“Estamos rodeados de inadecuados milagros”: Guillermo del Toro

Entrevista con el ganador del Óscar como mejor director y quien realizó el filme que se llevó la estatuilla de la mejor película. El mexicano se ha dedicado toda su vida a crear monstruos y gracias a eso puede decir que ha sido fiel a sí mismo.

Guillermo del Toro es el tercer mexicano en llevarse la estatuilla de mejor director. Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu han sido los otros ganadores. / Cortesía

La película La forma del agua parecía tener la perfecta forma del Óscar cuando había recibido trece nominaciones y hasta Guillermo del Toro había entrado a la alfombra roja de teatro Dolby con tres posibilidades para ganarlo. Pero ya había perdido en la categoría de mejor guion contra ¡Huye! y cuando la noche estaba a punto de terminar, La forma del agua apenas había ganado dos de las trece nominaciones. Sin embargo, quedaban dos oportunidades. Dos premios por entregar. Y esos fueron exactamente los dos premios que terminó ganando Del Toro, como mejor director y mejor película: dos monstruos mellizos llamados Óscar.

En las últimas cinco ceremonias, el Óscar a mejor director lo han ganado mexicanos: Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu. ¿Qué tan importantes son las raíces hispanas en Hollywood?

Mis raíces hispanas, mis raíces mexicanas, están conmigo todo el tiempo. Esta mañana incluso me di cuenta de que mi cabeza, mi Dios y hasta mis pantalones son evidentemente mexicanos. Somos quienes somos. Sería imposible negar mis raíces aunque quisiera intentarlo. Desde la niñez siempre quise hacer películas con monstruos. Es una idea que nunca traicioné. Para mí, lo importante de ser hispano es existir como el ejemplo de un gordo muy trastornado y especial. Es la locura de los gordos latinos que soñamos con el cine y el realismo de una fantasía. No todos los directores tienen que ser tan realistas en ese sentido, pero es importante ser emocionalmente realista. Muchos organismos que reglamentan el cine tratan de decir que sólo es valioso si una película atrapa socialmente y yo digo que no es así. Hay arte, belleza y balance en las imágenes de la fantasía.

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Eran las 8:12 p.m. en Los Ángeles cuando Emma Stone anunció a Guillermo del Toro como el ganador del Óscar a mejor director por La forma del agua, media hora antes de ganar también por la mejor película, cuando todos apostaban que ganaría Tres anuncios por un crimen, sólo porque la película dirigida por Guillermo del Toro no había ganado ninguna de las categorías de mejor actuación (y la mayoría de los miembros, después de todo, son actores).

Pero la ceremonia del Óscar terminó dándole el mayor triunfo, aunque él no se tomó demasiado tiempo para agradecerlo. “Soy un inmigrante como Alfonso (Cuarón) y Alejandro (González Iñárritu), mis compadres. Como Gael (García Bernal), como Salma (Hayek) y como muchos, muchos de ustedes”, había dicho Del Toro con el primer Óscar. “Y en los últimos 25 años he vivido en un país aparte. Una parte por aquí, otra parte por Europa y otra parte por otros lugares, porque lo mejor del arte que hacemos, en nuestra industria, es que borramos las líneas marcadas en la arena. Y deberíamos continuar haciéndolo, en un momento en que el mundo nos dice que (esas barreras) deberían ser mucho más profundas”.

En el Festival de Toronto, cuando la película ni siquiera se había estrenado, me dijo que no soñaba con ganar un Óscar y si llegaba a pasar prometió que no iba a escribir ningún discurso de agradecimiento. ¿Cumplió esa promesa? ¿Llegó a escribir el agradecimiento que dio arriba del escenario o lo pensó minutos antes, al menos?

La única vez que escribí un discurso fue al principio (de la temporada de premios) y cuando saqué el papel ni siquiera podía leerlo, porque la transpiración me caía en los ojos y terminé hablando desde el corazón. Con el Óscar quise hacer lo mismo. Pensé: “Si llego a subir allá, si tengo un papelito va a ser horrible, porque voy a ver los números de la cuenta regresiva y es terrible”. Preferí decir lo que sentía en ese preciso momento.

Mirando atrás en el tiempo, con un Óscar en la mano, ¿cuál diría que fue el momento más difícil de su carrera?

El momento más difícil es siempre la película que filmo en ese momento. Y lo más difícil es empujarme a no buscar los caminos fáciles y seguros. Cuando somos complacientes y nos gusta seguir las caravanas lindas que pasan por la puerta, filmas un solo estilo de cine. Eso es lo malo. Con los riesgos, a veces se fracasa. Y el fracaso muchas veces es una buena lección.

¿Y la parte más amarga del rodaje de “La forma del agua”, que le da un gusto mucho más dulce al Óscar?

Una de las partes más difíciles de esta película fue filmar una película de US$60 millones con un presupuesto de US$19,5 millones. Lo logramos, manteniendo la mente abierta, dejando que todos trabajaran, viendo que todos mantenían también el mismo tono. El tono fue como un pedal. Si lo pisaban como un freno, la película se caía. El cinematógrafo podía quebrarla. El diseñador podía quebrarla. Un actor podía quebrarla. Necesitaba que todos trabajaran, pero yo fui el guardián de ese pedal que decía: “Eso no funciona”. Y eso es duro. Sólo funciona con experiencia. Lleva tiempo lograr algo así.

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La película La forma del agua es la extraña historia de amor entre una sordomuda y un monstruo anfibio atrapado por el gobierno estadounidense en un laboratorio secreto de Baltimore, en 1962, en medio de la Guerra Fría, entre espías rusos y el servicio secreto de Estados Unidos. Y con una película tan particular, Guillermo del Toro disfrutó la gloria de premios, desde que en el estreno mundial del Festival de Venecia ganó el famoso León de Oro como mejor película y el Instituto de Cine Americano la seleccionó como una de las diez mejores películas del año, antes de recibir los premios más importantes de la Academia de Hollywood.

Curiosamente, el monstruo en “La forma del agua” no tiene nombre. ¿Nunca se le ocurrió bautizarlo como Óscar?

En el estudio lo llamábamos Charlie, por Charlie Tuna. Pero la criatura tiene un significado completamente diferente para todos. Para el personaje de Strickland es una oscura y pegajosa criatura que vino de Suramérica. Para Sally es algo que ella reconoce como su esencia natural. Para el científico ruso es algo que lo reconecta con la ciencia que tanto lo apasiona. Cada uno lo ve de una forma diferente. Y por eso yo también quise dejar abierta la idea. Una de las mejores líneas que improvisamos en el rodaje es cuando Giles dice: “Es un tipo interesante”.

Y la idea de llevar la historia al año 1962.

Quise ubicarla en 1962 específicamente porque la gente dice: “Volvamos a hacer a Estados Unidos tan grande como era antes” soñando con aquella era. Era una buena época para los autos más modernos, las cocinas automáticas, en un país que miraba al futuro, con la carrera por llegar al espacio; todo era superbueno si eras blanco, anglosajón y protestante. Pero si eras algo más, estabas arruinado. Y es algo que no ha cambiado demasiado. Fue un sueño que también murió con Kennedy y la escalada militar de la guerra de Vietnam. Por eso es un recuerdo falso y era muy importante ubicarlo en aquella época sin afectar demasiado la historia, aunque hay elementos alegóricos en el cine.

¿Qué cambio le gustaría marcar en el presente?

Sería maravilloso lograr el punto de vista de Giles, al ver personajes egoístas que cambian su punto de vista. Creo que podemos despertar a la mañana eligiendo entre el miedo y el amor todos los días. Y todos los días se puede elegir algo diferente, sin definirte por completo. Pienso que todos somos buenos y malos 24 veces por día, pero lo importante es saber cómo puedes terminar tu historia. Es importante que podamos elegir el amor por encima del miedo, porque el amor es la mejor respuesta, aunque suene tonto. Es la mejor respuesta a todo.

¿Se considera un romántico mexicano?

No creo en el amor romántico porque es un falso truco. Es por eso que nuestro monstruo es tan importante, porque es mucho mejor que enamorarte de una belleza. Es importante que los personajes sean imperfectos. Es como La bella y la bestia, donde la bella se masturba y fuma, como la gente normal. Todos lo hacen y yo no quise mostrar otra versión de una princesa de Disney. Quise mostrar a alguien real. Tan real que la criatura se come al gato. Es un dios, pero come gatos. En la película Hellboy hay una frase que dice: “Nos gusta la gente por sus cuerpos, pero la amamos por sus defectos”. Creo que eso es el amor. Amor es decir: “Estoy perdido, estás perdida, pero juntos somos geniales, de alguna forma”.

¿La mejor lección que aprendió, después de ganar un Óscar?

Ya pasé los 50 años y con el paso de la edad me doy cuenta de que todos tenemos cualidades que nos hacen únicos. Estamos rodeados de inadecuados milagros. Y si crees en esa persona y en el amor, el mundo puede cambiar. Sólo hay que abrirse y entender que es posible. Cuando vemos el estándar de la normalidad, te das cuenta de que es lo peor del mundo. Lo es, porque lo hace imposible. La perfección es algo que nos torna infelices. La imperfección y el amor es lo que nos hace feliz.