Recuerdos del fundador

Fidel Cano Gutiérrez, un espectador de la historia

Hace cien años, el 15 de enero de 1919, falleció en Medellín el fundador de El Espectador, Fidel Cano Gutiérrez. Semblanza de su vida y obra, que representan un legado de libertad para varias generaciones de colombianos. El educador, el padre de familia, el dirigente político, el periodista. Homenaje.

Don Fidel Cano Gutiérrez (1854-1919) en retrato de Francisco Antonio Cano. / Archivo de El Espectador
Don Fidel Cano Gutiérrez (1854-1919) en retrato de Francisco Antonio Cano. / Archivo de El Espectador

El periodista Fidel Cano Gutiérrez nació un día de noticia: 17 de abril de 1854. La misma fecha que escogió el general José María Melo para su cuartelazo al presidente José María Obando en Bogotá, detonante de una guerra civil de ocho meses que perdió el golpista. En aquella época, sus padres, Joaquín Cano y María de los Ángeles Gutiérrez, habitaban en San Pedro de los Milagros, a 25 kilómetros de Medellín, en una vistosa casa situada a escasa distancia de la plaza principal. En ese ambiente creció hasta la pubertad junto a sus tres hermanos, hasta que la familia se trasladó a Anorí, donde los ricos yacimientos de oro de aluvión y veta daban ecos de bonanza minera. Allá también llegó la familia de su primo hermano Rodolfo Cano, ocho años mayor, que se iniciaba como maestro en una escuela de niños.

Los primos Rodolfo y Fidel Cano fueron primero profesor y alumno, y después lectores de Víctor Hugo y Lamartine, en plan familiar o de amigos, antes de que sus familias tomaran sus propios rumbos. El de los Cano fue radicarse en Medellín en 1869, cuando la ciudad con sus áreas rurales llegaba a los 30.000 habitantes y Antioquia se movía al dinamismo de Pedro Justo Berrío, época en la que, según Tomás Carrasquilla, se convirtió “en una colmena sin zánganos”. Entró al Colegio de Jesús y dio con otro profesor que alentó su precoz afán intelectual: el escritor Juan José Molina, que años después fue su compañero de andanzas periodísticas. Después de un tiempo en el Colegio del Estado, hoy Universidad de Antioquia, moviéndose entre Medellín y Rionegro en busca de destino, en 1872 entró a dirigir un colegio en Envigado. (El fundador visto por Guillermo Cano Isaza).

Entonces empezó a escribir en el periódico liberal La Palestra, donde también lo hacían Camilo Botero Guerra, conocido como “Don Juan del Martillo”, y Lucrecio Vélez, que dejó una vasta obra de narrativa costumbrista, y en el semanario literario El Iris, donde concurrían otros amigos de letras, como el ilustre Juan José Botero, novelista. A los 22 años, en 1876, se casó con Elena Villegas, hija de Luis María Villegas, reconocido jefe conservador, y se trasladaron a Rionegro, donde primero ofició como maestro y luego como visitador de instrucción pública para las escuelas del oriente de Antioquia, por la misma época en la que compró una pequeña imprenta y fundó su revista semanal La Idea. Había mucho de qué escribir en esa época de zozobra nacional porque una nueva guerra civil azotaba a Colombia.

Se trataba de la que libraron los conservadores contra el gobierno liberal de Aquileo Parra en 1876, que vio entrar triunfante a Medellín al general Julián Trujillo en mayo de 1877, con un ejército de 4.000 hombres. Meses después gobernaba a Colombia y de Antioquia se hizo cargo el general Tomás Rengifo, que empezó la reconquista. Mucha sangre derramada por cuenta de la política. Tiempos de violencia que Fidel Cano vivió educando juventudes y ejerciendo el periodismo, hasta que fue elegido diputado a la Asamblea de Antioquia y regresó a Medellín, donde puso en circulación su nuevo empeño: La Revista Industrial. Se hizo profesor del Colegio Central de la Universidad de Antioquia, llegó a ser rector, luego director de la Imprenta Oficial, hasta que en 1882 emprendió su tercera travesía periodística: el periódico La Consigna.

Los aires de la política se habían enrarecido de nuevo. Desde el poder, Rafael Núñez avanzaba hacia la solución de su disyuntiva “regeneración administrativa fundamental o catástrofe” y, junto a Fidel Cano, en La Consigna sumaban ideas Luis Eduardo Villegas, que llegó a ser congresista y magistrado de la Corte Suprema, así como el escritor Juan José Molina, el abogado Benjamín Palacio y hasta el dirigente liberal Rafael Uribe Uribe. Pero volvió a estallar la guerra en 1885. Fidel Cano fue incorporado al Ejército y designado pagador oficial, pero como la contienda terminó en pocos meses, con victoria de Núñez, después de su notificación desde el balcón presidencial de que la Constitución de Rionegro (1863) dejaba de existir, Cano se radicó en El Retiro, donde creó un colegio, regentó otros y esperó el momento de su definitiva cruzada.

En los primeros días de 1887 retornó a Medellín y a sus 33 años, en “una destartalada, oscura y húmeda casucha de la calle de El Codo”, a cuadra y media del que es hoy el parque de Berrío, en dirección a la quebrada Santa Helena, el 22 de marzo fundó el periódico El Espectador. “Una pequeña hoja de cuatro páginas, cada una de ellas del tamaño de un cuarto de pliego”, que salió a la venta como “periódico político, literario, noticioso e industrial”, con un objetivo desde el primer editorial: “Nos proponemos, primeramente, aprovechar en servicio del Liberalismo —como doctrina y como partido—, la escasa suma de libertad que a la imprenta le han dejado las nuevas instituciones y sus intérpretes”. Por disposición del artículo 42, la libertad de prensa en la nueva Carta Política de 1886 había quedado restringida solo a los tiempos de paz.

Además incluyó el artículo transitorio K, ordenando que mientras no se expidiera una ley de imprenta, el Gobierno quedaba facultado para prevenir y reprimir los abusos de la prensa. Y ese fue el esperpento que utilizó para suspender a El Espectador en julio cuando llegaba a su número 30. El consuelo esa semana fue la noticia de que al hogar de su primo Rodolfo había llegado una nueva hija, la emblemática María Cano. Al amparo de un decreto del presidente encargado Payán, el periódico regresó en enero de 1888, esta vez para recibir el baculazo del obispo de Medellín, Bernardo Herrera, que declaró pecado mortal “leer, comunicar, transmitir, conservar o de cualquier manera auxiliar a El Espectador”, con decreto fijado en las iglesias de la diócesis. Para no desentonar, tachado de subversivo, el gobierno del nuevo encargado, Carlos Holguín, volvió a cerrarlo en octubre.

Hasta febrero de 1891 pudo regresar con el número 99, pero Fidel Cano no estuvo quieto. Por el contrario, activo en la docencia, en la militancia del liberalismo en Antioquia o en la publicación del texto El Cadalso, para protestar contra la pena de muerte. Entre multas consecutivas, anatemas eclesiásticos y suspensiones temporales, el periódico permaneció hasta agosto de 1893, cuando publicó un duro escrito del periodista Juan de Dios el Indio Uribe contra la Regeneración, que el gobernador de Antioquia, Abraham García, replicó enviando a prisión al periodista y al director del impreso. Sin dejar de escribir, cultivando una pequeña huerta de legumbres y flores, Fidel Cano cumplió los 18 meses que le aplicaron de castigo en un penal de Envigado. Cuando recobró su libertad en marzo de 1896, restituyó el periódico.

Ahora gobernaba Miguel Antonio Caro, heredero político de Rafael Núñez e ideólogo de la Constitución de 1886, que tampoco gustaba de los periodistas liberales, a quienes llamaba “gamonales de la pluma”, y apenas permitió que El Espectador circulara tres meses. En abril de 1897, al amparo de un decreto para aliviar el cerco a la prensa con propósitos electorales, volvió mientras su director apoyaba al liberalismo en su tarea de resistencia. Pero la suerte estaba echada. Uribe Uribe insistía a sus contradictores “o nos dan libertad o nos la tomamos”, y en octubre de 1899 estalló la guerra en Santander. La fratricida contienda de los mil días que sacó de circulación al periódico y a muchos otros y puso a huir a Fidel Cano hacia las montañas, acompañado de dos de sus 13 hijos, montado en una mula enjalmada y disfrazado de arriero.

A su manera, sin desatender sus obligaciones familiares, colaboró a los emancipados liberales y cuando cesó la violencia política y los tratados de Wisconsin, Neerlandia y Chinácota sellaron la paz, la Academia Antioqueña de Historia lo hizo uno de sus miembros y luego su vicepresidente. Después de cuatro años de silencio, El Espectador reanudó sus operaciones en octubre de 1903 en los umbrales del despojo de Panamá y apenas tuvo tiempo para lamentarlo. Pero un año más tarde, al gobierno de Rafael Reyes tampoco le gustaron sus editoriales y ordenó su cierre. Entre sus ocupaciones, Fidel Cano colaboró a su hijo Gabriel, que editaba el impreso Mesa Revuelta, y pasado el quinquenio de Reyes y la reforma a la Constitución en 1910, en la presidencia del antioqueño republicano y amigo Carlos E. Restrepo, salió de nuevo a relucir su liderazgo personal y periodístico.

Aunque sus copartidarios insistieron y lo llevaron al Congreso, donde legisló entre 1911 y 1915, entre sus actividades había una prioridad y el 2 de enero de 1913, nueve años después de la última mordaza, reapareció el periódico con consigna resaltada: “El Espectador trabajará en bien de la patria con criterio liberal, y en bien de los principios e intereses liberales con criterio patriótico”. Ese mismo año llegó a su edición número 1.000 y su hijo Luis, con apoyo de sus hermanos Gabriel y Joaquín, adquirió la imprenta que dejaba el impreso Gaceta Republicana en Bogotá, y de manera simultánea, a partir de febrero de 1915, se empezó a publicar El Espectador en Medellín y la capital. A sus 61 años, Fidel Cano anunció su decisión de abandonar las labores proselitistas y fue el patriarca de una generación que se juntó para seguir el periódico.

Además de sus hijos, lo acompañaron insignes escritores y periodistas de Antioquia, como Luis Tejada Cano, hijo de Isabel Cano y nieto de su entrañable primo Rodolfo, que en apenas 26 años dejó una obra memorable como cronista, y Ricardo Rendón, de Rionegro, alumno del consagrado pintor Francisco Antonio Cano, también de la familia, que fue pieza clave del suplemento dominical La Semana y del Suplemento Literario Ilustrado que pegaron en Bogotá. Primero fue ilustrador y luego el caricaturista que resumió la historia del país en los años 20 y 30. La lista de colaboradores es larga, pero empieza con el filósofo de Envigado Fernando González, Tomás Márquez y Baldomero Sanín Cano, y pasa también por los Pánidas, que revolucionaron desde Medellín el universo de las letras.

Gente ingeniosa que se fusionó con el círculo intelectual bogotano de los hermanos Nieto Caballero, que entraron a hacer parte del periódico y de la familia. Luis Cano contrajo matrimonio con Paulina Nieto, y Agustín Nieto, después fundador del Gimnasio Moderno, con Adelaida Cano. El tercero, Luis Eduardo, entró a codirigir El Espectador y fue el infaltable “Lenc” de las páginas editoriales. Con su misión cumplida, a los 65 años Fidel Cano falleció, el 15 de enero de 1919, asistido por su amigo médico Alfonso Castro, que escribió ese día: “Acabo de cerrar los ojos y de poner en la caja mortuoria el cuerpo de ese grande patricio, digno de desfilar por las páginas de Plutarco, que se llamó Fidel Cano. Mi alma llora la pérdida irreparable que hace la república, pero experimenta una sensación de vigor y consuelo. He asistido el extinguirse de la vida de un hombre honrado, y con eso está dicho todo”.

 

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