Gael García: El arte como energía salvadora

El próximo jueves 1º de noviembre se estrenará “Museo”, protagonizada por Gael García Bernal, un filme inspirado en el robo de más de 100 piezas del Museo Nacional de Antropología e Historia de México.

Gael García, protagonista de la película “Museo”, basada en hechos reales en el México de los 80. Cortesía

Nunca se supo por qué lo hicieron. Nadie ha podido determinar cuáles fueron las motivaciones que llevaron a Carlos Perches Treviño y Ramón Sardina a robar el Museo Nacional de Antropología e Historia de México, y parece que nunca se sabrá. Perches fue capturado en 1989, cuatro años después del robo. “Soy aficionado a la arqueología”, dijo, en un intento por explicar el crimen. Estuvo en la cárcel unos años y cuando quedó en libertad fue asesinado.

A Sardina nunca lo encontraron. Lo único que se supo de él es que conservó siete piezas, de las más de 100 que robaron. No hay certezas de su vida ni de su muerte. Solo resta fantasear imaginándolo entrar a alguna sala de cine a ver la película Museo, inspirada en una travesura que parecía no tener sentido.

Gael García Bernal y Leonardo Ortizgris interpretan a dos jóvenes mexicanos que en la madrugada del 25 de diciembre de 1985 decidieron entrar al museo y saquearlo. Sin saltos mortales, ni maniobras impresionantes ingresaron al recinto y empacaron las piezas en sudaderas y camisetas. Tuvieron ayuda, ya que los guardias del lugar tenían la orden de recorrer el sitio cada dos horas y el mandato nunca se cumplió. Mientras la vigilancia celebraba la Navidad en una oficina, con alcohol y comida, el museo fue desocupado.

Esa historia la supo simbolizar muy bien el director Alonso Ruizpalacios, quien abre la película con la frase: “Esta historia es una réplica de la original”. Recreó al México de los 80 con sus teléfonos análogos, sus atuendos, sus programas televisivos y sus temas políticos que en ese momento se referían a la ballena Keiko, una orca que se creía había llegado al país para servir como cortina de humo y así distraerlos de los problemas esenciales.

Solo habían pasado tres meses desde el terremoto que azotó a México y que, según la Cruz Roja, cobró 10.000 vidas. Después de la tragedia, y buscando algo de esperanza, se hicieron cenas navideñas y se bailó alrededor de árboles de Navidad junto a los televisores que informaban sobre el hurto a cuatro manos de “enemigos de su historia y su herencia”. Les habían robado su pasado.

Gael García Bernal habló con El Espectador sobre el episodio en el que se basó la película, el cual también intrigó a Gabriel García Márquez, quien fue invitado por el presidente de México de ese entonces, Carlos Salinas de Gortari, a la ceremonia en que se celebró la recuperación de las piezas: “Vine como novelista, atraído por el misterio, por saber qué pasó con estas joyas, cómo fue que estuvieron en un clóset, con su historia, con su magia”, se registró en una crónica publicada el 15 de junio de 1989 por el periódico El Universal.

Los dos jóvenes que se robaron las piezas del museo fueron llamados “enemigos de su historia y su herencia”, pero no se conocen las motivaciones que los llevaron a cometer el crimen. ¿Cuáles fueron las motivaciones de ustedes al grabar esta película?

Tienen que ver con la fascinación por ese misterio de entender por qué hicieron lo que hicieron. Yo lo ampliaría mucho más a una dimensión humana: ¿por qué alguien hace lo que hace? ¿Cómo es que alguien toma esa decisión? De hacer un acto de malicia y no entender las consecuencias que eso pueda llegar a tener.

Usted tenía siete años cuando se efectuó el robo de las piezas. ¿Recuerda la reacción de los mexicanos al enterarse del hurto al museo?

Fue traumático para todos, porque había sucedido el temblor del 85, que destruyó la mitad de la ciudad. Toda la sociedad salió a salvar el día, se organizó, y de pronto sucedió este robo, que fue un golpe durísimo. Un torniquete al páncreas. En el proceso de investigación, de saber qué pasó y quiénes fueron, se pensaba que eran una banda de delincuentes internacionales, una banda organizada, y al final se dieron cuenta de que eran dos chicos de Satélite, una ciudad pequeña. Eso fue muy doloroso porque nadie se esperaba que fueran dos mexicanos. Había un contrato tácito con esas piezas, con el Museo de Antropología, con nuestro pasado.

Se registró en varios medios de su país que cuando las piezas fueron robadas, los mexicanos fueron masivamente al museo a ver las vitrinas vacías…

Hubo una fascinación tremenda porque le dieron un golpe a uno de los símbolos más importantes de nuestra identidad o del concepto de país que teníamos. Sin ir muy lejos, puedo hacer un paralelo con lo que sucedió en Brasil. Cuando se incendió el Museo Nacional, el golpe espiritual que se le dio a la sociedad fue casi sintomático de lo que estaba sucediendo a nivel político. Los surgimientos de narrativas ignorantes, de discursos racistas, nacionalistas y xenófobos son señales de una ausencia cultural importante. Ahí es donde creo que la película provoca este tipo de cuestionamiento y esta discusión.

Las familias de los jóvenes que robaron el museo en 1985 no quisieron participar en el proceso de investigación de la película. ¿Cómo y qué tuvo en cuenta para la construcción de Juan, su personaje?

Todo el mundo está en su derecho de no querer participar en el proceso de investigación. La negativa de los familiares la tomamos como una señal de querer reinventarlo todo y, por respeto también a ellos, decidimos cambiar los nombres. Hay que decir que esto es una ficción, que es una reinterpretación de la realidad. Creo que si estuviésemos haciendo un documental tendríamos que clavarnos en los hechos reales, pero estamos haciendo ficción y más vale que ahí encontremos cosas que no se pueden encontrar con la historia real: ¿qué pasaba por sus cabezas? ¿Cómo se podría interpretar eso? Ellos estaban en la selva en Palenque, ¿por qué? Eso es lo que nos permitió convertir la historia en película y crear los personajes.

Para usted, ¿cuál es la función que cumple este filme?

Es un momento complejo. Parece que todo lo que está ocurriendo es lejano del siglo XX. Esos movimientos de un nacionalismo xenófobo, racista, y esa misoginia exacerbada es increíble. Pensábamos que eso hacía parte de otra época y ahora está a la vuelta de la esquina. La única forma de argumentar o desarticular ese discurso tan simplista e ignorante es a través de la cultura, que dimensiona toda la discusión, la valora por sobre toda las cosas, y desde ahí ves que una obra de arte, sea la que sea, una película, un libro, una escultura o una canción, no son la solución de todo, pero sí hay una energía que impulsa a esa solución. Es la emoción que se necesita para encontrar respuestas. Hay miles de formas para probar eso.

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2018-10-26T21:50:18-05:00

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2018-10-28T14:35:28-05:00

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Laura Camila Arévalo Domínguez

Cultura

Gael García: El arte como energía salvadora

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