Los conjuros de Germán Espinosa

Germán Espinosa: extractos de un libro póstumo

Presentamos un extracto de su libro póstumo "Herejías y ortodoxias".

Archivo personal

REFLEXIONES DE VIEJO

Diré que, a pesar de lágrimas íntimas, debo reconocer en mí un ánimo difícil de doblegar.

No lo digo por papelonear, lo juro; aun en los períodos más oscuros de mi vida he sabido mantener en alto el espíritu como si, atendiendo el consejo de Rafael Pombo, consultase “oráculo más alto que mi duelo”. En otros tiempos, una amiga muy inteligente, viéndome situarme por encima de penalidades obstinadas, me sugirió que agradeciera ese talante a mi raíz caribeña. “La gente del Caribe –me decía– pone el buen ánimo, la alegría sobre toda cosa”. (Lea más acá: Germán Espinosa: el genio y el padre)

Podría decir, a pesar de la melancolía que Rojas Herazo y García Márquez han creído vislumbrar en nosotros. Y ello, en mi caso, no obstante haber creído toda la vida que el optimismo es más bien ave del mal agüero. Jamás he propendido a mostrarme optimista, aptitud siempre cándida, siempre confiada en un futuro, necesariamente benevolente. Tampoco pesimista. Ninguno de los extremos me resulta muy acorde con la razón. Como no me gusta mezclar a Dios en estos asuntos perfectamente terrenales y prosaicos, me atengo al azar que pueda zarandearme o a la ventura que vientos incógnitos puedan traer. Pero la mala cara me la guardo en lo más íntimo.

Me atrevería a recomendar ese proceder, si no fuera por mi renuencia a impartir consejos, siempre engorrosos e impertinentes. Sé desde joven que nuestras ilusiones son como las alas para el pájaro: sin ellas, acabaríamos hundidos en cavernas de melancolía. En la inolvidable correspondencia de Fradique Mendes leímos alguna vez que en la formación del espíritu debían entrar tanto los cuentos de hadas como los problemas de Euclides. Releyendo mis versos de juventud, me sorprende encontrar a cada tranco la voz ilusión. Alguna vez pensé que podía resultar ingenua y cursi. Pero ¿por qué? Los sueños son verdad mientras duran. Y esa verdad nos conserva enhiestos.

¿A su edad y con sus achaques?, me preguntarán. A mi edad y con mis achaques, les responderé.

(Lea más acá: Germán Espinosa: de reflejos y tejidos literarios)

Esto memor

“¿Cómo te gustaría, Germán, que tus amigos te evocáramos cuando te hayas ido?”, me preguntaba uno de ellos, dibujando una leve sonrisa de cariño. Le devuelvo un gesto de perplejidad. Inquiere: “¿Quizás por una página de ¿La tejedora’…?”. Ahora mi mente se aclara: “No –le digo–. Nada de eso. Que me recuerden cuando conmigo paladeaban, en mi sala, un vaso de ese Vat 69 que tan íntimamente nos hermanó. Y mientras escuchábamos, a su abrigo reconfortante, uno de esos boleros cubanos que tanto me gustaron. Sí, que me relacionen con esas notas…”.

¡Así es la vida!

Otra pregunta muy frecuente: ¿por qué mueren tantas personas en sus argumentos?

Pero ¿es que no ocurre así en la vida real?

Objeción

Y usted, enfermo, viudo, casi desvalido, en cama, ¿no terminó siendo un desdichado?, podría alguien objetarme. Hay, como antes lo dije, desdicha en la vejez. Insisto en lo pérfida que es, en lo traidora y aborrecible. Pero implica un sufrimiento físico, no una infelicidad espiritual. En cierto modo, si uno, en la medida de sus aptitudes, ha cumplido en la vida un cometido. Percibe en el fondo de sí un sentimiento de satisfacción que mitiga dolores e incapacidades. Es un sufriente en su cuerpo, no un infeliz en su espíritu. La diferencia es preciso sentirla más que comprenderla.

Sostener lo contrario sería pensar que el héroe muerto en batalla en aras de una causa noble y justa, por haber perecido en forma sin duda desdichada, es un infeliz. ¿Alguien lo afirmaría?

(Lea más acá: Germán Espinosa: la verdad sea dicha)

El subrayado misterioso

En un ejemplar de El retrato de Dorian Gray que sustraje de casa de mi abuela materna y que aún poseo, hallé subrayada esta frase: “Un cigarrillo es el arquetipo de un placer perfecto”. Ignoro quién pudo hacer ese resalte, pues en aquella casa nadie fumó jamás”.

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