Hay Festival 2018

Frank Báez: “Un poema es como una casa”

El escritor dominicano es uno de los invitados al Hay Festival Cartagena. Su obra es un largo poema que lo lleva en volandas por todas las edades de su vida.

Báez es considerado uno de poetas más relevantes en lengua española nacidos después de 1970 por la antología “El canon abierto” (Visor, 2015). Lidybel A. Martínez

 

Cuando Frank Báez ve una mujer hermosa caminando del brazo de un hombre con barba, siente que el mundo va bien. Y esas barbas, la del hombre que camina del brazo de una mujer hermosa, la de Walt Whitman, la de su papá, la que creció en su propia cara como una premonición, no escapan a su mirada poética. Frank Báez –Santo Domingo, 1978– cumple la máxima de Federico García Lorca: “Todas las cosas tienen su misterio, y la poesía es el misterio que tienen todas las cosas”.

Para el poeta dominicano, un poema es una casa que deja de ser suya cuando está terminada. Entonces es el momento de marcharse a levantar otras casas, usando las palabras que nombran las cosas, palabras que en sus manos se convierten en ladrillos. Un equipo de sóftbol, un huracán, una mata de guayaba, la Macbook de su hermana, nubes que transmutan en bisontes blancos. Todo es poesía.

“Y escribir es como caminar / Cada palabra que escribo / es un paso que voy dando. / ¿Hasta dónde he llegado? / ¿He encontrado mi hogar?”.

A los ocho años, Báez creyó que el mundo se acabaría en el 2000. A los 20 quiso marcharse de su país para convertirse en un “artista de vanguardia”. A los 30 cambió sus camisetas de Iron Maiden y Nirvana por camisas de flores tropicales. Durante un tiempo se quejó de que todos sus intentos por escribir un poema de amor acababan siendo un fracaso. Ahora es capaz de escribir uno cada día.

Era sábado por la tarde, diciembre de 2017. Día despejado en Santo Domingo. Báez llevaba jeans y una de sus ya legendarias camisas rameadas. Hace cuatro años que organiza una venta de libros en el garaje de su casa. Un asalto a su biblioteca que le permite ser librero durante unas horas. “Soy un librero frustrado”, dice. Muchos de los libros, acomodados en una mesa, llevaban adhesivos amarillos con anotaciones seductoras: anzuelos para un posible lector. Libros de cuentos, ensayos, crónicas, novelas y, cómo no, también de poesía.

—¿Quién lee poesía?

—Casi nadie.

Pero Báez, que fue elegido por el jurado del Hay Festival (en su edición de Bogotá 39-2017) como uno de los mejores escritores de ficción menores de 40 años en Latinoamérica, sigue insistiendo, cambiando de género para no aburrirse, para que todas las voces que lo habitan puedan expresarse. Es autor del libro de cuentos Págales tú a los psicoanalistas, Ferilibro, República Dominicana (2007) y de la colección de crónicas Lo que trajo el mar, Ediciones Aguadulce, Bayamón, Puerto Rico (2017). Escribió los poemarios Jarrón y otros poemas, Editorial Betania, Madrid (2004); Cielo Naranja, Berlín (2013); En Rosario no se baila cumbia, Editorial Folía, Buenos Aires (2011); Postales, Ediciones Liliputienses, Cáceres, España (2013): Llegó el fin del mundo a mi barrio, Valparaíso Ediciones, México (2016). y Este es el futuro que estabas esperando, Seix Barral, Colombia (2017).

Báez recuerda que tenía 17 años, que hablaba de poesía todo el tiempo, las 24 horas del día. Leía poesía con avidez y escribía hasta que sentía palpitaciones en la mano: “Cerraba las persianas, bajaba las cortinas, apagaba la luz y escribía como yo pensaba que escribían los poetas, o sea, con los ojos abiertos en la oscuridad”. Después volvía a Los poemas completos de Dylan Thomas, y sus propios poemas, los que había escrito hasta el dolor, acababan en el fuego.

“La mitad de este mundo es del demonio, la otra mitad es mía”, decían los versos de Dylan Thomas que escuchó por primera vez en la voz del escritor y sociólogo Franc Báez Evertsz, su padre.

Dylan Thomas, el poeta británico que nació en 1914, el que escribió guiones para teatro y cine, cuentos y poesía, el que murió en Nueva York en 1953, supuestamente después de tomarse 18 vasos de whisky, transformó la vida de Báez: “Siempre he dicho que ese verso me alcanzó como las ondas expansivas de una bomba atómica, fue como si al oírlo, las palabras reorganizaran mi código genético, convirtiéndome en poeta”.

Franc Báez Evertsz murió en septiembre de 2016. El 2 de diciembre de ese mismo año, el Archivo General de la Nación de República Dominicana le rindió un homenaje. Algunos sociólogos presentes en el acto destacaron que las obras de investigación de Báez Evertsz son fundamentales para entender la evolución de la sociedad dominicana. Durante el homenaje, Báez recordó a su padre: “Solía repetirme que nunca dejara de escribir y que si los empleos me exigían mucho y me arrebataban el tiempo de la escritura, de la lectura y de la reflexión, que renunciara, que él me buscaría la plata, porque lo importante era que yo escribiera”.

A Báez le gusta jactarse de las playas que ha visitado. La playa de su infancia, en la finca familiar de Punta Cana, se convirtió en el recuerdo de un paraíso que le fue arrebatado por una cadena de hoteles. Sentado en la orilla de tantas playas, Báez dice que ha aprendido más que en la escuela. Uno puede pensar, por la sencillez de su lenguaje, que construir casas de palabras le cuesta poco. “La aparente facilidad y claridad toma mucho más tiempo que la complejidad”, dijo Báez en una entrevista. La obra del escritor dominicano es un largo poema que lo lleva en volandas por todas las edades de su vida, un estadio de casas abandonadas. Casas que ofrecen refugio a locos y prostitutas, policías retirados y empleadas del hogar, amantes, melancólicas y ancianas que juegan al bingo.

En Cabarete, una playa aclamada por surferos de todo el mundo, Báez intentó suicidarse. Tenía 21 años. Llevaba mucho rato contemplando las olas, hasta que anocheció. Quiso avanzar desde la orilla y sumergirse, desaparecer en las profundidades del Atlántico. Lo pensó mejor: “Desistí pensando en todos los poemas que me faltaban por escribir”.

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Frank Báez en el Hay Festival

Viernes 26 enero, 17:30. Lectura poética en el patio del Centro de Formación de la Cooperación Española (Cartagena de Indias).

 

 

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