Entender a Venezuela desde su literatura

A finales de los noventa y principios del nuevo milenio, varios narradores venezolanos no solo llevaron a la ficción el presente, también avizoraron la situación actual del país.

"El discreto enemigo", de la autora Rubi Guerra, es la metáfora del otro país, ese que está alejado del petróleo que vive en la pobreza y que está sumergido en el contrabando y el narcotráfico. Cortesía

Novelas emblemáticas y clásicos de la literatura venezolana como Doña Bárbara (1929), de Rómulo Gallegos, Casa muertas (1955), de Miguel Otero, y País Portátil (1968), de Adriano González León advirtieron literariamente parte de lo que pasaría en Venezuela. En 1989, la historia contemporánea de Venezuela cambió drçásticamente con el Caracazo, y el rumbo de lo que sería el país en el siglo XXI.  El discreto enemigo (2001), de Rubi Guerra, Un hombre de aceite (2008), de José Balza, Patria o muerte (2015), de Alberto Barrera Tyszka y The Night (2016), de Rodrigo Blanco Calderón, son apenas una pequeña muestra literaria que logró retratar a la Venezuela que surgió entonces.  

El terror del Caribe

"El discreto enemigo", del autor Rubi Guerra, es la metáfora del otro país, ese que está alejado del petróleo que vive en la pobreza y que está sumergido en el contrabando y el narcotráfico. Como bien la definió la escritora Ana Teresa Torres Una crónica de la Venezuela profunda donde el trópico no se deja engañar por la luz y esconde un oscuro terror.   La historia es protagonizada por un periodista que llega a un pueblo de la costa oriental venezolana, sumido en un profundo abandono: Se celebraba a la Virgen del Valle (…)  La cerveza y el ron corrían en abundancia y el cielo tronaba con el estallido de los cohetes.  Y de pronto este pueblo, pacífico en su algarabía, ve cómo una docena de hombres con armas automáticas y pasamontañas descienden de veloces lanchas y recorren el pueblo buscando a cuatro jóvenes”.

Si bien, el tema del narcotráfico es de vieja data en el estado de Sucre, en los últimos años se ha fortalecido. El autor escribió la novela cuando era periodista, de ahí que su tono y lenguaje recuerde a la crónica; y si bien puede aturdir al lector tanta violencia, hoy se ha vuelto más compleja y peligrosa: “El crimen es más que un aire en este pueblo”.

El espíritu petrolero

Luis Samán es un joven que empieza a escalar posiciones en una compañía petrolera, aunque pronto será víctima de la política de una empresa donde en realidad no aprecian los méritos ni el trabajo.  Es así como Un hombre de aceite de José Balza (Tucupita, 1939), editada por la editorial independiente venezolana BID & CO, representa la supuesta prosperidad artificial producto del petróleo, pero en su subsuelo se escondía la más profunda corrupción y las ansias de poder: “Luis Samán siempre estuvo satisfecho con sus cargos.  Sabía que no había nacido para presidente ni para convertir el destino de la Petrolera en un deber personal.  Pero pudieron darle el gusto de algo superior.  Ser eficiente, ganar y producir; eso fue todo.

En la novela el lector entenderá cómo el petróleo está presente en todos los ámbitos de la vida del venezolano “El petróleo es lo obvio entre nosotros, no como Dios, pero casi.  Tanto que hasta nuestras palabras están hechas con él”.  Si se revisa un poco la historia de Venezuela, en el primer mandato de Carlos Andrés Pérez, se logró nacionalizar la industria petrolera y, según algunos, a partir de ese momento el país vivió una bonanza única. Esa época dorada fue llamada la “Venezuela saudita”, solo importaba el derroche y la ostentación, ignorando así las palabras del intelectual Arturo Uslar Pietri que siempre advirtió que era necesario “sembrar el petróleo”. 

Por otro lado, Balza también habla en su obra sobre el narcotráfico, el lado B de la industria petrolera: Nadie puede explicarlo, al parecer la zona oeste de Tander se ha ido convirtiendo en refugio de guerrilleros. Vienen del otro país y se quedan aquí.  En el fondo son narcotraficantes, todo el mundo lo sabe.  Pero parece que la gente del gobierno ha comenzado a tener tratos con ellos.  En vez de devolverlos a su nación, los utilizan acá para entrenamientos”. 

Aparte de su protagonista, vale destacar el personaje de Ochoa, un hombre que continuamente reflexiona sobre su realidad. A través de él se hace una fuerte crítica al líder mesiánico y caudillista, se critica las acciones de un presidente que si mencionar su nombre es muy fácil para el lector darle una identidad:  Para someter a las masas, las convence de su exclusión, pero en vez de trabajar por su recuperación, las impulsa a no trabajar, a un simulacro de estudios, a la invasión de propiedades, al atropello, a la flojera, a vivir de un dinero injustificado...Parece trabajar, nunca lo ha hecho, sólo juega de manera pueril.  Todo esto mientras campo y ciudad se vuelven enfermizos, depauperados.  Él mismo ha ido creándose un cerco maldito.  Ha recogido en su inconsciente las peores energías del remoto caudillismo y del partidismo.  Su elipse luminosa sólo escondía el hundimiento, el regreso a las fuerzas más sórdidas de la psique personal y colectiva del país.  Porque no hay duda de que él las encarna, porque están en nosotros”.

Un hombre de aceite resume lo determinante que ha sido el petróleo y el narcotráfico en estos veinte años de Revolución.

La herencia de Chávez: su infierno

Alberto Barrera Tyszka (Caracas, 1960), es uno de los escritores venezolanos más internacionales.  Ganador del Premio Herralde de Novela 2006 con el título La enfermedad, y el Premio Tusquets 2015  con Patria o muerte, que es una fotografía de Venezuela desde el momento en que se enfermó Chávez hasta su deceso.  Una novela en cuyas páginas se vive en un país suspendido mientras el gobierno trata de convertir a Chávez en un mito.  Sencillamente es el autor que hasta el momento ha logrado escribir en la ficción sobre la Venezuela preapocalíptica: “El país siempre estaba a punto de estallar, pero nunca estallaba; o peor: vivía estallando lentamente, poco a poco, sin que nadie se diera cuenta”.

En Patria o muerte sus personajes viven intoxicados por la política y la nostalgia del pasado, atrapados en la única narrativa posible: el caudillismo. A pesar de todo luchan -sin éxito- para que la Revolución no los toque: Quería ser el eje de todo: de la nación, de la historia, de la vida pública y privada de los ciudadanos.  Y lo estaba consiguiendo.  Desde el comienzo se había convertido en el paciente de todos.  Su enfermedad era un enigma que contagiaba a todo el país (…) La fragilidad del Chávez humano estaba también al servicio del poder del mito de Chávez.  Los dos usaban el mismo cuerpo”.  El gobierno se dedicó a construir un imaginario del Chávez invencible, cuya presencia era omnipresente y que con su ausencia crearía a la patria una gran orfandad.  A la par, a través de una niña llamada María, se retrata la violencia caraqueña que le arrebata a esta pequeña su educación y también a su madre.  Una niña sin futuro, de alguna manera una metáfora en la que se ha convertido la Venezuela de hoy ante un destino incierto.

Sencillamente, Chávez resucitó la nostalgia por la izquierda. “Con la llegada de Chávez al poder, en 1999, los viejos sueños de Antonio resurgieron.  Para toda su generación, el gobierno comenzó a proponer una suerte de parque temático de los años sesenta.  Por momentos, el país parecería un espacio adonde sacar a pasear las nostalgias.  Se desarrolló cierto clima retro que se recreaba, incluso, con unos códigos que ya estaban olvidados.  Lo primero que resucitó Chávez fue justamente un lenguaje, un modo de nombrar.  Rescataba a Stalin y a la Unión Soviética, citaba a Mao Zedong, hablaba de Gramsi y de los intelectuales orgánicos.  La revolución era una droga dura, una suerte de estimulante ideológico, una manera de regresar a la juventud”.  Antonio representa la ilusión de muchos, la ilusión de esa izquierda venezolana que años atrás estuvo retratada en País Portátil (1968), de Adriano González León.

Caracas: la ciudad de los apagones

The Night es la primera novela de Rodrigo Blanco Calderón (Caracas. 1981), que le permitió ganar la III Bienal de Novela Mario Vargas Llosa.  La obra fue publicada por Alfaguara, Gallimard y Madera Fina.  La obra confluye alrededor de la figura de Darío Lancini, un psiquiatra forense, un escritor de novela negra y un publicista en una ciudad llena de oscuridad y violencia: Caracas.

La historia se inicia con un apagón producido en Caracas en el año 2010, que en nada se compara al último apagón que vivió Venezuela y que afectó al país por una semana “Al principio fue un largo, inesperado, apagón de cinco horas.   Caracas parecía un hormiguero destapado... Luego el Gobierno anunció el plan de racionamiento de energía.  Los voceros de la oposición no tardaron en recordar la situación de Cuba en los años noventa y cómo el plan de cortes eléctricos que implementaron durante el periodo especial era idéntico al que se iba a aplicar en Venezuela”.

Esta ciudad en la oscuridad vive encerrada en la violencia. En el libro se recrean los personajes corriendo a sus hogares antes de que se despida la luz del sol. Es una novela donde se enlazan varias historias, pero sus personajes son víctimas de una dictadura latente: “Nuestro presidente es un payaso, un payaso salido de una novela de Stephen King, pero un payaso.  Un poder como este, que produce risa y que sin embargo te mata, es más corrosivo que un poder serio, de esos que provocaban terror con la sola presencia de sus líderes o de sus símbolos (...) Esto es una dictadura (…) Aquí todo el mundo lo sabe.  Con mucha nitidez o de forma confusa, todos lo percibimos.  Pero no hay forma de decirlo sin quedar en ridículo, como a esos niños a los que hacen llorar los payasos”.  Ante la crisis humanitaria, su autor, Blanco Calderón, ha declarado en varias oportunidades que la cotidianidad venezolana retratada en su obra se queda corta a lo que vive en la actualidad el país donde la realidad supera la ficción.

Quizás, los críticos y especialistas no se atreven aún a catalogar una obra que represente los recientes años que se han vivido en Venezuela, quizás también exista el peligro que la desgracia venezolana se convierta en un cliché literario para vender, quizás algún escritor desde el exilio la esté escribiendo.  De todas maneras, se vale la lectura de estas novelas, en especial las obras de Yolanda Pantin, Igor Barreto o Adalber Salas Hernández, que a través del lenguaje poético han denunciado los convulsos años que ha vivido la tierra de Bolívar.  

 

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Dulce María Ramos

Cultura

Entender a Venezuela desde su literatura

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