Tema del V Festival Gabo, en Medellín

García Márquez y su obsesión por la medicina

Su padre fue médico frustrado. Desde la niñez el tema lo atrajo. En Zipaquirá, un médico lo marcó y varios de sus mejores amigos lo diagnosticaron y trataron, mientras él le daba palo al gremio en sus novelas.

Gabriel García Márquez (1927-2014) en Ciudad de México, la última vez que visitó al optómetra. / EFE

Si un hilo conductor de la obra de Gabriel García Márquez es la muerte, también lo es la medicina, obsesión de toda su vida porque su padre, Gabriel Eligio, era médico frustrado, porque sus mejores amigos eran médicos y porque hasta cuando la lucidez se lo permitió, trató de entender por qué un ser humano pierde la memoria. (Lea "Vivir para olvidarla"

En Gabito, el niño que soñó a Macondo (Ediciones B), su hermana Aída García Márquez reveló: “Mi papá —nacido en Sincé en 1901— terminó su bachillerato a fuerza de luchas y dificultades, quería ingresar a la facultad de medicina pero le fue imposible. Entró en la escuela dental de Cartagena, pero la falta de recursos lo obligó a retirarse y dedicarse a la telegrafía y la homeopatía”. Gabriel hijo se apropió más del tema cuando le contaron que él nació con el cordón umbilical enredado al cuello. Como no había médico en Aracataca y la partera lo daba por muerto, le hicieron un primer bautizo rápido que lo salvó. Era escéptico con los de bata blanca. Le creía más al agua bendita que a la medicina.

Uno de los personajes que más lo impactaron en la niñez fue el doctor Alfredo Barboza, el vecino y médico venezolano que en principio lo aterrorizaba con su mirada de ojos amarillos, pero que en su juventud pasó de fantasma a consejero defendiéndolo por su “vocación arrasadora” para la escritura. Le dijo a su madre, doña Luisa Santiaga Márquez: “Es algo que se trae dentro desde que se nace y contrariarla es lo peor para la salud”.

El libro Gabo: cuatro años de soledad, escrito por Gustavo Castro Caycedo y publicado por Ediciones B, da muchas luces. En sus años de bachillerato en el Liceo Nacional de Varones en Zipaquirá, Gabo les demostraba a sus compañeros todo lo que había aprendido de anatomía y fisiología con el profesor Álvaro Gaitán Nieto, quien pasados los años fue su médico personal. Lo hacía con “doña Bertha”, el apodo del esqueleto del colegio, con el que asustaban en ese apacible pueblo de Cundinamarca. Luis Garavito cuenta: “le desprendíamos la cabeza, la montábamos en un palo, y cuando veíamos que venían señoras, la sacábamos por la ventana. Se espantaban, salían corriendo dando alaridos”.

La familia del profe Gaitán aseguraba que Gabito tenía “madera” para ser médico, “pues se le facilitaba y le gustaba esa materia”. Era el primero en llegar al anfiteatro de Zipaquirá, donde practicaban autopsias y los alumnos a veces hacían de asistentes, como si fueran estudiantes de medicina. Igual de interesado lo vieron cuando su amiga Lolita Porras se enfermó de un tifo exantemático, que la mató en un mes sin que ningún profesional de Bogotá pudiera impedirlo. “Ella apenas había cumplido catorce años, Gabo tenía 16”. Las enfermedades, su tratamiento y la muerte lo llevó a escribir Psicosis obsesiva, un cuento que mostraba una posible influencia del médico neurólogo y escritor Sigmund Freud, pero al que hasta ese momento no había leído.

El ambiente hipocrático era tal que a la influencia del doctor Gaitán se atribuye que la mayoría de los compañeros de bachillerato de Gabo hubieran estudiado medicina, como lo estableció Castro Caycedo: Marco Fidel Bulla, Álvaro Pachón Rojas —fue director de la Caja Nacional de Previsión—, Jaime Amórtegui Ordóñez, Hernando Forero Caballero, el “Negro” Humberto Guillén Lara, Fernando Acosta, el “Turco” Héctor Kairuz y Sergio Castro . Y se declararon médicos frustrados Álvaro Ruiz —con hermano e hijo galenos— y el profesor que más se empeñó en que Gabito fuera escritor: Carlos Julio Calderón Hermida, con tres hijos médicos.

Con varios de ellos García Márquez retomó contacto cuando enfermó de cáncer linfático a comienzos de los años 90 y tuvo que radicarse por temporadas en Los Ángeles, donde su hijo Rodrigo, el cineasta, lo puso en un tratamiento eficaz con los mejores especialistas, aunque al tiempo avanzaba silenciosa la enfermedad que afecta a todos los García Márquez: el alzhéimer.

Con su compinche el cineasta Luis Buñuel imaginaban sus últimos días con el gen común de la desmemoria. El nobel se reía con sus amigos de la ironía de terminar confiando en médicos gringos de los que desconfiaba como los trabajadores de las bananeras a comienzos del siglo XX.

En Cien años de soledad ellos protestaban por la insalubridad de las viviendas y el engaño de los servicios de asistencia. “Los médicos de la compañía no examinaban a los enfermos, sino que los hacían pararse en fila india frente a los dispensarios, y una enfermera les ponía en la lengua una píldora del color del piedralipe, así tuvieran paludismo, blenorragia o estreñimiento”.

Esa novela es un viaje a través de las enfermedades, incluida la demencia, y la medicina desde cuando el doctor Alirio Noguera, con su “inocente fachada de médico sin prestigio”, llega a Macondo con “un botiquín de globulitos sin sabor y una divisa médica que no convenció a nadie”, porque en realidad era un farsante. Al igual que el último médico que quedaba en aquella tierra del olvido, “el francés extravagante que se alimentaba con hierba para burros” y que examinaba mujeres durante horas para llegar a “la conclusión nebulosa de que tenía un trastorno propio de mujer”. Terminó colgado de una viga.

El escritor transforma sus conocimientos de medicina en ciencia ficción: el médico personal del coronel Aureliano Buendía le extirpa “los golondrinos”. Él es el que le pinta en el pecho un círculo en el sitio exacto del corazón valiéndose de un algodón sucio de yodo. Es quien lo salva de un disparo que parecía mortal: “El proyectil siguió una trayectoria tan limpia que el médico le metió por el pecho y le sacó por la espalda un cordón empapado de yodo. ‘Esta es mi obra maestra —le dijo satisfecho—. Era el único punto por donde podía pasar una bala sin lastimar ningún centro vital’”.

A lo largo de la trama, la enfermiza Fernanda mantiene una emocionante correspondencia con “los médicos invisibles” o “cirujanos telepáticos”, que al final le detectan “un descendimiento del útero que podía corregirse con el uso de un pesario”. Incluso Úrsula Iguarán, ya completamente ciega, pero todavía activa y lúcida, todavía insistía en sus diagnósticos médicos asegurando que los trastornos de Fernanda no eran uterinos, sino intestinales, y “le aconsejó que tomara en ayunas una papeleta de calomel”.

Otro tratado de medicina y contra “los traficantes del dolor ajeno” es la historia del Bolívar decrépito de El general en su laberinto. Dejó escrito que el Libertador fue siempre contrario a la ciencia de los médicos. Ninguno fue capaz de explicarle sus “crisis de demencia”. El prócer escribió su renuncia bajo los efectos de un vomitivo para calmarle la bilis que le recetó un médico ocasional. Por todo esto, se diagnosticaba y recetaba a sí mismo basado en La Médecine á votre maniere, de Donostierre, “un manual francés de remedios caseros… un oráculo para entender y curar cualquier trastorno del cuerpo o del alma”.

De García Márquez y sus conexiones nerviosas con la medicina se han escrito estudios completos, como el de Carlos Jáuregui para la Universidad de Pittsburgh, “Enfermedad, diagnósticos y pócimas en Macondo: lectura de la práctica médica en Cien años de soledad”, hasta Los locos de Macondo, de Álex González Grau.

Hay que revisar desde La hojarasca, que relata la vida de un médico que un día llega sin referencias a una casa de un habitante de Macondo, hasta la novela Del amor y otros demonios, que reúne un estudio sobre la enfermedad de la rabia. En esta última uno de los protagonistas es Abrenuncio de Sa Pereira Cao, “el médico más notable y controvertido de la ciudad”. Abrenuncio S.A. era la razón social de Cambio, la revista de la que Gabo fue dueño y señor.

En el Festival Gabo 2017, en Medellín, de esto hablará el español Juan Valentín Fernández, licenciado en medicina y quien escribió una tesis en la que analiza cada enfermedad, cada remedio y cada personaje relacionado con la salud en las novelas y cuentos de Gabo. Conversará con Alejandro Gaviria, el ministro de Salud de Colombia, otro escéptico, buen lector y buen escritor que enfrenta un cáncer.

Entonces, la última preocupación de Gabriel García Márquez era previsible: que antes de ser cremado su médico de cabecera y su familia se aseguraran de que estaba muerto. De eso se aseguró el 17 de abril de 2014 el cardiólogo mexicano Jorge Oseguera Moguel, el doctor que lo trató los últimos cuatro años de su vida.

* “Médicos y medicina en la obra de Gabo”. Viernes 29 de septiembre, 4:00 a 5:00 p.m., Parque Explora, Teatro Explora. Charla con acceso libre.