Escribir, traducir y después borrar

¿Cómo Valeria Luiselli se convirtió en una de las escritoras latinoamericanas más importantes en Estados Unidos? Sus libros son reseñados en el New York Times y tiene la ventaja de escribir (y publicar) en inglés y en español.

Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) dice que el impulso para escribir una historia es una combinación de rabia y claridad. /Zony Maya

Conocí a Valeria Luiselli en un salón de la Universidad de Nueva York. Una mujer menuda, sencilla, con un tono de voz casi tímido. Una de las escritoras latinoamericanas de las que más se habla en Estados Unidos, sus libros son reseñados en el New York Times y tiene la ventaja de escribir (y publicar) en inglés y en español. Por ahí comenzó la conversación, por esa mezcla de curiosidad y desarraigo que tuvo una vez cuando regresó a su México natal y se dio cuenta de que no entendía la lengua del día a día, las bromas entre compas.

Su lengua madre se había quedado estancada cuando se fue al extranjero a estudiar (ha vivido, entre otros, en EE. UU., Corea, India y Sudáfrica). Empezó a escribir en español como una búsqueda personal por esas expresiones populares que son como la sal de un lenguaje. Incluso publicó en un libro (Where You Are: A Collection of Maps That Will Leave You Feeling Completely Lost) sus mapas invisibles de México DF para ella misma aprender a ubicarse... o desubicarse. Luego, para ir más lejos, quiso traducir y autotraducirse, pues “sirve para editarse a uno mismo y quitar lo que está adornando, lo que es autoindulgencia”.

Cuando leí su novela Los ingrávidos (Narrativa Sexto Piso) pude entender mejor algo que dijo en ese salón de NYU: “Si queremos ser influenciados por un escritor, lo mejor es traducirlo”. Este libro es el relato de una traductora (tal vez un álter ego de Luiselli) que se va confundiendo poco a poco con el del poeta Gilberto Owen. El metro de Nueva York está habitado por fantasmas (no de los que asustan sino de los que nos obsesionan), es posible ver en la multitud a Ezra Pound y quedarse encerrado en una casa con tres gatos sin cola. Su ciudad, la de la autora y la de la protagonista, se cruza con la del poeta por algo que sólo puede pasar en un libro: el tiempo deja de existir.

Su narrativa es honesta en cuanto exhibe parte de los andamios que hay tras el oficio de escribir: “debo generar una estructura llena de huecos para que siempre sea posible llegar a la página, habitarla. Nunca meter más de la cuenta (…). Levantar muros y tirarlos”. Dicho el “truco”, Luiselli lo hace. Caemos en los huecos, pasamos por encima de los muros derrumbados. Es decir, lo que leemos no nos estorba. Fluimos por pasajes como este: “Tenía los senos suaves y abultados; los pezones pequeños. Ella decía que tenía pezones filosóficos”.

“Los buenos libros están escritos como si fueran en otro idioma”, dijo Luiselli el día en que la conocí. Con Los ingrávidos estuve de acuerdo. Su prosa es fragmentada (“Yo tengo una bebé y un niño mediano. No me dejan respirar. Todo lo que escribo es —tiene que ser— de corto aliento. Poco aire”) y poética. Cada palabra es la justa. Ella misma lo decía: “Yo escribo, pero sobre todo borro”.

@julianadelaurel

 

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