Eventos culturales en Colombia: escenarios cada vez más excluyentes

Ante la llegada de espectáculos de talla internacional quedan preguntas por resolver: ¿quién regulará los altos precios de las boletas, la comisión con la que se quedan los operadores de venta y la calidad de los eventos?

Bruno Mars se presentó en Bogotá el pasado 5 de diciembre. AFP

*El siguiente texto hace parte de una alianza de El Espectador con el portal Razón Pública. 

El “boom” de la cultura

En la última década, el mercado cultural ha tenido un importante crecimiento en Colombia. De acuerdo con la Organización Mundial de Propiedad Intelectual, la denominada “economía naranja” puede llegar a aportar hasta un 3,3 % al PIB, de la mano de un ciclo económico creciente impulsado por el boom en los precios de las materias primas. Los espectáculos de talla mundial empezaron a llegar al país de forma masiva en los últimos diez años, atraídos por un entorno económico favorable y una nueva legislación atractiva (por ejemplo, la Ley Naranja, 1834 de 2017).

Hoy, ciudades como Bogotá y Medellín han tenido eventos culturales de nivel global, con un aumento del 30 % en los últimos doce años, según el Departamento Nacional de Planeación. Recientemente han pisado suelo colombiano desde artistas legendarios, como los Rolling Stones, Madonna, U2 y Paul McCartney, hasta aquellos artistas que dominan las chartlists y son tendencia global, como Ed Sheeran, Bruno Mars y Justin Bieber. Pero detrás de este proceso de integración a los mercados culturales globales surgen problemas que pueden pasar desapercibidos.

Boletas carísimas

Los eventos culturales no han sido ajenos a las lógicas de la financiarización de la economía. Los organizadores de eventos culturales se han vinculado cada vez más con redes financieras transnacionales.

Una de las multinacionales que han traído algunos de los más grandes espectáculos al país es Ocesa, empresa filial de la mexicana Corporación Interamericana de Entretenimiento y que ha sido la responsable de traer a Colombia a los Rolling Stones, U2 y el Circo del Sol, por ejemplo.

Todos estos eventos han tenido gran éxito mediático y una masiva asistencia, lo que opaca las discusiones sobre los altos costos de las boletas, que han llegado a superar el valor del salario mínimo mensual en Colombia. Por ejemplo, asistir al concierto de los Rolling Stones con la entrada de menor valor costaba un tercio del salario mínimo ($228.000) y el precio podía llegar a ser hasta cinco veces más alto ($1’139.000).

Es importante destacar que gran parte de la utilidad del evento llega a los bolsillos de los accionistas, que normalmente presionan para obtener rentabilidades cada vez más altas. Al final, menos del 50 % del valor que se paga en la boleta va para el artista.

El reciente caso del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá es ejemplo de cómo la industria cultural nacional se ha vinculado con capital financiero transnacional. Ante las deudas cercanas a los $4.000 millones que dejó la versión del Festival en 2016, los organizadores tuvieron que recurrir a una alianza con la banca de inversión Konfigura, una empresa dedicada a recuperar créditos. En este caso, Konfigura entró para comprar la cartera y llevar a cabo la auditoría.

Los asistentes sufrieron las primeras consecuencias de esta alianza en la reducción de beneficios para los abonados. En las primeras versiones del Festival, el descuento solía estar entre el 30 y el 50 % del valor de la boleta para una compra hecha seis meses antes del evento. Hoy, este beneficio se ha reducido a 20 %.

Falta de regulación y monopolios

Pero los altos costos de las boletas también resultan de la comisión que se cobra por venta de boletería, que oscila entre un 10 y un 15 % del valor de la entrada, lo cual puede llegar a ser obstáculo para el acceso al mercado cultural.

Empresas como Tu Boleta monopolizaron la venta de boletería y obtuvieron ganancias significativas sin aportar más que un simple servicio. Para dar una idea, la comisión de la boleta más costosa puede ser similar al precio de la mejor entrada para ver al mejor artista local.

Una parte del riesgo asociado con la cancelación del evento es asumido por el espectador. Ante la eventualidad de que un evento se cancele, sólo se devuelve el valor de la boleta y no el de la comisión del servicio.

Es injusto que comisiones tan altas (a veces superiores a los $50.000) no sean devueltas al espectador. Al final, la persona que compró una boleta de $500.000 recibió el mismo servicio que la que compró una boleta de $100.000. ¿Por qué la primera debe perder $50.000 y la segunda sólo $10.000?

Ante la cancelación de un evento, todos pierden, excepto el operador de boletería. El espectador pierde lo que pagó por el servicio de la compra, el artista pierde la oportunidad de presentarse (y casi nunca es indemnizado) y el empresario pierde en publicidad y producción.

Y si a menudo la venta está exclusivamente en manos de Tu Boleta, en muchas ocasiones la preventa es sólo para clientes del Grupo Aval. Ninguna entidad ha regulado la monopolización de la preventa de boletería mientras que más del 90 % de las boletas se van en esta etapa.

La desigualdad en la cultura

Así, los mejores formatos de los eventos culturales se vuelven cada vez más excluyentes y los altos índices de desigualdad en Colombia se hacen explícitos en el mercado cultural.

Unos pocos artistas cada vez más globales y un reducido número de promotores se llevan la parte más grande de la torta. El 99 % restante lucha en un mercado cada vez más financiarizado. La industria creativa crece desde las élites y para las élites.

Mientras tanto, miles de artistas colombianos siguen en el rebusque. Y por más que se prometiera que las redes sociales serían la vitrina global de los emergentes, pocos logran este éxito en un mundo donde los artistas locales tienden a ser desvalorados por los medios. En la realidad, el poder de los medios masivos redirecciona gustos y devociones hacia las tendencias culturales globales.

* Gestora cultural, organizadora del Festival Manizales Blues y analista de Razón Pública.

** Profesor de la Universidad Nacional y analista de Razón Pública.

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