Pensando la identidad (III)

El proyecto filosófico latinoamericano

¿Existe algo como la filosofía Latinoamerica? ¿Qué relación tiene la filosofía con la noción de identidad?

Ilustración Jonathan Camilo Bejarano

No es de extrañarse que la pregunta por la identidad, que antecede o es paralela a la pregunta por la existencia de un verdadero pensamiento o filosofía latinoamericana, sea tan acuciante como reveladora para determinar el proceder del ejercicio de la filosofía en este continente. 

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Esta inextricable relación puede evidenciarse como preocupación de varios pensadores latinoamericanos a lo largo de la historia de las repúblicas del nuevo mundo. Por ejemplo, el filósofo venezolano Ernesto Mayz Vallenilla (Maracaibo, 1925) aseguró que la comprensión del “ser americano” es una forma válida de hacer filosofía en estas tierras, pues sólo así se puede, a partir de las particularidades de vida, del sentido que se le da aquí a la vida, la conciencia histórica y de cómo ella transcurre en nuestro presente, hacer un verdadero ejercicio filosófico. De esta manera, se atreve a proponer una filosofía original, que no caiga en la mera historiografía y que se salve de caer en una absurda tarea filosófica que parta de la nada, que olvide la tradición.

Mayz Vallenilla es consciente de que el ejercicio filosófico al que se adscribe Latinoamérica es histórico, es hijo, de una u otro manera, de una tradición de pensamiento que permea nuestra forma de vida, nuestra cultura, y negarlo sería tratar de empezar desde un punto cero inexistente. (Le puede interesar:Clandestina de sí misma)

El problema está en cómo hacer que dicha tradición no sea hermética y determinante, y que el ejercicio filosófico que se haga no sea puro “calco” en unas realidades diametralmente opuestas a las europeas.

De esto son conscientes varios pensadores de la misma generación de Mayz Vallenilla. Para ellos resultará primordial resolver el problema de la identidad para empezar a construir un ejercicio filosófico que tenga verdaderos efectos prácticos, políticos y de cambio. La mayoría reconocen el problema del crisol de razas y culturas presentes en América.

Hará lo mismo el pensador mexicano José Vasconcelos (Oaxaca de Juárez, 1882) al reconocer que el americano no se reconoce totalmente con lo europeo, pero tampoco con lo indígena. El también filósofo peruano José Carlos Mariátegui (Moquengua, 1894) aseguró que es imposible hablar de un pensamiento auténticamente iberoamericano sin resolver primero el problema que entre nosotros plantea esa diversidad de razas.

De esta manera, por un lado tenemos una tradición reconocible e innegable enfrentada a realidades diversas que no se acomodan necesariamente a dicha interpretación de la tradición. Recordemos que la tradición, en su sentido más heideggeriano, es repetición, pero repetición en tanto herencia “transmitida y recibida: la repetición es el retroceso a las posibilidades que han sido”, afirmaría Heidegger.

La fuerza de la tradición y de su repetición radica en que en su reconocimiento está el germen de nuestros proyectos futuros, allí están nuestras posibilidades, es decir que sólo podemos ser a partir del reconocimiento de lo que hemos sido. Sólo restableciendo el poder de la tradición es que podemos hacer de esta una verdadera herramienta crítica.

Hasta aquí es indudable el peso que la fenomenología y la hermenéutica europea tuvieron sobre el incipiente pensamiento latinoamericano de inicios del siglo XX, que no sólo permitirían a los pensadores de estas latitudes hacerse con una innovadora herramienta de investigación filosófica, sino al tiempo pensarse existencialmente como comunidad.

Miremos, por ejemplo, lo que Mayz Vallenilla afirmó sobre lo “original” que debe ser el pensamiento latinoamericano. Lo original hace referencia a esa singular presentación de existencia (espacial y temporal), pues a partir de esa singularidad, sin desechar la tradición, intenta dar solución a su origen y emprender la conquista por su propia originariedad.

El origen es, afirma Mayz Vallenilla, la perspectiva desde la cual se comprende el ser. De esta manera podemos llegar a la comprensión de que “Latinoamérica”, más que un espacio que debamos delimitar geográfica o políticamente, debe ser una categoría para pensarse, ante todo un ejercicio filosófico práctico que reconozca el problema del peso de la historia. Pero también la manera como las múltiples posibilidades y realidades del presente interpelan por una respuesta actual que no necesariamente traspase la tradición sin ninguna intervención o reinterpretación. 

Si esto es así, la noción misma de identidad debe replantearse para reconocer un adecuado ejercicio filosófico. Si bien es cierto que aquello que podemos determinar como identitario hace referencia a un proceso de diferenciación de una otredad, también es cierto que dicha identidad es históricamente ubicable.

Es decir, la identidad por un lado está en constante conflicto, ya que siempre está en contacto con una alteridad, y por otro, es una construcción histórica. No existe algo inmutable en aquello que llamamos identidad, y esto es revelador a la luz de la pretendida construcción de identidad que se busca de lo latinoamericano.

El filósofo colombiano Santiago Castro-Gómez (Bogotá, 1958) asegura que “la identidad refiere al hecho de su pluralidad y multiplicidad encarnada en individuos y colectividades específicas”. De ahí que sea entonces más preciso hablar de “identidades” que de “identidad”, pues sólo reconociendo este aspecto conflictivo e histórico puede entenderse la amalgama de prácticas, posiciones y discursos yuxtapuestos y antagónicos que coexisten siempre en un determinado período de la historia que forman una identidad que está siempre expuesta al cambio.

Lo que Castro-Gómez nos quiere señalar es que a todo discurso de identidad lo atraviesan siempre unas relaciones de poder que dan cuenta de unas posiciones de dominación y desigualdad. A la luz de esta resignificación de la noción de identidad es que se puede plantear un ejercicio filosófico más que historiográfico, y crítico respecto a la tradición de la que es heredera, y a la vez comprometido con su situación en el presente, pues reconoce no sólo el elemento diverso de las culturas latinoamericanas sino el poder que se ejerce en el plano político, económico, social, cultural y de lo cotidiano.

El reconocimiento de una cultura latinoamericana como mestiza y de esto como fundamento para toda filosofía latinoamericana, antes que ser un proyecto meramente teórico o epistemológico, es un proyecto político para que desde la exclusión histórica que ha sufrido la América Ibérica se construya un proyecto de inclusión, reconocimiento e integración democrático.

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