Pensamiento y debate

Filosofía a pedalazos

Algunos filósofos se alejaban del sedentarismo con largas caminatas en las que sus pensamientos se estimulaban. Para ellos, la bicicleta, de haber existido, podría haber sido uno de sus principales hábitos.

La filosofía y las bicicletas, una relación poco común que podría arrojar interesantes teorías. / Istock

Es inevitable pensar en lo que viene y en lo que ya fue mientras vas firme y elegantemente aferrado a los manubrios de una bicicleta, sobrado, adelantando ágil sobre el ruidoso tránsito con tu melena liberada al viento y confiado en que tu sentido del equilibrio jamás perderá de vista su centro de gravedad.

Andar en bicicleta es una práctica egoísta y muy personal que no deja de ser solidaria con lo que hay en el camino. Se trata de autonomía y soberanía en términos de movilidad, ya que el dueño de este limpio y amigable vehículo nunca debe preocuparse por la hora en que pasa el último bus de su ruta ni mucho menos de guardar algunos pesos para el taxi.

Contra lo único que compite un ciclista es contra él mismo y su capacidad de resistencia y determinación. Hay que apuntar que se trata de un ejercicio en el que cuerpo y espíritu reflexionan juntos y al tiempo y en donde —nadie que vaya sobre dos ruedas— jamás llega a sentirse solo, mucho menos aburrido. Es la carrera íntima y sumamente apropiada para el autoexamen existencial —socrático desde donde se quiera— en donde cuando vienes a ver, ya te has ido más allá del viejo barrio de tu niñez, felizmente filosofando a pedalazos.

Mientras iba rodando a bordo de una bicicleta que muy bien conoce las licenciosas autopistas que conducen a las playas de Puerto Colombia, a donde voy para descargar mi deuda con los recuerdos mientras veo pasar las horas de mi vida en vez de intentar asirlas, recordé que en 1937 La Sorbona le otorgó una beca de doctorado a Cioran —el filósofo aullador—, pero él no acudió a una sola clase ni mucho menos trabajó en ninguna tesis. El rumano que dominó la prosa francesa se dedicó a leer compulsivamente y a descubrir Francia —como buen flâneur que era— tirando biela sobre ese ente dócil y de conducta modesta, como opina de ella Cortázar en Vietato Introdurre Biciclette. Una vez, Simone de Boué y el autor de El inconveniente de haber nacido llegaron a la frontera con España con ganas de no parar hasta pisar suelo catalán. Lo hubieran conseguido con algo de sudor, muertos de la risa y la satisfacción, si no hubiese sido porque la policía les bloqueó el cruce y no les quedó más remedio que irse por donde habían llegado.

Nietzsche no consideraba ninguna idea surgida del sedentarismo e inopinadamente prefería dar largos paseos en los que desandaba la escuela peripatética de Aristóteles hasta lograr por completo su eterno retorno. Igual hacía Kant en Königsberg, dominando con su imperativo categórico el frío poblado en donde sus vecinos adivinaban la hora exacta por lo puntual de sus recorridos a pie.

Schopenhauer, después de tocar su flauta se ponía su frac y corbata para salir a caminar —hiciera el clima que hiciera— durante al menos dos horas. Usaba ropa pasada de moda, del mismo corte y estilo que lucía en su juventud, lo cual no le impedía llevar a cabo sus largos paseos en los que ideaba títulos más digeribles con los que nombrar su densa obra filosófica.

Desde los días de Schopenhauer, los años de Alemania correrían en dirección a un futuro deprimente en donde Martin Heidegger —después de conquistar su Selva Negra— se convertiría en todo un rufián ario metido en el clóset de su ser y tiempo, y del que saldría pisando duro sobre ideologías modernas.

Pensaba en bicicletas y filósofos, y conforme buscaba la vía al mar y su puerto devastado, notaba cómo el cielo sobre mi cabeza seguía perdiendo su notoria claridad de función matinée a grandes rasgos. Mi cadencia sobre el asfalto era suave, más bien contemplativa, y pese a ir contrario al viento no dejaba de pensar en el Caribe como un destino propicio para las metamorfosis del alma, los trueques de las malas estrellas por las buenas, o quizá como un simple tubo de escape por donde se arrojan quienes pretenden abandonar una vieja forma de vivir, amar y sufrir. Como en una novela de Tomás González.

Las luces de los postes comenzaban a caer sobre un trazo serpentino cuya uniformidad y pulcra monotonía convierten este tramo de la ciudad en algo simplemente perfecto, en un tránsito de superficie casi virgen y correctamente asfaltada que sirve de pasto para mi burra con rines 700 marca Shimano.

Volví a meditar mientras la brisa enjuagaba mi agrietado rostro y caí en cuenta de que fue Descartes quien propuso —quizá observando a los navegantes griegos— que el mundo es un libro que solo se puede leer si vas viajando.

¿Qué tal si a estos filósofos se les hubiese dado por pensar subidos en sus propios velocípedos, en vez de cavilar cuando iban —en apariencia— simplemente caminando? Me pregunté con gesto ingenuo: ¿será que la historia de las ideas en Occidente sería otra si hubieran pedaleado y no caminado? No lo sé, pero ya que faltaban varios kilómetros para ver el mar, no me quedó más remedio que ponerme a especular a la vez que hacia un ajuste de velocidad.

Quizá Kant —el hombre de la razón universal— hubiera salido al menos una sola vez de su pueblo natal si hubiera tenido a la mano este sencillo aparato de mecánica elemental, que de seguro le habría proporcionado el impulso y la libertad de abandonarse más allá de los límites y los confines de toda su monumental metafísica, hacia espacios más inmanentes y vitales en donde habría probado un poco de aquella suculenta carnalidad trivial a la que tanto le sacó el cuerpo.

Schopenhauer y Heidegger, si hubiesen escuchado con atención a Descartes, se habrían percatado de que toda moral es provisional y relativa en vez de única e impositiva, entonces de seguro se habrían alejado a toda velocidad como corredores en una contrarreloj, hasta dejar de importarles la verborrea absolutista de Hegel y Hitler.

A Nietzsche lo imagino escribiendo filosofía a pedalazos y no a martillazos. Siendo campeón de algún primer Giro italiano con ayuda de su voluntad de poder, porque en vez de abrazar al caballo de Turín, se habría colgado al caballo de acero. Y finalmente, como por obra y gracia de la imaginación, esa famosa novela llevada al cine jamás se hubiera podido llamar El día que Nietzsche lloró sino El día que Nietzsche pedaleó. Y si Cortázar pudo fantasear con La vuelta al día en ochenta mundos, ¿entonces por qué yo no puedo imaginar filósofos que pensaron no a pie sino sobre una bicicleta, a modo de contracarreta histórica?

He culminado mi viaje con los últimos rayos de sol y con solo eso —el mar— tengo cómo cubrir el saldo que pueda restarle a mi errante existencia esta imparable rutina de ciudad anclada en el tiempo, cíclica y cultureta que nos traga a todos juntos de una sola mordida. Porque tumbado en la arena desgreñada —ahora fría y casi hecha grumos— contemplo el inquieto océano mientras recargo mi corazón de insólitos sueños capaces de resquebrajar de un ocaso, los estériles espejos de la frustración que atisba un futuro en manos del sino, pero que lucha a fuerza de pedalazos por irse lejos sobre las incansables ruedas del destino.

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Leydon Contreras Villadiego

Cultura

Filosofía a pedalazos

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