Un paso por la historia

El Karl Marx de Rubén Jaramillo

Este año se lanzó el libro “La primacía de la praxis. Ensayos críticos en torno a Marx y el marxismo”, de Rubén Jaramillo Vélez, quien en los años 70 introdujo en Colombia la denominada primera Escuela de Frankfurt, y que también difundió la cultura alemana entre nosotros a través de su revista “Argumentos”.

Karl Marx nació el 5 de mayo de 1818 en Tréveris, Alemania, y murió el 14 de marzo de 1883 en Londres. / Archivo

Gracias a la iniciativa de los profesores Héctor Peña Díaz y Juan Carlos García, se publicó el libro La primacía de la praxis. Ensayos críticos en torno a Marx y el marxismo (2017), del maestro Rubén Jaramillo Vélez, antiguo profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional, quien en los años 70 introdujo en Colombia la denominada primera Escuela de Frankfurt, y que también difundió la cultura alemana entre nosotros a través de su revista Argumentos. Jaramillo Vélez ha sido un destacado conocedor de la filosofía alemana y, especialmente, del pensamiento de Marx. El libro se lanzó en la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional, facultad que le dio acogida al libro en el marco de un evento sobre Antonio Gramsci tras la negativa burocráticamente miope de las directivas del Departamento de Filosofía de esa misma universidad que, como es de suponer, decidieron no publicar el libro y de paso no reconocer el bien ganado lugar que el profesor Jaramillo tiene hace rato en la comunidad filosófica colombiana.

El libro es, a mi juicio, un complemento importante del capítulo titulado “Recepción e incidencias del marxismo en Colombia”, contenido en su ya clásico libro Colombia: la modernidad postergada que publicó el profesor en 1994. Y lo es precisamente porque en él, el profesor Jaramillo insiste en dos tópicos importantes que sirven para comprender, en primer lugar, la deficiente recepción de la obra de Marx entre nosotros; y en segundo lugar, la protuberante falsificación que sufrió el marxismo en la extinta Unión Soviética.

En el primer caso se trata de un asunto filológico, de fuentes, a saber, que los Manuscritos de 1844, escritos por Marx en París, y la Ideología alemana, sólo se publicaron completamente por David Riazanov en 1932. Estos dos textos contienen elementos filosóficos para comprender a Marx, lo cual impide hablar en el pensador alemán de economicismo, desprecio de la teoría, activismo ciego o materialismo vulgar, entre otros disparates, que revolucionarios y académicos sin la profunda preparación filosófica que tenía el autor de El capital, sostuvieron.

A mi juicio, fue Marcuse quien en su texto Nuevas fuentes para la interpretación del materialismo histórico, publicado justamente en 1932, quien advirtió las nefastas consecuencias que tuvo la no publicación de los Manuscritos, pues en ellos se encontraba una antropología, se ponía de presente que el trabajo era una categoría ontológica, pues el hombre produce su ser y la historia gracias a la actividad sobre la naturaleza. Yo diría que así como Ortega y Gasset dice que no hay hombre sin técnica, en Marx no hay hombre sin praxis, sin el trabajo como mediación. Además, los Manuscritos permitían reestablecer –como ya lo había intentado Georg Lukács con Historia y conciencia de clase de 1923– las verdaderas relaciones entre Hegel y Marx, pues muchos en la época, sobre todo en las dos primeras décadas del siglo pasado, pensaban que Hegel había quedado definitivamente atrás, superado por Marx, obviando de paso, y sin comprender, que Hegel no podía ser tratado “como un perro muerto”, al decir del propio Marx en El capital.

Jaramillo hace hincapié en estos aspectos y agrega que si se hubiera conocido esa obra del joven Marx, tampoco se habría podido hablar de la famosa “dialéctica de la naturaleza”, expresión totalmente ajena a Marx y que en verdad acuñó Engels en 1878, en su polémica con E. Duhring, influido por el positivismo y el desarrollo de las ciencias naturales de la época. El resultado de la “ocurrencia teórica de Engels”, si se me permite llamarla así, fue que introdujo la dialéctica en la naturaleza misma, mientras en Marx sólo hay dialéctica en la praxis humana, con sus medios, instrumentos, herramientas, etc. Dice con razón Jaramillo que la dialéctica de la naturaleza de Engels no permite plantear bien el problema del conocimiento en Marx, pues: “ubica en el interior de la naturaleza un proceso que es exclusivo precisamente de la relación que se establece a través de la praxis”. Es decir, no hay dialéctica de o en la naturaleza, sino dialéctica “a través” de la naturaleza. El problema fue que la Segunda Internacional y Plejánov, el primer marxista ruso, acogieron el concepto de Engels con lo cual se originó una visión omnicomprensiva del quehacer humano, de la historia, tergiversando de paso un concepto fundamental de Marx. Por eso, como mostró Marcuse en El marxismo soviético, la dialéctica terminó mecanizada y formalizada en la URSS, contraviniendo la intención de Marx y fundando una “metafísica de la materia” que atentaba, de hecho, como lo percibió Sartre, contra la libertad humana y su papel transformador de la historia.

El libro del profesor Jaramillo toca aspectos interesantes de la formación del joven Marx. Pone de presente, por ejemplo, cómo ya en la Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, el pensador alemán se percató de la “misión histórico-universal” del proletariado; ilumina sobre el contexto que permitió la aparición del Manifiesto, texto que es considerado por él como “un pequeño tratado de sociología política”. Y profundiza en la formación social rusa y las tensiones que se presentaron en el pensamiento de Lenin, quien antes de morir logró advertir del autoritarismo y el peligro que representaba Stalin para la Revolución. Eso explica que tras la muerte de Lenin, el marxismo original haya muerto Rusia dando paso a una teoría escolástica, acrítica, y legitimadora de un partido burocrático privilegiado, que usurpó el papel de las bases y se convirtió en una especie de burguesía roja que emuló los vicios de la burguesía liberal occidental.

Estos aspectos son interesantes hoy no sólo para recordar el triste final de la Revolución Rusa de 1917, sino para poner de presente que la recepción de Marx en Colombia, en la primera mitad del siglo XX, estuvo condicionada por un problema de fuentes, pero también por el dogmatismo manualesco y simplificador del Partido Comunista Colombiano que estaba, como niño dormido, bajo la órbita del comunismo soviético. Permite recordar también que el marxismo de Marx “fue esencialmente crítico…una obra en marcha”, y no una doctrina cerrada. El de Marx era, como recuerda Karl Korsch en Marxismo y filosofía de 1923, “una guía completamente exenta de dogmatismo para la investigación y la acción”. De ahí que esto debe tenerse en cuenta para conmemorar, justamente, en el año 2018, el bicentenario del nacimiento del mayor crítico que ha tenido el capitalismo hasta la fecha: el mismo que avizoró que tal sistema económico terminaría acabando con el ser humano y con la naturaleza.

 

últimas noticias