¡Oh arte inmarcesible!

Frente nacional: un pacto entre un escritor que fue presidente y un “Monstruo” exiliado

Alberto Lleras y Laureano Gómez fueron los encargados de firmar el pacto por la alternancia del poder. El Frente Nacional lo iniciaron dos figuras que, influidas por distintos autores, ideas y creencias, se convirtieron en los representantes de los partidos que uniformaban el país.

Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo, una imagen que evoca la firma del Pacto de Sitges. Ilustración: Daniela Vargas

Alberto Lleras Camargo, el representante liberal que menos escozor causaba en las filas conservadoras, viajó a Benidorm, ciudad en la que vivía exiliado el expresidente Laureano Gómez, para convencerlo de que firmara un comunicado que, posteriormente, se presentó como la salvación de la represión. Allí definieron las bases de la coalición que, según ellos, devolvería la democracia al país. Allí, con sus firmas, anunciaron un pacto que el 95,2 % de los colombianos aprobó el 1º de diciembre de 1957. Allí, y en nombre de los dos colores por los que Colombia se ahogaba en fratricidios que consideraban heroicos y dignos, consensuaron cómo se alternarían el poder: el que habían perdido, pero merecían (según ellos, siempre fue según ellos).

Lleras, el primer presidente del Frente Nacional, gobernó entre 1958 y 1962, pero fue su segunda vez en el cargo. Este liberal accedió con facilidad al “país político” que mencionaba Gaitán en sus discursos, refiriéndose al grupo de los que gobernaban, pero también decidió ser parte del “país letrado”: el de los intelectuales, periodistas y escritores, como lo describió Robert A. Karl, en el libro La paz olvidada. Se paseó por la frontera de estos dos grupos y escaló hasta sus picos, apoyado en las ideas de los autores que leyó cuando se encontró con la Bogotá aristócrata, con la “Atenas suramericana”. Lleras se comprometió con la herencia de su abuelo, Lorenzo Marías Lleras, un liberal que idolatraba a Santander. También lo hizo con el legado de los autores de su vida, como Francisco Luis Bernárdez, un poeta y diplomático argentino, hermano de Aurora Bernárdez, la primera esposa de Julio Cortázar. Los discursos de Lleras eran rigurosamente escritos y estratégicamente acompañados por los versos y las citas de los que edificaron su pensamiento: Baudelaire, Huysmans, Ortega y Gasset, Hegel y Villiers de L’Isle-Adam.

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En 1926, después de abandonar la carrera de derecho que cursaba en la Universidad Externado e iniciarse como periodista en los principales diarios liberales del país, viajó a Buenos Aires a probar suerte, ciudad en la que tuvo tiempo de compartir sus cavilaciones con Roberto Arlt, Amado Villar y Jorge Luis Borges.

Mucho se ha comentado sobre la maestría con la que Alberto Lleras Camargo redactaba sus discursos. Mucho se ha escrito sobre el rigor con que los leía, mucho se ha enaltecido su genialidad para convencer y disuadir. Muchos textos almibarados, adjetivados, generosos al extremo hablan sobre el rechazo del presidente a la violencia, sobre su preocupación por el consenso y la existencia de algunos matices (solo algunos). Pero lo que realmente catapultó a este hombre como uno de los más importantes líderes de la historia colombiana fueron sus reposadas y certeras convicciones, que se percató de expresar sin errores a través de sus textos y sus intervenciones. Desde los Nuevos, “la generación de letrados que buscaba incorporar un estilo novedoso a las corrientes intelectuales y políticas del país para ‘levantar la política, por encima de las pequeñas ambiciones y de los apetitos groseros’”, comenzó a contarle al país que sus ojos identificaban los cambios del siglo XX y que los restos del romanticismo y el costumbrismo eran justamente eso: vestigios de un pasado cuadriculado y sectario.

La contraparte que selló el Frente Nacional, Laureano Gómez, la cabeza de los azules, que derrotado y “un poco escarmentado” firmó el acuerdo y reivindicó su salida del poder con un proyecto disfrazado de flotador, también se destacó por la fuerza de sus ideas, que siempre se basaron en el mandato divino de la Biblia. Sus argumentos políticos, sus discursos y sus luchas las apoyaba en los valores cristianos y la moral. Antes de cualquier autor, su mayor influencia venía del cielo, de su cielo, del cielo católico: el indiscutible faro de luz que construiría la que para él sería la República perfecta, proyecto que tuvo que suspender por un síncope cardíaco. Cuando fue presidente, su salud lo apartó del poder, y cuando quiso recuperarlo, el general Gustavo Rojas Pinilla se puso en el medio.

Mientras Gómez, con 22 años, pisaba la Cámara de Representantes y se oponía con vehemencia al gobierno de Marco Fidel Suárez, mientras viajaba y absorbía los entornos y sucesos internacionales de países como Alemania y ascensos tan rápidos y efectivos como el de Hitler, mientras se desempeñaba en los cargos públicos que lo fueron acercando a la Presidencia de la República, se convencía, entre lecturas y meditaciones, de que el pensamiento liberal, para él tan cómodo y mediocre, tenía que abolirse de forma radical.

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Las influencias intelectuales de Gómez se sustentaron en el “‘nacionalismo integral’ del movimiento monarquista Acción Francesa, especialmente en Charles Maurras, contemporáneo y émulo de George Sorel, quienes, junto con Barrés, Bourget y Francis James, se incorporaron al Comité de Redacción de la revista L’Independence”, se lee en el libro El proceso político de las derechas en Colombia y los imaginarios de las guerras internacionales, de Javier Guerrero Barón. Todos estos autores, además de hacer parte de sus lecturas cotidianas, pasaban por las manos de los integrantes de los Leopardos, un pequeño grupo de extrema derecha a quienes algunos definen como “los pioneros del fascismo en Colombia”.

Laureano Gómez también expuso en sus discursos el claro antisemitismo con el que, sin apoyar de manera clara a Hitler y su obrar en Alemania en contra del judaísmo, coincidió en más de una ocasión con las ideas del líder del nazismo. En sus intervenciones, Hitler hablaba de tres peligros para el Tercer Reich: el judaísmo, la masonería y el comunismo, los mismos que Gómez consideraba que atentarían contra la nación y Occidente. También, los dos líderes de derecha coincidían en que la solución para estas amenazas era una sola: la expulsión.

James D. Henderson, uno de sus principales biógrafos, reseñó que sus influencias se alternaron entre los nombres de “Burke, y Maistre, hasta Carlyle y Novalis. También se presentaron críticos eclécticos: Sorel, Nietzsche y Spengler, que estaban plenamente de acuerdo para condenar el mito liberal como algo absurdo y pueril”.

Para Gómez, si la política y las leyes no se redactaban bajo los preceptos y mandatos de la Biblia, el proyecto de nación fracasaría. Si el “individualismo liberal” no se sustituía por una cultura de comunidad nacionalista, Colombia no podría evitar el declive. Sus mayores enemigos fueron el ateísmo y el comunismo, que se le presentaron como los fantasmas que amenazaban sus pretensiones. También tuvo que lidiar con las implicaciones de su neutralidad en cuanto a la Segunda Guerra Mundial, que lo mostró ante los liberales y un gran porcentaje del país como un simpatizante del nazismo.

El Frente Nacional se inició con un encuentro en el que se aunaron las intenciones de los dos partidos que querían recuperar el bastión de mando. Alberto Lleras, descrito por Gabriel García Márquez como “el gran escritor que fue dos veces presidente de la República”, y Laureano Gómez, a quien le decían “el Monstruo” por la fuerza de sus ideas, la radicalización de sus posturas y decisiones, que calificó a la Constitución de Rionegro firmada en 1863 como “el código monstruoso”, fueron las dos figuras que, desde edades tempranas, se alimentaron de las doctrinas de los que ya habían escrito, para escribir sus propias verdades. Sus extremos, rojos o azules, nunca se hicieron cargo de los daños, siempre de los triunfos o de las victimizaciones por los abusos del otro. Al Frente Nacional lo vendieron como la solución a la violencia exacerbada y el disenso, pero fue un pacto que excluyó los matices, las nuevas alternativas, y que resultó paradójico para muchos: era el regreso de la democracia, pero nadie más cabía: el país seguía viéndose en azul y rojo.

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Laura Camila Arévalo Domínguez- @lauracamilaad

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