íntimo. Precisamente a pocos kilómetros de la ciudad amurallada, donde estarán frente a un exigente público estos dos importantes músicos, por la entrada del Río de la Magdalena que siglos atrás descubriera don Rodrigo de Bastidas, llegaron, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, inmigrantes, familias, gentes con otros ademanes y costumbres y con ellos anclaba para siempre en estas tierras algo de la civilización y modernidad. Traían la moda, el arte, joyas y grandes vajillas pero arribaban también instrumentos musicales y con ellos el piano y el violín que definiría también nuestro carácter y modificaría nuestra manera de entender el mundo. Eran instrumentos, que además, traían noticias de territorios y geografías desconocidas y que, sin embargo, lograron su feliz mestizaje con los materiales populares de la región, con los instrumentos de viento que bajaban de la Sierra Nevada y algunos de percusión del bajo Magdalena, con los que se celebrarían para siempre el festejo, la parranda y la fraternidad.

Mucho tiempo ha pasado desde aquel primer piano de Bartolomeo Cristofori de 1695 aproximadamente y del primer violín de Andrea Amati de 1580. Largo ha sido el viaje de los dos instrumentos que por fortuna de las afinidades estéticas han evolucionado muy cerca, como si hicieran parte de una misma genealogía y han contribuido a la construcción de identidades culturales en muchas latitudes. Sin embargo, uno de los espacios de mayor plenitud de la comunión entre el piano y el violín ha sido el de la recámara, las habitaciones donde los reyes convocaban a los músicos para interpretar, principalmente, la música pagana que no era digna de ser tocada en los grandes escenarios y capillas. De ahí que empezara la costumbre de nombrar estas interpretaciones como música de cámara, donde la intimidad y cierta privacidad permitían una mayor cercanía con los ritmos, sonidos y melodías que allí se emitían. Algo se sabía de que la música pagana de la Edad Media y el Renacimiento estaba compuesta para pequeños conjuntos vocales o instrumentales, pero es en el barroco donde se perfecciona y logra su mayor influencia en el mundo occidental. Es por esa intimidad que se pueden detallar ciertas delicadezas en el momento de la interpretación que al no tener el peso de la exigencia de los grandes públicos y las composiciones por encargo permiten una comunicación más cercana entre el selecto público y el músico.

Desde el clasicismo, muchos compositores empezaron a preferir este formato. Ese aire de intimidad lograba que muchas emociones verdaderas se comunicaran con mayor fluidez a través de esos registros. Ciertas similitudes rítmicas y una perfecta armonía lograron en muy poco tiempo en convertirse en el formato preferido de muchos públicos. Por eso, independiente de las combinaciones tan variadas como diferentes como el trío (violín, viola y violoncelo); trío de piano (piano , violín y violoncelo); cuarteto de cuerda (dos violines, viola y violoncelo); quinteto con piano (piano y cuarteto de cuerda); sonatas para violín y piano o violoncelo y piano; quinteto para clarinete y cuarteto de cuerda; tríos, cuartetos, quintetos, sextetos, septetos y octetos en diferentes combinaciones de cuerda, viento y piano, sea el sencillo matrimonio entre el piano y el violín el más común en el corpus de música de cámara. Dos instrumentos cuyos destinos están irremediablemente ligados para siempre.

Y en es ese período del clasicismo, la época en que la sonata para violín y piano tuvo su mayor esplendor. Era música escrita a dos voces con acompañamiento armónico de los bajos del piano. Luego algunos compositores como Mozart o Beethoven o Schubert, entre otros, llevaron la denominada música de cámara más allá de las habitaciones, hacia otros escenarios.

De igual forma, tanto el piano como el violín han sido dos instrumentos muy admirados por las otras artes. La pintura, el cine y la literatura han recreado historias alrededor de los que ellos encierran en su misterio y significan. Ahora cuando aterrizan en Cartagena estos dos músicos Antje Weithaas (violín) y Thomas Hoppe (piano), y que regresaremos a esa intimidad, quisiera recordar ese fragmento del cuento El piano blanco, incluido en Todos estábamos a la espera, de Álvaro Cepeda Samudio, que nos devuelve la atmósfera de los pequeños cuartos: “Me privaba a mí mismo del infinito placer de tocar el piano blanco para que ella no lo viera, para que no lo oyera, porque ya estaba seguro de que ella lo odiaba con la misma fuerza con que yo lo amaba. Yo no quería dejarla en la casa. El concierto que tenía que dar anoche iba a ser el comienzo de una larga gira y el médico insistió en que el ajetreo de los viajes le daría daño por su estado. Sabía lo que iba a suceder, por eso volví hoy. Por eso no pude tocar anoche. Esta salita es como un túnel oscuro y silencioso. Sin el piano blanco y con ese hueco negro y ese vientre tan grande que yo no había notado antes: esta salita parece un túnel”.

A ese fragmento podría responder perfectamente su amigo García Márquez en este fragmento de Vivir para contarla cuando el nobel, afirmó que “En mis tiempos de Aracataca había soñado con la buena vida de ir cantando de feria en feria, con acordeón y buena voz, que siempre me pareció la manera más antigua y feliz de contar un cuento. Si mi madre había renunciado al piano para tener hijos y mi padre había colgado el violín para poder mantenernos, era apenas justo que el mayor de ellos sentara el buen precedente de morirse de hambre por la música”.

Violín y piano engalanan a Cartagena para que regrese, como en los versos de Vidales, una música de cámara para la aldea perdida que desate para siempre el “nudo de nuestra soledad”.

 

 

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