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hace 5 horas

El legado de las máscaras: Alonso Restrepo y los rostros de la mar

Hace noventa años, el historiador y escritor Pastor Restrepo Lince comenzó una colección de objetos antropológicos. Cuando regresó del Ecuador, su hijo, Alonso Restrepo, retomó esta pasión y la enriqueció con muchísimas piezas.

Alonso Restrepo con una de sus máscaras, testimonio de una antigua y sabia civilización. Cristian Garavito

Su propósito: que esta colección se convierta en un museo que lleve el nombre de su padre y sea un ejemplo de perseverancia en la investigación y valoración de estos objetos, que son el patrimonio cultural nuestro y de América. Se han hecho varios contactos con entidades que han mostrado interés por adoptar este museo. Consecuencialmente, algunos libros sobre los objetos, ya terminados, saldrán en este orden: 1. Los rostros de la mar. 2. El hueso en la escultura precolombina colombo-ecuatoriana. 3. Los rostros de la tierra.

Hubo una muy, muy remota historia que los libros de texto no contaron porque sólo quedó plasmada en máscaras pintadas en la coraza de unos pequeños moluscos que vivían en las costas de la milenaria civilización valdivia. Una muy, muy remota historia de los años de antes de Cristo que ocurrió en un continente que aún no se llamaba América, con unos protagonistas que aún no se llamaban hombres, aunque lo fueran. Sus vidas, el testimonio de sus vidas, y la vida de sus tierras, que no estaban escrituradas ni le pertenecían a nadie, y sus mares y sus costumbres, sus creencias, sus trabajos, permanecieron ocultos por los siglos de los siglos. Enterrados. Unos, cerca de las playas de lo que tiempo después se llamaría Océano Pacífico. Otros, en tierra más firme.

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Soportaron tormentas, terremotos, maremotos. Soportaron la codicia de los hombres que llegaron de otro mundo, ataviados con pecheras de hierro y con cascos y lanzas, ávidos de riquezas, fueran cuales fueran. Soportaron los vejámenes, la sangre, las masacres, los gritos, la muerte, el cambio de los dioses, el cambio del tiempo, los sistemas políticos, la economía. Soportaron al hombre que se hizo llamar hombre nuevo y que ignoró su historia, aquella remota historia que hablaba de cantos a la lluvia, de dioses, de ceremonias funerarias, de mitos, y de un molusco que atravesó miles de años al que los científicos del siglo XX bautizarían como Spondylus, y al que ellos, los aborígenes de las tierras del Pacífico, llamaban Mullu en su lengua quechua.

Y hubo un hombre, muchos siglos después, que caminaba por las costas de Salinas, de lo que ya se llamaba Ecuador, en busca de nada, a quien un pescador le vendió una concha con el rostro de un aborigen pintado en colores cálidos, a un dólar de entonces, años 70. El hombre se llamaba Alonso Restrepo. Era hijo de un historiador antioqueño, Pastor Restrepo Lince, que llegó a Cartagena y se quedó a vivir allí, y le fue inculcando la importancia de la historia desde niño. El pescador era descendiente de pescadores por generaciones de generaciones, y le dijo que en esa pintura estaban todos los rostros. Restrepo recordó un viaje de niño a los conchales, en Crespo, Cartagena, con su padre, donde tocó la primera concha, y guardó aquel primer rostro.

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Desde aquel entonces, se dedicó a coleccionar rostros, Los rostros de la mar, como tituló un libro que hizo varios años más tarde con la historia de los Spondylus y la historia de sus máscaras, con fotografías de cada una y la explicación pertinente. “Todo lo que es profundo ama la máscara —escribía Federico Nietzsche en Más allá del bien y del mal. Las cosas más profundas de todas sienten incluso odio por la imagen y el símil. ¿No sería la antítesis tal vez el disfraz adecuado con que caminaría el pudor de un Dios (…)? Hay acontecimientos de especie tan delicados que se obra bien al recubrirlos y volverlos irreconocibles (…)”. Restrepo amó las máscaras, y las máscaras fueron el recubrimiento de actos y personajes profundos, que por medio de los trazos y los colores dejaron plasmadas sus vidas y las adornaron.

Sin hablar, las máscaras le hablaron. Le contaron de viejos cuentos, cuando unas embarcaciones en forma de luna a las que llamaron alçadas iban desde las costas de los aztecas y los mayas hacia el sur, y en la mitad del camino se encontraban con los valdivias, o los manteños, e intercambiaban sus tesoros, que era como decir, intercambiaban sus saberes y sus poderes. Una máscara por otra, un saber por otro saber, un don por otro don. El intercambio de los dioses. Le contaron de pequeñas familias de nadadores, que se sumergían en el mar, a veinte, treinta, cincuenta metros de profundidad, para recoger Spondylus y llevárselos a un artesano, y le contaron de aquellos artesanos que mezclaban sus colores y creaban sus herramientas para ofrendarles sus máscaras a los caciques de la tribu, o a los mismos dioses.

Le contaron que cuando los caciques, o sus esposas o sus hijos morían, los enterraban con varias máscaras a su alrededor para que en la otra vida, rodeados de sus ancestros, pudieran seguir invocando el poder de los dioses, porque las máscaras de Spondylus, le dijeron, eran una especie de puente entre los humanos, muy humanos, y sus dioses, el más efectivo de los vehículos de comunicación. Le contaron que aquellas mismas máscaras hacían que aquellos dioses les dieran la lluvia si la necesitaban, o el sol, o la luna, o un viento fuerte, o una temporada de aguaceros, y que velarían hasta la eternidad por sus cultivos, sus animales y sus tribus, y le contaron, también, que por sus poderes, las máscaras podían desencadenar una guerra.

Con los años, recordó y escribió: “Inmerso en una nebulosa de recuerdos, los miro; sentados a una mesa en el Castillo de Marbella, pequeño hotel de Cartagena de Indias, mi padre y Gerardo Reichel-Dolmatoff hablan de los conchales de Barlovento. Tengo 12 o 13 años. Soy un contertulio expectante. Luego, partimos hacia el sitio que había encontrado el historiador Pastor Restrepo Lince, en la costa norte de Cartagena, donde quedaron montones de valvas arrumadas por los primeros habitantes, antes de conocer la agricultura y la cerámica. Cuando regresamos le pregunto a mi padre, quien me dice: ‘Son los primeros testimonios físicos que nos dejaron esos recolectores que poblaron nuestra tierra’. Después, agrega: ‘Aparecieron las primeras muestras de cerámica, en Puerto Hormiga, cerca al Canal del Dique, y esos ceramios son de los más antiguos de América. Hijo, hay que respetar, estudiar y cuidar estos testimonios’. Allí, y en ese momento, me deja su impronta”.

Entonces pasaron los años, y un día de 1955, Restrepo fue al Ecuador a trabajar en una empresa colombiana con filiales en varios países de Suramérica. Fue entonces cuando se le acercó el primer pescador con un rostro tallado en una valva, y fue entonces cuando empezó a comprender que detrás de cada trazo había una historia, una muy remota historia, y mil razones. Viajó por varios lugares, por distintos pueblos y conoció diferentes versiones de una historia que hasta hacía poco ignoraba. En un principio pasó por Manta y la Bahía de Caráquez. Después, por el interior de aquellas tierras andinas: Manabí, Guayas, Bahía, Esmeraldas, “y en muchas ocasiones —como lo relató en su libro— subí al Carchi, Imbabura, Pichincha, Tungurahua y Chimborazos, llegando hasta los límites con el Perú”.

Paso a paso, máscara tras máscara, fue conociendo los distintos modos de representar al hombre de las viejas tribus de aquella zona por los colores que usaban, por las líneas que trazaban, por la forma de las valvas o por el estilo en conjunto de cada obra. Supo de los utensilios que habían elaborado para esculpir los rostros, y de los lugares sobre tierra firme en los que aquellos aborígenes se reunían para realizar sus trueques, unos en Ecuador, otros en el Perú. Leyó, escribió, indagó. Los estudios que había encontrado hablaban de la importancia de aquellos vestigios como documentación científica o antropológica. “Releyendo la obra Arte precolombino en Ecuador, en el prólogo encuentro un fragmento que refuerza mi apreciación sobre la falta de valoración artística en las piezas arqueológicas (…):

‘La atención se centra en los grandes polos culturales de Mesoamérica y del Perú y las manifestaciones artísticas de estas dos importantes zonas son estudiadas como curiosidad científica o como testimonios de tipo antropológico más que si se trataran de obras de arte’, escribía en dicho prólogo Juan Crespo en 1985. Para Restrepo, las máscaras en Spondylus decían mucho más que lo que habían dicho los científicos. Eran arte. Eran la manifestación de vida y de sentir, de temer y de implorar de las tribus que poblaban América. En su búsqueda, se encontró con unas palabras de Martin Heidegger sobre lo que era o no arte, y con la explicación de que entendía el arte como poesía, y la poesía, como instauración de la verdad. Instauración como ofrenda, como fundación, como comienzo.

“A tenor de los resultados arqueológicos, podemos decir que la presencia del Spondylus con uso ceremonial es fechable desde alrededor del 3200 a. C. en la cultura valdivia, en el área costera ecuatoriana” —escribió Fernando López Cuevas, de la Universidad de Córdoba, en su trabajo El Spondylus en el Perú prehispánico. Su significación religiosa y económica—. “Aparece en contextos rituales relacionados con la propiciación de lluvia. Esta asociación simbólica será una constante en la religiosidad andina. En los Andes centrales comienza a datarse la presencia de Spondylus unos 700 años más tarde. En torno al 2500 a. C. se documentan restos en sitios monumentales del Precerámico Final o Arcaico Tardío (…) En esta primera etapa encontramos el Spondylus generalmente en contextos de relleno en grandes centros ceremoniales. En la mayoría de los casos se trata de pequeños objetos trabajados (pendientes o cuentas discoidales que sirvieron para fabricar collares, llamadas ‘chaquiras’) y en cantidad ínfima”.

Restrepo encontró y leyó múltiples estudios sobre los Spondylus a lo largo de las diferentes épocas antes de la Colonia. Sobre sus usos, sus poderes, sus significados religiosos, su representación social y la manera en que los fueron labrando según el pasar de los años y los siglos. Supo que algunas tribus los utilizaron en la edificación de monumentos y otras, como un adorno reservado para las élites. Del uso que se les diera dependía el trabajo que había detrás y, más que nada, la manera en que se los tallaba y los colores que se utilizaban. Las máscaras de Spondylus eran la manifestación de la vida y las creencias de los aborígenes y, como manifestaciones, tenían que ser entendidas como obras de arte.

Y como obras de arte, tenían que representar hasta la eternidad los sentimientos, emociones y pensamientos de los hombres de la tribu. Sus dudas, sus angustias, sus temores. Cada rostro pintado y esculpido en los Spondylus fue un mensaje. Era un mensaje, sin que importara demasiado si llegaba a un destinatario o a muchos, o si se entendía o no. Lo esencial era enviar el mensaje. Los colores, las formas, los utensilios que utilizaban las distintas civilizaciones, que fueron heredando sus conocimientos generación tras generación, llevaban implícitos un decir, o un gritar, y en algunos casos, un cantar o un profundo e inescrutable callar. Cada color elegido era parte de un mensaje o era el mensaje mismo en su totalidad.

Restrepo fue viendo la variedad de mensajes, colores y formas, en la medida en que fue recolectando máscaras. Conoció al hombre en dimensiones que no había conocido. Al hombre antiguo, al hombre que vivía antes del hombre nuevo, al hombre de la prehistoria, que no tenía mayores influencias, y mucho menos, manuales de instrucciones. Conoció al hombre de Valdivia, al mochica y al de la cultura cupisnique. Supo de sus relaciones, de sus amores, de sus no amores, de su veneración a los dioses y de su pánico a esos dioses. Supo de sus mezquindades, también. Entendió que la esencia del hombre no había cambiado demasiado y, en profundidad, comprendió lo que decía Nietzsche: “Todo es humano, demasiado humano”.

Y fue guardando cada una de aquellas máscaras. Cada uno de aquellos vestigios de lo que fue y no volvería a ser. Las más pequeñas, las más grandes, las que tenían tintes rojizos, o vetas azules, o verdes, las sonrientes, las serias, las profundas, las enamoradas y las eróticas. Cada una decía algo, o muchas cosas. Cada una era un trozo de arte, según sus concepciones. Una manifestación de vida y de una manera de vivir. Las guardó, las clasificó, las cotejó y las estudió, e incluso, con los años, buscó a quienes habían estudiado durante años y años, con profundidad, aquellas muestras de arte precolombino y otros objetos de antes de la Colonia para que ellos, con sus estudios y conocimiento, le resolvieran sus principales dudas.

 

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