Literatura colombiana

Entre el arte y la idea de progreso

Margarita Londoño, autora de “Esas ganas locas de matarlo” y “Los goles de Juancho”, presenta su nueva novela: “El día que llegó la ópera a Rosas”.

La escritora colombiana Margarita Londoño, autora de “El día que llegó la ópera a Rosas”. /Archivo

Entre los terrenos más desafiantes de una geografía que parecía impenetrable, unos ingenieros, de otro tiempo, se embarcaban en la difícil tarea de construir la carretera más imponente que alguna vez hubiera existido en el territorio colombiano. Era una carretera que, si se consolidaba, permitiría conectar los lugares más remotos y apartados, más inhóspitos y desconocidos, con el centro del país, el lugar donde todo ocurría. Dicha carretera se volvía sinónimo de avance y de progreso.

Permitiría abrir nuevas alternativas de comercio, facilitaría el transporte de los ciudadanos, en fin, daría algo de esperanza a aquel país que comenzaba a consolidarse. Así, aquel camino pavimentado permitiría que la Colombia de los mediados del siglo XX pudiera comenzar a ser conocida como una nación capaz y desarrollada. Como un país que había podido dejar de lado épocas dependientes frente a las naciones extranjeras, para poder ser, al fin, una nación realmente independiente.

Era una carretera que daría prestigio a sus realizadores, que sería el orgullo de los gobernantes y de los ciudadanos, y que, además, daría nombre a pueblos nunca antes mencionados, olvidados y recónditos.

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Ese era el caso de Rosas, un pueblo que aparentaba un total abandono, una desidia irreparable y un aburrimiento continuo. Un pueblo del que nadie hablaba, al que nadie le importaba, al que solo llegaban los más audaces viajeros. Era un pueblo alejado y escondido. Lo conformaban unas cuantas “casuchas”, abandonadas y sin vida, de las cuales la única que sobresalía, evidentemente, era la casa cural.

El polvo y el alcohol eran los únicos elementos que se podían encontrar sin falta, lo otro dependía del territorio central, que no les ponía cuidado. Así, descolorido, se ubicaba en la periferia, como quizá muchos otros pueblos que se encontraban rezagados a lo largo del territorio colombiano.

Y aunque era un pueblo alejado de cualquier tipo de civilización, un pueblo anónimo, de paso, casi fantasmal, se convertiría en un lugar fantástico donde transcurriría la historia de la novela más reciente de Margarita Londoño, El día que llegó la ópera a Rosas, una novela corta, contundente, que a lo largo de la narración llevaría a que ese pueblo, antes anónimo, adquiriera un nombre propio, un nombre que se construiría con la confluencia de los más diversos y dispares personajes; generando, así, una trama compleja, histórica, artística y emocionante.

Sería la historia de un ingeniero mesurado y respetado, aun siendo un enamorado de la poesía y la astronomía; de un vándalo, sin tapujos, y que, sin embargo, le temería a las alturas y se convertiría en el mayor de los enamoradizos; sería también, la historia de una mujer indígena, impenetrable y dura, pero que no se podría resistir a los encantos del amor de un hombre muy diferente a ella; o de una joven distinguida y elegante, pero que acabaría en los brazos de un criminal.

Sería, entonces, una historia que se construiría con los personajes más paradójicos; formando así una novela apasionante, donde los personajes se vuelven tan contradictorios como los espacios que transitan.

Entre contradicciones, Margarita Londoño, autora de obras como Esas ganas locas de matarlo y Los goles de Juancho, entre muchas otras novelas infantiles y para adultos, crea una historia compleja y divertida en la que logra transportar al lector a esa época confusa e incierta que transcurría en los años 30 de la historia colombiana.

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Y para esos mediados del siglo XX, logra plasmar esa disparatada idea del “progreso” que se tenía en ese entonces. Esa idea a la que las élites del país soñaban con llegar, pero que nadie sabía muy bien cómo alcanzar. Así es que, con cierta improvisación, mediante ideales absurdos e importados, ajenos al contexto del país, de planes que distaban de las capacidades de personas que habitaban el territorio nacional, se comienza a formar la nación de aquel país que hasta ese entonces se despertaba.

Es en este panorama enredado en el que se sitúan los sucesos de esta novela, pues se relata lo que pudo haber sido del territorio caucano en esos tiempos en donde se perseguían el “progreso”, los “avances” sin saber muy bien a qué se referían estas palabras realmente.

Es por esto que hechos que parecerían ser una completa locura, como la obligación de parar la construcción de la carretera más importante del país por la borrachera de algunos de sus encargados, o la posibilidad de los vándalos de transportar una bebida anisada sin el control de las autoridades, o la más alocada de todas, las ansias de abrir una ópera en un lugar donde ni siquiera había escuelas, gente letrada o conocedores de alguna expresión musical más allá de los cánticos de la iglesia, eran pan de cada día.

Esta última traza la trama de la novela, en donde uno de los personajes, Lucio Cárdenas, mano derecha del ingeniero jefe de la obra, Enrique Uribe White, está doblemente obsesionado. Por un lado, por traer la máxima expresión del arte, de la lírica, de la cultura, a ese lugar sin nombre, y por el otro, por sacar su propio nombre del anonimato. Así, en esa búsqueda de renombrar aquello que no es nombrado, los deseos de Lucio Cárdenas se verán truncados por las fiebres propias de esos lugares inhóspitos, por las emboscadas de los vándalos de la zona y también por el amor y la codicia.

De manera que este relato, que nació de unas historias fantásticas que llegaron algún día a los oídos de la autora y que, posteriormente se construirían desde una investigación histórica exhaustiva, genera una mezcla fascinante de realidad y ficción, de expectativas y realidades, de verdades y fantasías. Es un relato que sitúa al lector en un contexto histórico real y verosímil, en esa Colombia expectante frente a la guerra contra el Perú, y a la vez lo lleva a transitar por acontecimientos fantásticos e increíbles. Así, la literatura, en forma de novela, sería la única expresión capaz de permitir que Margarita Londoño entrelazara acontecimientos tan contradictorios y paradójicos, para así construir un solo relato que narraría ese día en el que la ópera llegaba a Rosas.

 

 

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