El periodismo que hay que desterrar, según Javier Darío Restrepo

El decano de la ética periodística falleció el pasado domingo a los 87 años de edad. Será recordado como la voz de la conciencia de los periodistas y los medios en tiempos de crisis y reformas.

Javier Darío Restrepo nació en Jericó, Antioquia, en 1932. / Archivo El Espectador

Javier Darío Restrepo consideraba que su letra era espantosa. Sus libros, antes de escribirlos en un archivo digital, los escribía a mano sobre hojas blancas. Cuando llegaba el momento de pasar el material a un documento de Word comenzaba una cruzada adicional al proceso de creación literaria. Muchas veces no entendía lo que había escrito y duraba horas tratando de descifrar sus propios garabatos. En ese asunto perdía mucho tiempo. Sin embargo, el ejercicio le permitía volver a verificar datos o repensar las ideas iniciales que había esbozado motivado por alguna emoción rápida. Sus libros, entonces, pasaban inevitablemente por un doble proceso de edición. Editaba sus textos, pero también sus emociones.

En ese proceso de escritura, el estudio de su apartamento parecía un cuarto de archivo con hojas apiñadas, pero bien organizadas, por todos lados. Tomaba una pinza de madera y sobre la pantalla del computador portátil fijaba la hoja que iba transcribiendo. La escena se asemejaba a la de un doctor analizando una radiografía. El ejercicio lo repitió con los más de 30 libros que publicó. Lo invitamos a leer: La serenidad de Javier Darío Restrepo

Cuando se le cuestionaba por su libro favorito respondía con una analogía de la vida: “Cuando a los papás les preguntan a cuál de sus hijos quieren más, siempre responden con una mentira: ‘A todos los quiero por igual’. Eso es falso. A cada uno se le quiere de distinta manera porque ellos tienen su individualidad. Lo mismo pasa con los libros”.

Aunque se murió sin ser capaz de decir que x o y libro fuera su favorito, siempre reconoció un cariño especial por Puebla para el pueblo (1980), su primera creación. También habló mucho de Ética para periodistas (1991), el texto que más ediciones tuvo y el que más visitas le significó por las salas de redacción de los medios de comunicación del continente. No en vano será recordado como el decano de la ética periodística.

 

 

Será difícil que sus posturas sobre el oficio sean ignoradas y pasará mucho tiempo para que sus palabras pierdan vigencia. Su muerte coincide con una crisis de medios que, aunque está sobrediagnosticada, aún no cuenta con un antídoto certero que detenga la vorágine.

El rating, decía, es la maldición del periodismo. Consideraba que los clics, las mediciones de audiencia y las cifras que las empresas de medios presentaban en busca de pauta eran “la nociva introducción del periodismo en la lógica comercial”. La ecuación la explicaba de la siguiente manera: “A más clientela, más ganancia, por tanto, hay que satisfacer a la clientela y darle lo que le gusta”.

En esa lógica comercial quedó atrapado (voluntaria o involuntariamente) el periodista, quien, para Javier Darío Restrepo, “se transformó en un comerciante que convirtió la noticia en una mercancía. El día que el periodismo se logre liberar de la preocupación por el rating recuperará su alma, mientras tanto la tiene perdida”, decía.

Restrepo consideraba que ese periodismo, el del periodista que esperó y espera a cambio una contraprestación por su trabajo, había que acabarlo. Y aunque el maestro de ética de la Fundación Gabo era consciente de que los vicios se adquieren en las salas de redacción, entendía que el virus se incubaba en las universidades de periodismo.

“¿Qué ideales tienen los estudiantes mientras se están formando? ¿Es un ideal para servir a la sociedad, por tratar sobre el bien común, o es un periodista que sale con la intención de ser famoso y, de ser posible, ser rico?”.

“En las universidades están enseñando a hacer cosas y a manejar técnicas, pero no se está capacitando a personas con sentido de misión en el periodismo. El periodismo es una profesión muy distinta de las otras. Sobre todo, porque se acentúa el sentido de misión por buscar una sociedad mejor”.

En sus charlas con los jóvenes (y los viejos) insistía: “Esta es una profesión de servicio público. No es una profesión de negocito particular. Y a los estudiantes hay que reiterarles que el mejor periodismo se hace sirviendo a la sociedad”.

Para darle peso a su tesis repitió, sin cansarse nunca, una frase de Gabriel García Márquez: “Ser periodista es tener la oportunidad de cambiar algo todos los días”.

Será inevitable desligar la imagen de Javier Darío Restrepo del concepto de ética periodística. Al respecto, decía que los libros de ética deberían ser “manuales de supervivencia, algo completamente distinto de esos libros museos de prohibiciones en que se han convertido las exposiciones sobre la misma”.

Restrepo se reconocía a sí mismo como idealista. Consideraba, por ejemplo, que una de las soluciones para acabar con los males del periodismo era “eliminar la publicidad”, una cosa, a la luz de las coyunturas actuales, que resulta utópica.

“Más de una vez, en el curso de conferencias o talleres, los colegas me han calificado de idealista. Y debo admitirlo, soy un irreductible optimista e idealista. Estoy convencido de que la ética nunca propone cosas fáciles; generalmente va más allá de los límites corrientes y entra en el campo de lo posible, pero aún inexistente. El humano es un ser rodeado de posibles que se convierten en reales merced a la acción humana”.

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Joseph Casañas - @joseph_casanas

Cultura

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