Autor de “Elizabeth Costello” y “Siete cuentos morales”

El porqué del voto del nobel Coetzee por Gustavo Petro

A propósito de la carta de adhesión a la candidatura presidencial de la Colombia Humana, una revisión de la única militancia política que se permite el escritor sudafricano desde su literatura.

El nobel de literatura de 2003, J. M. Coetzee, durante un paseo por la Sabana de Bogotá en 2013. / Foto de Adriana Rodríguez Peña

Habiendo nacido en Sudáfrica hace 78 años, John Maxwell Coetzee, el ganador del Premio Nobel de Literatura 2003, evade hablar de la política de su país y, aunque en una docena de novelas plasmó la visión humanista de la época del apartheid, su mirada de regímenes de censura, vive en Adelaida (Australia), lejos del ruido de la sociedad actual. (Entrevista de El Espectador).

Las pocas veces que se vale de una tribuna de opinión es porque habla en defensa de la causa animalista, utilizando para ello a su más conocido personaje femenino, Elizabeth Costello, a través de quien dicta la conferencia Los poetas y los animales. Así lo hizo en julio de 2016, dentro del ciclo Capital animal, en el Museo Reina Sofía de Madrid. Y lo repitió durante la Feria Internacional del Libro de Bogotá de 2017.

El auditorio José Asunción Silva, en Corferias, se llenó para oír su lectura en inglés con traducción al español. En ella propone construir un matadero de vidrio en el centro de las ciudades, para evidenciar el maltrato a los millones de animales que se sacrifican cada día en el mundo, para dejar constancia de su sufrimiento, para que el ser humano reflexione sobre su supuesta superioridad.

Revisa la historia de las matanzas animales desde la Edad Media y pregunta por qué las autoridades civiles institucionalizaron que no se hicieran en espacios públicos, sino lejos del centro de las urbes, para evitar “una molestia obscena”, para no recordar una de las mayores vergüenzas de la humanidad. “Los niños deberían ir al matadero igual que van al museo… Esa visita podría hacer mucho para sacudir sus almas”.

Coetzee ha firmado manifiestos globales de protección animal junto a escritores como el colombiano Fernando Vallejo, que entendió su misión frente al tema desde que oyó, de niño, los chillidos de los cerdos que sacrificaban para la Navidad en Antioquia, como cuando Albert Camus vio a su abuela degollar la gallina que le pidió sacar del corral y nunca olvidó aquel “grito de agonía”.

Coinciden en declararse militantes del partido político que les da voz a “nuestros rebaños cautivos y esclavizados, cuyo trabajo es reproducirse para nosotros”. Entre los libros preferidos de Coetzee está Platero y yo, del español Juan Ramón Jiménez, porque no humaniza al animal sino acerca a las personas a esa vida desconocida que merece respeto desde la moral y la inteligencia.

Se pregunta, siempre a través de Elizabeth, por qué sólo cuando nuestros apetitos están satisfechos regresamos al mundo de la razón. Y entre posibles explicaciones, porque ella siempre propone el debate sin imponer verdades, incluye esta: “He pensado que la gente tolera el sacrificio de animales porque no llegan a verlo. A oírlo. A olerlo”.

Coetzee ha venido varias veces a Colombia. Por eso no es extraño que esta semana haya pedido publicar una carta que mandó a Giuseppe Caputo, director cultural de la Cámara Colombiana del Libro, en la que dice: “Felicito a Gustavo Petro por la postura que ha adoptado frente al trato justo y razonable de los animales. Estoy al tanto —como la mayor parte del mundo— de las elecciones cruciales que pronto tendrán lugar en Colombia. Por lo general no comento públicamente la política nacional de otros países. Sin embargo, hay un argumento poderoso que me lleva a hacerlo: los animales no pertenecen a ningún país en particular, ya que no tienen derechos como personas en ninguno. No hay tal cosa como un toro colombiano, sino sólo un toro que es considerado propiedad de un colombiano. Felicito a Gustavo Petro por la postura que ha adoptado frente al trato justo y razonable de los animales, y espero que pronto esté en la posición desde donde pueda poner en práctica los principios que ha defendido”. (El anuncio). 

Durante un paseo por las afueras de Bogotá en 2013, Coetzee supo de la tradición de las morcillas y le comentaron, con folclor sabanero, que es mejor comerlas y no preguntar cómo las hacen. Guardó silencio. Opina a través de Las vidas de los animales, la ficción de Elizabeth: “La gente no quiere que se le recuerde cómo llega a su plato la comida: porque, cuando cortas la garganta de un animal, la sangre es pegajosa y desagradable, atrae a las moscas…”. (Lea: Diario de un viaje memorable).

Allí aborda distintos planos del conocimiento, desde lo primitivo hasta el pensamiento abstracto, las reflexiones de San Agustín, si Descartes tenía razón al considerar que los animales no son más que autómatas biológicos o ¿tienen alma?, hasta los argumentos de Franz Kafka para rechazar comida de origen animal o los de Ernest Hemingway en pro de las corridas de toros.

El escritor mexicano Juan Villoro, revisa esta filosofía en el ensayo J.M. Coetzee: El trazo de las sombras, la considera una mirada coherente del papel del Homo sapiens, “convincente e irritante”. “Enemigo de lo políticamente correcto, explora la perturbadora pugna entre la razón y el convencimiento” y “su lenguaje tiene la quemante objetividad del hielo”.

En 2018, Coetzee recuperó la voz de Elizabeth Costello y de su hijo John para su más reciente libro Siete cuentos morales. En el relato Matadero de cristal el tema es la ecología y el factor animal. En otro, El perro, el argumento busca explicación a por qué un perro guardián le ladra a ella desde detrás de una reja cuando pasa en su bicicleta. Plantea el miedo y la compasión hacia otro ser vivo.

Pregunto, como Elaine Marx a Elizabeth: “¿No está usted esperando demasiado de la humanidad cuando nos pide que vivamos sin explotar a otras especies y sin crueldad?”. Y como le pregunta John: “Madre: ¿Realmente crees que las clases de poesía van a cerrar los mataderos?”.

Ella, que ya se ha declarado harta de “charlas eruditas sobre los animales”, admite que no puede quedarse callada y nos deja a los carnívoros, otra vez, en qué pensar: “Siempre abrigué la convicción de que tengo cierto grado de acceso —¿cómo decirlo?— a la interioridad de los animales… Por la facultad de la empatía que, en mi poco científica opinión, es innata en nosotros. Nacemos con esa facultad… y podemos optar por cultivarla o dejar que se marchite”.

 

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