Fabio Rubiano: “Fuimos y somos expertos en hacernos los pendejos”

“Historia patria (no oficial)” rescata, a través de los personajes invisibles que no pasaron a la historia y que fueron olvidados por las versiones oficiales, lo que ocurrió en Santafé entre 1810 y 1819.

Marcela Valencia, Liliana Escobar, Juanita Cetina, Javier Riveros, Ariel Merchán, Iván Jara, Fabio Rubiano y Carlos Mario Valencia, los actores de “Historia patria (no oficial)”. / Teatro Colsubsidio

Don José de Antúnez fue uno de los que planeó la trampa para tumbar el florero de Llorente e iniciar la revolución en contra de la Corona española.

El 20 de julio de 1810 se levantó muy temprano, seguramente no se bañó, pero sí se vistió para la ocasión, aunque solo pudiera elegir entre dos vestidos que guardaba en su armario.

Caminando hacia el lugar en el que se encontraría con los demás, pasó por el balcón de doña Ángeles Martínez de Ponce, una española casada con don Servido Arboleda. Ella, que estaba asomada, lo saludó y lo invitó a subir.

Antúnez subió, cruzó dos o tres palabras con ella y después terminó en su cama. Rápidamente olvidó la independencia y se quitó el vestido que había elegido para pasar a la historia. Sí recordó que tenía otro compromiso un poco más importante, pero doña Ángeles le dijo que no la podía dejar así, que además estaba sola, que ya iría al día siguiente.

Él se quedó. Fue así como uno de los cerebros de aquel plan que supuestamente liberó a Colombia del yugo español, no firmó ningún acta ni fue recordado como héroe. No hizo parte de la Junta de Gobierno y tampoco fue uno de los nuevos dirigentes que se quedaron con el poder.

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Historia patria (no oficial) fue escrita y dirigida por Fabio Rubiano, que habló para El Espectador mientras se retocaba las líneas que le hizo con marcador al pantalón naranja con el que acababa de actuar. “Es que quiero que se vea más decadente. Esas personas eran muy sucias: tenían dos o tres vestidos y ni se bañaban”, decía, y se acomodaba la peluca blanca que usó don Servido Arboleda, el personaje que interpreta, que fue el esposo de doña Ángeles, la que convenció a Antúnez para no “perder el tiempo en esa revuelta y esa gritería del 20 de julio”.

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La obra rememora los hechos del 20 de julio a través de los que no quedaron en los libros ni en las pinturas que se recuerdan de la época. Ningún prócer, ni español, ni ayudante de la revolución patriota fue incluido en el libreto de Rubiano, que quiso escarbar en las anécdotas de los historiadores que también hablaron sobre la cotidianidad que se vivió entre 1810 y 1819, año en el que se derrotó militarmente a los ejércitos realistas. “Comencé a investigar porque quería hacer una pieza histórica, pero me encontré una serie de anécdotas que me hicieron decidir que ya no quería hablar de ninguna figura, porque muchos no estaban comprometidos de verdad con una causa popular. Lo que querían era tumbar a los españoles para quedarse con el poder, y posiblemente a gran parte de la población le fue peor. No quiero decir que hubiera sido mejor que los realistas se quedaran, pero sí hubo una traición a todo el movimiento popular”, dijo Rubiano, que se llevaba las manos a la frente e imitaba la voz del llanto cuando agregaba que otra razón para decidir hacerlo a partir de anécdotas fue que todas fueron equiparables a la época actual.

El ejército realista estaba compuesto por indios, cholos, negros, mestizos y mulatos. El patriota fue integrado por indios, cholos, negros, mestizos y mulatos. Pueblo contra pueblo pelearon una guerra que les quitó unas cadenas que después fueron reemplazadas por otras. No hubo independencia, no fue real. La libertad fue la excusa para decirles a los españoles que aquí ya había quien mandara, y que los bobos, los pobres y los muertos, seguirían siendo los mismos. Total, los que lideraron la causa patriótica, los criollos, soñaron con ser españoles hasta el día de su muerte. Los artesanos, mieleros y dueños de pequeños negocios, los de aquí, los marginales, creyeron que los liberarían de un yugo extranjero, y sí, lo hicieron, solo que después tuvieron que tolerar el local.

En los pasquines que entregaban los españoles decía: “¡Los patriotas quieren imponer la homosexualidad! ¡Están violando a las monjas en los conventos!”, y en los de los patriotas, “¡Los españoles están violando a monjas! ¡Quieren acabar con la familia!”. Fake news desde 1810, solo que ahora el medio pasó a llamarse WhatsApp y se hace mediante cadenas. Desprestigio y búsqueda de apoyo por medio de mentiras y miedo, mucho miedo. Desde la época de la independencia, los astutos dirigentes (o aspirantes a dirigentes) entendieron que generando pánico podían sentarse más cómodos en la silla poderosa, la importante, la valiosa.

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La obra de Rubiano es una muestra clara de que la historia de Colombia ha sido cíclica. “Claro, hemos mejorado. Ahora hay más gente que tiene carro”, dice, buscándole humor a una realidad que le puso los rasgos tensos.

Es evidente que lo asquea la forma en la que se manejaban y se manejan las relaciones de poder, la repartición de la riqueza y la facilidad para mentir. “Hubo otra cosa que me impresionó mucho mientras investigaba, y es que además de que seguimos siendo unos burros para elegir a los que van a manejar nuestra plata, a la fiesta nunca la hemos abandonado”, agregó, recordando una escena de su obra en la que en medio del caos, los fiesteros piden más vino y mandan a matar más chivos, para que la alegría y la borrachera, el baile y el embotamiento no cesen jamás.

“El diario de la independencia”, de José María Caballero, y las “Reminiscencias de Santafé y Bogotá”, de Cordovez Moure, fueron algunos de los registros que consultó para la escritura del libreto, que narra la historia de una compañía teatral que por pedido de un gobernador hace una obra sobre la independencia con algunas condiciones precisas: no actuarán indígenas, solo actores famosos, los que aparecen en televisión, además de que lo que se contará se apegará a las versiones oficiales, a las institucionales.

Marcela Valencia interpreta a la boba, una mujer que fue acogida por una familia española (o que se cree española) y que se dedicó a los mandados y los oficios de la casa junto a la indígena, que fue la encargada de la limpieza. La boba se enamoró de otro bobo, Cecilio, con el que finalmente no pudo casarse por ser federalista. La boba, que se cambia de bando a medida que va leyendo los pasquines de cada uno de los extremos, terminó peleando el 20 de julio por una independencia en la que creyó, pero que terminó matando a su amor por sapo, por bocón, por meterse en las versiones oficiales de los españoles que le dijeron a Murillo que habían ganado. Por bobo.

¿El personaje que interpreta Marcela Valencia es el de la Patria Boba? ¿Ella es la representación de nuestro retraso?

Es una lectura muy cercana. Lo que pasa es que no es una alegoría. No puedo decir que lo que interpreta Marcela es territorio americano porque eso no se actúa, ni se escribe. Sí tiene mucho ver, no tanto con el concepto de patria, sino con todas las personas que estaban en ese mismo proceso de un lado y del otro. Tanto lo bobos que somos por seguir eligiendo a quien nos hace daño, a quien nos destruye, pero por otro lado nuestro gran talento para hacernos los bobos. Ella se hace la boba y ahí nosotros también somos expertos. También en que no importa lo que pase, ¡bailemos! Fuimos y aún somos unos expertos en hacernos los pendejos.

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2019-08-23T21:00:00-05:00

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2019-08-24T11:48:36-05:00

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Laura Camila Arévalo Domínguez - Twitter: @lauracamilaad

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Fabio Rubiano: “Fuimos y somos expertos en hacernos los pendejos”

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